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Jan 19 · 4 min read

Thalia Baeza Milan

Tuvo que haber sido el alcohol.

Definitivamente fue el alcohol. No pudo haber tenido ninguna otra razón para actuar así. Esas miradas escondidas que de repente se encontraban con las mías, el calor de sus dedos cuando rozaban los míos al pasar la botella de ron. Y esa sonrisa. No la de los labios apretados y la mirada fija. Esa no. Sino la sonrisa de oreja a oreja que le llegaba a los ojos. Esa. Y me miró directamente. Y no podía ser él quien estaba haciendo eso. Tenía que ser el alcohol.

Eran las cuatro de la madrugada de una noche incierta. Caminábamos sin propósito. Bebíamos sin propósito. Volvimos a casa sin propósito.

Fue entonces que sus dedos rozaron lo más alto de mi cuello donde hebras de mi pelo se disuelven contra mi piel. Y bajaron por mi hombro izquierdo, descansaron allí un rato para seguir trazando por mi espalda. Y tuvo que haber sido el alcohol. La manera en que respondí yo. La manera en que respondió mi cuerpo. La manera en que respondí yo. Fue una sensación que burbujeo desde el centro de mi pecho y corrió por todos mis nervios. Yo estaba temblando. Lo escuchaba con mis propios oídos. Y cada vez que sus dedos se separaban de mi piel, me entraba un vacío. Necesitaba más. Más de su contacto, de sus miradas, de su sonrisa.

Y tuvo que haber sido el alcohol. Porque él me miró y yo lo miré y no hizo falta más nada. Tuvo que haber sido el alcohol. Porque cuando las luces se apagaron, cuando se fueron, se llevaron con ellas toda la cautela, toda la timidez — se desvanecieron en el calor de nuestros cuerpos.

Pero al otro día no hubo más alcohol.

No pudo haber tenido ninguna otra razón para actuar así. Esas miradas nerviosas que yo escondía cuando mi vista lo buscaba, los dedos tensos guardados en bolsillos durante el intercambio de saludos apurados. Y esa sonrisa. La sonrisa de oreja a oreja que le llegaba a los ojos — ya no estaba más allí. Nada más había labios apretados y cejas fruncidas. Y él evitaba mirarme. Y era él quien estaba haciendo esto. Y jamás en mi vida quise saber tanto lo qué estaba pensando otra persona.

¿Y donde estaba el alcohol?
Aparentemente lo necesitábamos para ser atrevidos, para ser valientes, para ser honestos.
¿Y dónde está el alcohol?
Aparentemente lo necesitamos para ser sinceros.

It had to be the alcohol.

Hands down, it was the alcohol. There was absolutely no way he would act like that naturally. The fleeting glances that I caught when I tried to steal a look at him, the remaining warmth of his fingers as they brushed against the tip of mine in the exchange of the bottle of rum. The smile. Not the cocky, slimmed-lipped, intense-stare, smile. But the wide, full-toothed smile. And he looked right at me. And there was no way that he was doing this. It had to be the alcohol.

It was four a.m. on a languid night. We were walking with no purpose. We were drinking with no purpose. We returned home with no purpose.

That was when his fingers grazed the back of my neck where the strands of hair on my head turn into little seams and disappear. They circled to my left shoulder blade, lingered there for a while and then traced down my spine. And it had to be the alcohol. The way I responded. They way my body responded. The way I responded. It was a calling that tickled its way from my stomach and then crawled to every nerve ending in my body. I was buzzing. I heard it in my ears. And every time his fingers left my skin, there was a burning need for more. More of his touch, more of his glances, more of his smile.

And it had to be the alcohol. Because he looked at me and I looked at him and that was all it took. And it had to be the alcohol. Because when the lights went off, when they went off, we lost all inhibitions — they dissipated into the heat of our bodies.

But the next day, there was no more alcohol.

There was no doubt he was back to his sober self. Those nervous squints that I hid as I stole glances at him, the stiff fingers shoved in pants pockets during the exchange of rushed greetings. The smile. The wide, full-toothed smile — it was no longer there. There were only a tight line and furrowed brows. And he avoided looking at me. And it was clear that he was doing this. And I had never wished more to know what someone else was thinking.

And where was the alcohol?
Apparently, we needed it to be daring, to be courageous, to be honest.
And where is the alcohol?
Apparently, we need it to be frank.

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the undergraduate multilingual magazine at Yale

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