Fotocopiar en colombiano

Por Juana Lizardía

En el segundo piso de la facultad de periodismo, subiendo por la ancha escalera principal y doblando hacia la izquierda, se encuentra el área más concurrida de todo el establecimiento: la fotocopiadora.

Es un amplio espacio con paredes blancas, lo cual, con la luz del sol que entra por los ventanales del balcón y se refleja en ellas, lo hace parecer aún más grande, divido en dos; a la derecha, tres computadoras para navegar en internet o para imprimir algo, junto a un pequeño mostrador color verde agua en el que están dispuestos cuadernillos, fibras y lapiceras a la venta. A la izquierda, un largo mostrador de madera en forma de ele; detrás de éste, estantes con decenas de cuadernillos y fotocopias acomodados según el rótulo de la materia, y, sobre el mostrador, más fotocopias y tres computadoras que son manejadas por quiénes atienden, entre ellos Nicolás Chaparro, o Chicho, apodo por el que lo conocen todos.

Mientras ceba un mate, Chicho me va contando que hace casi dos años que está viviendo en La Plata: llegó de Colombia, su país natal, el 27 de enero de 2015, un día antes de su cumpleaños número 18. Antes de venir, el plan ya estaba trazado, quedarse en Colombia no era una opción, “la universidad allá es pública pero no gratuita, y para poder entrar hay que presentar un examen de admisión”. Además, él siempre quiso estudiar periodismo deportivo y esa carrera allá no existía. Y, ¿por qué periodismo deportivo?, porque “es una profesión muy bonita, por el hecho de estar comunicando, transmitiendo, informando, enseñando y criticando algunas y otras cosas” dice, mientras toma el mate que había cebado, y enseguida atiende a una chica que se acercaba al mostrador.

Chicho consiguió el trabajo el primer año en el que llegó, gracias a las becas de trabajo otorgadas por la facultad. La promesa de venir a vivir a La Plata iba a ser que, además de recibir ayuda económica de sus padres, debía conseguir también un laburito para sustentar la vida cotidiana. Aunque recuerda haber sido mandado erróneamente a trabajar al buffet, agradece formar parte de la fotocopiadora, lo que describe como un trabajo tranquilo que, aparte de verse ayudado con la paga, le permite conocer el mundo universitario, hacer nuevas amistades y seguir aprendiendo y creciendo como persona.

El movimiento es mimético, desplaza el mouse hasta la pestaña de búsqueda en la ventana del server de la computadora, en donde están cargados cientos y cientos de libros y fragmentos, actividades y cuadernillos, que los docentes envían por correo, mismo material que puede ser impreso y retirado por cualquier alumno. Busca a Foucault, selecciona el texto y lo envía a la impresora denominada “Spinetta”. Cuando la impresión termina, se la alcanza amablemente, le cobra las hojas y con una gran sonrisa le agradece y la despide.

Verlo desplazarse así, ver cómo conoce a tanta gente y cómo disfruta el trabajo me hizo pensar en lo difícil que debe ser adaptarse a otro país, lleno de costumbres y tradiciones diferentes, con otra cultura y otro pensar, y con qué facilidad parece haberlo hecho él. Pero, sonriendo, me dice que adaptarse fue muy sencillo. Primero, recién llegado a Buenos Aires, pasó una semana en la casa de una amiga, para después viajar a La Plata, para buscar un lugar dónde vivir y por fin instalarse en la ciudad que sería su nuevo hogar, sin conocer a nadie. Encontró una pensión en la que iba a convivir con otros chicos y que, además, le quedaba cerca de la facultad. Y, extendiendo su mano para darme un mate, sonríe recordando que ahí conoció a Sebastián, amigo con el que ahora vive en un departamento, tras decidir que vivir juntos era una buena opción.

La cola de gente se alargaba y los mates comenzaban a lavarse. Sin dudar, me pide, siempre educado, que espere a que atienda a la gente para después seguir con las preguntas. Hice tiempo cambiando la yerba y seguí con los mates, entretenida con el trajín de gente, estudiantes apurados por retirar fotocopias y entrar a clase, o que van a buscar los cuadernillos que encargaron, con Estelares sonando de fondo, la luz del sol que traspasaba las cortinas blancas y el vientito que la puerta entreabierta dejaba soplar, haciendo volar las hojas de algunos cuadernillos.

Cuando por fin pudimos hablar sin interrupciones, pregunté qué era lo que más extrañaba, y me confesó, con una sonrisa tímida, que lo que más extraña es a su familia y a la gente que aprecia; “extraño la costumbre de despertarme todos los días en casa y ver a mi mamá”, dice casi en un susurro, recordando, supongo, el amor y el calor que sólo el propio hogar tiene, ese calor que se echa de menos estando lejos.

Sorprendido por la gratuidad educativa llegó a Argentina, para sorprenderse aún más conociendo la verdadera pasión por el fútbol, los horarios de llegada y de vuelta de las fiestas y con cómo la juventud está tan politizada, en Colombia sería impensado que en las facultades existan agrupaciones políticas que defiendan con acciones y palabra, y mucha garra, los ideales políticos que tienen, sería impensado que un joven de veintipico hable con tanta soltura acerca del gobierno, y que, a su vez, el mismo gobierno se vea mediado y afectado por acciones y decretos de las facultades y sus centros de estudiantes. Fascinado por éste rasgo argentino decidió unirse con la gente que se entendía en términos políticos, y comenzó a militar para la Juventud Peronista.

Ahora, Chicho está más que adaptado. Es más, si no fuera por la dulzura de su acento y la suavidad de su voz, sería pasado desapercibido, la sangre colombiana no le impide degustar un fernet bien fresquito a la noche y cebar unos ricos mates calientes por la mañana. Toda la historia que lo ata de raíz a su pueblito entre valles, Cártago, y a su tierra, le dio alas para desprenderse y tejer nuevas historias en piso argentino, comenzando justamente acá, en la facultad de periodismo.

Terminada la entrevista, salimos a tomar aire y terminé de entender por qué disfruta tanto su laburo. Después de la jornada, salir al balcón y desde ahí observar los campitos que rodean al edificio y las casitas que hay más atrás, con el vientito que pega en la cara, te relaja y te hace desear volver nuevamente al otro día, a cumplir el turno de trabajo, a seguir conociendo, aprendiendo y viviendo esta historia que escribe, y que recién comienza.

Chicho (atrás, segundo de izquierda a derecha) con sus compañeros de trabajo de fotocopiadora
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