Nobody’s Alone | No estamos solos

Charlotte Desprat
Dec 28, 2016 · 5 min read

By Christian De Leon, MC’18

ORIGINAL

Quisiera tener rostro, pero soy hijo que filtra

y asimila pensamientos de incontables seres que han

dejado alguna idea como huella de su existencia.

El diablo ilustrado.

Pensaban los antiguos bardos nórdicos, un tanto como los aedos griegos, que la inspiración proviene de un plano exterior y divino. De este misticismo me rehúso a ser partícipe, no por adherirme a un escepticismo religioso ni por emplearme en escribir «a lo que salga» sin mantener los pies en la tierra, sino porque me asaltan razones empíricas que prefiero a las que me llegan desde la historia. Aunque mis ideas estuviesen sujetas a tautologías que alguien pudiese señalar, las emplearé para éstos, mis humildes propósitos.

Mis concepciones sobre la inspiración tienen mucho de Carl Jung y hasta un poco de Foucault. Parten de aquellas retomadas o inventadas por los vanguardistas que creían en el primitivismo. Aunque converjan las mías propias con las de ellos en no más que el fundamento, confieso que a mí me llegaron por medios que poco tenían de escolásticos y mucho de folclóricos. Me las suscitó un cuento de camino que mi abuela me confirió en la infancia: “Cuando mi mami quedó viuda, todos los días sentía que alguien se acostaba junto a ella en la cama. Algunas veces logró voltearse y ver como una forma arropada en blanco se escabullía en el aire, dejando un poco de curvatura en el colchón. Cuando yo empecé a verlo, mami me dijo “Nunca te asustes. Es tú ángel de la guarda”. Años más tarde, en algún momento fugaz que se le escapa a mi memoria, debo haber tejido la idea de que la inspiración es un acto de fantasmas. Desde entonces me ha perseguido.

Tengo por sabido que al escribir solo reitero. De aquí parte mi concepción fantasmagórica de la inspiración: todo lo que me inspira proviene de fantasmas de otras épocas. Al escribir pocamente creo, sino que conjugo los pensamientos que ya pertenecieron a otros y que me llegan por las palabras que sobrevivieron al filo del olvido. Sin ellos, mi escritura fuera carente, redonda y vacía, nula. Por ello, cultivo mi consciencia con el hálito que me han dejado para que crezca: mi ser es conjunción de fantasmas. Mi naturaleza, lo poco que es verdaderamente mío, se encarga de escoger los parches de conocimientos con los que voy a poblar mis páginas blancas.

Muchos de mis fantasmas son guerreros. En la isla en la que nací, Cuba, me crié oyendo sobre la magia de héroes como Martí y Cienfuegos, espectros que lucharon por más que sus tiempos. Esos fantasmas que dejaron sueños irrealizados son los que más fuertemente me hablan. Sé que velan por quienes retomamos sus sueños en el presente. Aspiro a que mi escritura sea profunda y rebelde como la de ellos.

Y también a veces me persigue la imagen de la biblioteca infinita de Borges en la que ya todo está escrito y nosotros, los bibliotecarios, solo vemos de paso algunos volúmenes finitos. Me asusta que la atemporalidad de las ideas limita en gran medida nuestra creatividad inherente, y nos convierte en espectros secos, errantes, obligados a sugerir, siempre de forma errada, lo que en vida otros realizaron. Me inquietan las palabras de Borges: «La certidumbre de que todo está escrito nos anula o nos afantasma». Pero mis fantasmas me obligan a practicar el ritual violento de la escritura. Aunque conozco que mi rol es secundario en la creación, es decir, la recreación literaria, no puedo dejar de mirar con un cierto asombro la recreación de aquellos que me antecedieron, los mismos que me inspiran a componer estas deleznables palabras. Así mismo, aspiro a alentar algún día de pasada las inspiraciones de otros, a tender mi mano franca para que una idea brote como un punto luminoso.

Por lo pronto, me mantendré leyendo esta copia barata de Herejes de Padura, sabiéndome gregario. Intentaré hacer alegrías con tinta, confiado de que mis fantasmas velan por nosotros, los fantasmas del mañana.

TRANSLATION

Ancient northern bards thought, just like Greek aoidos, that inspiration comes from a different plane, one both exterior and divine. I refuse to believe in this ideology, not because I am a religious skeptic or because I want to write mindlessly, but because I am persuaded by empiric reasons that I choose over those that come to me from history. Even if my ideas could be subject of tautologies that someone could point out, I will employ them for this, my own humble purposes.

My conceptions on inspiration have a lot to do with Carl Jung and, even a little bit, Foucault. They come from those invented or reclaimed by the Avant Garde artists that believed in Primitivism. Even if they coincide with mine in fundamentality, I confess that they came to me through ways that were not scholastic but rather folkloric. They were initiated by a childrens’ tale that my grandma once told me: “When my mom became a widow, every night she felt as if someone would lay down in bed with her. Sometimes she risked a peek and would see a shape, draped in the white sheets, scurry away, leaving only a slight indent on the mattress. When I too began to see it, my mom told me, ‘Never be afraid. It’s your guardian angel.’” Years later, in a fleeting moment that escapes my memory, I must have stitched together the idea that inspiration was an act of ghosts. Since then, it has haunted me.

Through my writing, I create very little; rather, I synthesize thoughts already owned by others that come to me from the edge of oblivion. Without them, my writing is cyclical and empty — it is null. Their words force my conscious to grow as if my own being was simply a combination of ghosts. My nature, the little that is truly mine, focuses on carefully choosing the tidbits of knowledge with which I will fill my blank pages.

Many of my ghosts are warriors. On the island where I was born, Cuba, I grew up hearing about the magic of heroes like Martí and Cienfuegos, ghosts that have kept fighting long past their own earthly time. It is these ghosts, who left behind unfulfilled dreams, that whisper incessantly in my ear. They often linger for those who will them to return to the present. I hope that my writing will be as deep and rebellious as they were.

The image of the infinite library of Borges persists in my mind where everything is already written and all that is left for us, the librarians, are a finite number of books, seen only in passing. I worry that the timelessness of ideas greatly limits our inherent creativity and converts us into dry, empty beings forced to erroneously suggest that which others have already, in their time, realized. The words of Borges often trouble me: “The certainty that everything is already written either invalidates us or nos afantasma.*” But my ghosts force me to practice the violent ritual of writing. Even if I acknowledge that my role is only secondary in the creation, albeit re-creation, I can’t help but look with a certain wonder at the re-creation of those that came before me, the same ghost that inspire me to compose these delicate words. That being said, I hope to inspire the ideas of others, to have a hand in helping an idea come to fruition.

For now, I’ll just continue reading this copy of Herejes by Padura, knowing that I am not alone. I’ll try to make joy out of few drops of ink, confident that my ghosts, the ghost of tomorrow, persist among us.

* Afantasma: neologism introduced by Borges in his short story “La Biblioteca de Babel.”

accent

the undergraduate multilingual magazine at Yale

Charlotte Desprat

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