No Somos Irrompibles

Pero somos mucho mas duros de lo que pensamos


Para la mayoría de las personas, empezar a correr es duro, implica un esfuerzo físico y mental al que no están habituados, y a menudo implica llevar mas al límite la fuerza de voluntad que la fuerza de las propias piernas. Sin embargo, siendo corredor de alma hay algo aún mas duro, y es tener que volver a correr después de estar parado por una lesión.

Aún asumiendo que el tratamiento apropiado nos ha despojado de todos los dolores físicos y que un cuidadoso plan de contingencia nos ha mantenido aeróbicamente capaces y vigentes, algo nos paraliza y a menudo posterga ese primer entrenamiento post lesión, nos hace titubear al ponernos nuevamente las zapatillas, nos hace respirar profundo cuando ya parados en la calle damos inicio al cronómetro y vemos pasar los segundos mientras, aún inmóviles, observamos fijamente el camino que hay por delante: el palpable miedo a que el primer contacto de ese maldito pie con el suelo reavive la lesión y, como si hubiéramos caído en el casillero incorrecto del Juego de la Oca, debamos volver al principio del juego y tirar los dados de la rehabilitación una vez mas.

Sin embargo nos movemos, damos ese primer paso, el segundo, el décimo, la primera cuadra, el primer semáforo, el primer kilómetro. La rodilla aguanta. El tobillo está estable. El bendito tendón de Aquiles no quema. Cierto, estamos mas lentos que antes, pero las suspensiones aguantan, solo hay que apurar el motor y descarbonizarlo después de tanto reposo. Y de a poquito aceleramos, con cuidado, pisando bien, sin excesos pero no por ello menos valientes, y sin darnos cuenta ya estamos en el parque girando una vez mas en nuestra propia calesita deportiva, dando vuelta tras vuelta sin parar e ignorando la sensación de que alguien les incrementó la longitud en nuestra ausencia.

Escuchamos los árboles, los otros corredores, el tráfico, nuestra respiración, el sonido de nuestros pies mientras mueven las últimas hojas del otoño a cada paso, el sonido de ese otro par de pies detrás, moviendo las mismas hojas a solo segundos de distancia. Y se despierta nuevamente el instinto del corredor, ese alter-ego que sabe lo que es estar presionado en una carrera y no piensa ceder un solo centímetro, así que aceleramos. Pero los pasos detrás no se rinden, están firmes en su persecución, aceleramos de nuevo pero no los podemos sacudir de nuestras espaldas, sabemos que después de tanto estar parados el rendimiento ha mermado e inevitablemente seremos adelantados por alguien que sin duda y sin problemas mantiene el mismo paso sin demasiados inconvenientes.

I ain’t afraid of no ghosts

Hasta que, víctimas del cansancio, paramos unos segundos y junto con nosotros se detiene nuestro férreo perseguidor. Nos damos vuelta solo para descubrir que estamos solos en el medio de una calle vacía, que nunca tuvimos a alguien detrás, que era una carrera contra el sonido del viento, contra el engañoso eco de las pisadas, contra el grito de las hojas. Y la epifanía golpea con la misma intensidad del ritmo cardíaco: acabamos de correr contra el temor al dolor, contra la frustración de asomarnos a un abismo en el que no podemos correr nuevamente, contra todos nuestros miedos.

Sacamos la pausa del cronómetro y volvemos corriendo a casa mas relajados, ahora ya sin presiones, sin apuro. Acabamos de correr contra nuestros propios fantasmas. Y no pudieron alcanzarnos.

I ain’t afraid of no ghosts.