Hipocondría

Texto ganador de una mención honrosa en los Juegos Literarios Gabriela Mistral 2018 en la categoría Cuento Juvenil.

Catalina J. García
Nov 30, 2018 · 15 min read

Ya estaban todos durmiendo cuando me descubrí el bultito en el brazo. Lo miré y él me miró. Nunca lo había visto. De pie frente al espejo del baño, con el cepillo de dientes en una mano, sentí como me subía un frío por el cuerpo; estaba sumergida en el agua del ártico y de pronto no podía respirar. Me iba a morir. Me iba a morir ahí mismo, con el cepillo en la mano y el agua hasta el cuello. Pero aún no me moría. Mi mamá dormía. Uno de mis gatos me tironeaba una hilacha del pijama. No quiero morir sola, pensé.

Escupí la pasta de dientes, abandoné el cepillo sobre el lavamanos y tomé a la Michi. Aún estábamos bajo el agua ¿cómo era posible que no se estuviese congelando conmigo? Pensé en ir a acostarme con mi mamá. Un pensamiento desde la parte más honda de mi existencia, en la que aún tenía 10 años y mi mamá me llevaba de urgencias al doctor, me daba los remedios con un vaso de jugo y me decía “ya ya hijita, ya va a pasar”. Ni esa mamá ni esa hija existían ya.

La Michi maulló. Inhalé, exhalé y sus pelitos me rozaron el cuello con suavidad. Intenté concentrarme en su respiración y en el contacto de su cuerpo contra mi pecho y me fui a mi pieza. Me habían salido cosas antes; quistes, espinillas, abscesos, pero esto no se parecía a ninguno de ellos. Googleé “inflamación bajo el brazo” y seleccioné la primera opción. La página web era colorida y en la cabecera aparecía una foto de un doctor muy simpático con una paciente muy alegre. El texto rezaba: las inflamaciones bajo el brazo pueden deberse a múltiples motivos, sin embargo, el más común suele ser cáncer, usted muy probablemente se va a morir, visite a su médico lo antes posible y despídase de sus seres queridos.

Las luces de la pieza titilaron y se apagaron. La Michi desapareció. La luna y las estrellas dejaron de brillar. De pronto ya no estaba en mi pieza sino que en un túnel oscuro y estrecho que se cerraba a mi alrededor. Otra vez me costaba respirar. Me sudaban las manos. Estaba ciega. Y sorda. Y muda. Y muerta. Un objeto suave se acomodó sobre mis piernas, que repentinamente volvían a existir. Todo volvía a existir. El día, la hora, el trabajo, la plata, las responsabilidades. Al día siguiente tenía que levantarme a trabajar para pagarme los sueños que de pronto ya no estaba segura si podría cumplir.

El despertador sonó a las 5, cuando todavía era de noche antes del amanecer. Desde que tenía este trabajo que las noches eran eternas. Ni las mañanas ni las tardes parecían existir, sólo la noche. Noche al acostarme y noche al despertar. Y un vago lapsus de tiempo en el que la luz de un sol imaginario se colaba por las ventanas de la oficina. Me estiré. La cama estaba calentita, como un pan recién horneado. Había dormido tan bien. Pero estire el brazo para encender la luz y lo sentí. Cuando se hizo la luz lo miré y él me vio mirándolo. Mi cama se había transformado en un frío descampado. Esta era la parte en la que despertaba con el corazón acelerado y me daba cuenta de que todo había sido un sueño. Miraba el reloj y en realidad eran las 3 de la mañana. Pero no desperté. La pesadilla era la realidad.

Me levanté. Abrí la cortina de la ducha y salté hacia atrás. Había un bicho negro dentro de la tina. Mi casa tenía un jardín desordenado y con mi mamá habíamos adoptado varios gatos además de la Michi, por lo que no era inusual encontrar insectos ya fuera dentro de la tina o repartidos por la casa. A veces eran arañas o polillas que habían llegado solas, otras veces orugas, mariposas y cucarachas que los gatos habían entrado. Pero este era un insecto raro. Mi mamá los odiaba porque le comían las plantas, se llaman burritos. Vivían en el jardín, por lo que no podía haber llegado solo dentro de mi casa, pero también era del tipo de bicho demasiado escurridizo y pequeño para que lo entrara alguno de mis gatos.

Miré al insecto sin saber qué hacer. Él no me miró. Pensé en cuánto me habría gustado tener otra ducha. Pensé en aplastarlo con una pantufla, pero por algún motivo la idea de escuchar crujir su caparazón me hizo sentir enferma. Tomé la manguera de la ducha y di el agua. El bicho pataleó. No era como las arañas, que se veían arrastradas por el agua y enrollaban sus patitas alrededor de su cuerpo, transformándose en una maraña de pelo viva. Este bicho peleaba, pataleaba, casi podía escuchar su aguda exclamación por ayuda. Se quedó atrapado en el rudimentario colador que mi mamá había puesto en el drenaje para que no se fueran los pelos y ahí siguió pataleando. Está nadando, pensé, está nadando por su vida.

Me picó el brazo y recordé mi bultito. Soy como ese bicho, pensé. Me voy a morir pero no quiero morir. Le tiré un papel confort encima, que se mojó, y saqué el colador. Atrapado, lo tiré por el wáter. Deseé que no muriera. Que, como en las películas, una cámara fija lo mostrara saliendo a la superficie en alguna cloaca, dando un largo respiro y celebrando con alegría el aún estar con vida. Ni siquiera sé si existen las cloacas. No sé dónde va a parar el agua del water, ni la caca, ni los pelos que no se atascan en el drenaje.

Me saqué la ropa y me miré al espejo. Todo lucía perfectamente normal. Mis pelos, mis rollitos, mis pecas de siempre. Pero levanté el brazo y ahí estaba el bultito, que una vez más me observaba, esta vez en toda mi vulnerable desnudez. ¿Es este el cuerpo de alguien que se va a morir? Pensé. Tengo 25 años. Mi piel aún es tersa, firme, lisa. Mis cabellos suaves. Mi cuerpo enérgico. Ayer me había sentido tan pero tan bien. Había andado en bicicleta y compartido una torta de chocolate con la Isidora. Este no es el cuerpo de alguien que se va a morir. Esta no es la vida de alguien que se va a morir, pensé. Pero después recordé que el cáncer también ataca a los niños, a las mujeres hermosas y a las personas famosas.

Me metí a la ducha e intenté concentrarme en el agua deslizándose por mi cuerpo. El agua tibia, transparente, purificadora. Aunque ¿purificadora para quién? Tengo dermatitis atópica leve, una afección a la piel en la que los humectantes que genera mi cuerpo no funcionan bien. El dermatólogo me había explicado que el agua era mi enemiga porque eliminaba mis pocos aceites naturales, por eso después de la ducha la cara se me ponía tan seca. Suspiré y odié al dermatólogo. Quise abrazar el agua, acurrucarme bajo su suave y cálido manto.

Me picó el brazo una vez más aunque ahora era el otro. Pensé ¿estará conectado con el bultito de mi otro brazo? ¿Pueden mis brazos comunicarse entre sí? inspiré profundamente y sentí un pinchazo bajo la costilla, después una suave presión en el vientre. Mi cuerpo es una casa que cruje y yo soy una niña en el campo asustada por los sonidos que produce, pensé. Pero mi cuerpo siempre había hecho estos sonidos. Ningún pinchazo ni ninguna presión eran realmente dolorosas. Eran sólo señales de que mi casa se hinchaba y se deshinchaba. De que estaba viva.

Voy a pedir hora al doctor, pensé. Y temblé.

No supe cuánto me tardé entre que salí de la ducha y entré en la cocina porque invertí toda mi concentración en las actividades que hice en el medio. Realicé cada una de esas acciones triviales con esmero, como si fuesen una artesanía. Me sequé entre los dedos de los pies, detrás de las orejas, pero ignoré muy conscientemente la parte de abajo de mi brazo, donde estaba el bultito. Intenté no pensar en el bultito pero perdí. Cada vez que piensas en el bultito pierdes. Siempre estás jugando. Sentí cada una de las fibras de la toalla contra mi cuerpo, la calidez de los calcetines en torno a mis pies limpios, el tibio e intenso sonido del secador de pelo. Cuando llegué a la cocina mi mamá ya estaba ahí, preparándose su naranjada de cada día.

Hola, me saludó ella. Estaba exprimiendo seis naranjas. Hola mami, le contesté. ¿Cómo dormiste? me preguntó. De pronto recordé que había dormido. Había dormido tan bien pero despertado tan mal. Bien, contesté, pero me asusté tanto anoche mami. ¿Por qué, qué pasó? Le conté del bultito como cuando algunas mañanas le había contado de mis sueños. Fue muy raro, le decía ¿habrá significado algo? Los sueños siempre son raros, me contestaba, no debe ser nada. Hoy esperaba lo mismo. No debe ser nada hija, quizá una alergia. Anda a verte si te dura más de tres días. Pero ya no existía. Esta era la mamá con botones en los ojos.

Eso te pasa por estar comiendo tantas harinas procesadas, me contestó. Tanta soya, tanta leche, así era cosa de tiempo para que te diera algo. Cuántas veces te dije que dejaras de comer pan. Cuántas veces te dije que comieras más frutas, más verduras. La cantidad de plata que vamos a tener que gastar en ti ahora, todo por ser una irresponsable. Menos mal te tomé un seguro oncológico. Y mira cómo me dejas ahora, toda preocupada. No tienes idea lo que es pensar que mi hija se va a morir antes que yo. Y tú suicidándote, sin pensar en nadie más que tú. Eres una egoísta y una irresponsable.

Todo quedó en silencio y salió olor a humo. El humo venía de mi mamá.

Otra vez estaba bajo el agua del ártico. Mi cocina entera estaba llena de agua hasta las ventanas. Inundada. Congelada. No estaba ninguno de mis gatos en la cocina. Habían huido de la explosión y de la inundación. Habían electrodomésticos dados vuelta, medio quemados y flotando por toda la cocina. ¿Entonces tú de verdad crees que tengo cáncer mamá? le dije. Verbalizarlo lo hacía lucir mucho más absurdo de lo que lucía dentro de la oscura y viscosa humedad de mi mente. No sé, contestó. Pero estoy segura de que si no cambias tus hábitos algo te va a dar. Mi mamá vertió el jugo de sus seis naranjas en un vaso y se fue. Eso era todo lo que desayunaba. Yo había empezado a prepararme un pan con huevo para comérmelo con mi té pero lo dejé a medio camino.

Salí de mi casa a la noche perpetua. Oscura. Fría. Solitaria. Miré mi reflejo en la ventana de la micro. Me picó el brazo y volví a preguntarme ¿es este el rostro de alguien que se va a morir? Soy demasiado joven para morir, pensé. Ni siquiera he consumido suficiente harina para morirme. Suficientes pizzas. Suficientes tortas. Mi alimentación no era ideal pero tampoco era aberrante. Era simplemente estándar. Y me hacía feliz. Tan sólo ayer había sido una persona feliz. Y sana. Y fuerte. Y con un futuro por delante. Pensé en que justo este mes estaba siendo un buen mes. Estaba ahorrando para viajar a Japón con la Isidora. ¿Alcanzaría a conocer Japón? ¿Alcanzaría a terminar de ahorrar? Imaginé que, desesperada, tomaba un crédito para poder hacer todas las cosas que aún quería hacer antes de morir y después me moría. Al menos el seguro de desgravamen lo cubriría. Pero ¿y si no me moría?

La oficina resultó ser un cable a tierra. Más que un cable; un alambre, un hilito, una hebra. Todas estas personas a mi alrededor estaban demasiado vivas y demasiado atormentadas por asuntos de complejidad más concreta. Olvidé mi bultito a ratos, lo recordé a otros por una presión en la pierna, una picazón en el estómago, un anillo en el dedo, que estaba en mi mano, que estaba en mi brazo, que era el lugar donde habitaba el bultito. Perdí, porque pensé en el bultito. Cada vez que lo hacía las puertas de la oficina se abrían y empezaba a entrar agua, pero a la tercera vez había aprendido a decir en voz bajita todos los países cuyos nombres conocía. En la tarde la Isidora me mandó un mensaje en el que me invitaba a comer. No puedo, estuve a punto de decirle, porque me salió un bultito bajo el brazo. Pero al final le dije que ya, que tenía hambre.

A ver, me dijo cuando la vi. Se lo mostré. La Isidora miró el bultito y el bultito la miró a ella. Se te debe haber inflamado un ganglio por estrés, oye, cálmate, me dijo. ¿Tomaste hora al doctor? Sí, le contesté. Tengo hora mañana. En todos los centros médicos tenían hora para una semana más, excepto este, con esta doctora. Seguro que es la única que tenía hora porque justo es mala, dije. Y no se va a dar cuenta de que tengo cáncer. La Isidora rodó los ojos. ¿Tenía una sola hora libre? preguntó. Sí, respondí. Eso pasa cuando alguien cancela la hora que había pedido. Tuviste suerte. Déjate de pensar tonteras ya y pide lo que vas a comer.

Miré el menú. Era nuestro local favorito. Quería una hamburguesa de soya con tomate, palta y lechuga. Pero la hamburguesa era de soya. Se supone que la soya es el alimento más transgénico de todos. ¿O era el trigo? El pan estaba hecho de trigo. Dos de los productos más transgénicos en un sólo plato. Me picó el brazo. Estoy aquí, me decía, voy a crecer. También me alimento de azúcar y de estrés. ¿Estás estresada? Fantástico. ¿Estás lista para morirte, cumpliste tus sueños, alcanzaste tus metas, te terminaste el libro que estabas leyendo? Ni siquiera. Tienes los pies mojados en agua del ártico. En barro del ártico.

Oye, me dijo la Isidora. Yapos ¿qué vas a pedir? Un plato de quínoa, respondí. Con verduras. Sin mayonesa. Sin sal. Sin nada. La Isidora me miró con los labios apretados y pidió el salero y un platito con mayonesa igual.

Mientras me comía mi plato me dio pena. Quizá estos son los últimos momentos de mi vida y los estoy desperdiciando comiendo esta cuestión, pensé. Yapos, me dijo la Isidora, cálmate. Es que Isi, le contesté ¿y si me muero? ¿y si todo lo que me dijo mi mamá es verdad? ¿y si lo que leí en internet también? ¿y si solo me quedan un par de meses? ¿y si la doctora no descubre que tengo cáncer? ¿y si está repartido por todo mi cuerpo? Como esas historias tristes de mujeres lindas que salen en las noticias Isi, que les dio cáncer pero se mantuvieron optimistas y alegres hasta la muerte y después alguien creó una fundación con su nombre. No quiero que nadie cree una fundación con mi nombre. Tampoco quiero este plato de quínoa, hagamos perro muerto Isi, para haber hecho algo emocionante antes de morirme.

La Isidora me tomó una mano. Cálmate, me dijo. Está todo bien. Te prometo que estás bien. Ya vas a ver mañana. ¡Señorita! gritó estirando la mano que no tenía puesta encima de la mía. ¿Nos trae un completo por favor? italiano, con harta mayonesa.

Volví a mi casa lo suficientemente tarde para que mi mamá estuviese durmiendo. En la cocina había 12 mitades de naranja huecas sobre la mesada. La Michi se me restregó entre las piernas. Qué alegría que llegaste, parecía decirme, qué bueno que no te moriste. Pero igual me voy a morir antes que todos ustedes, pensé. E imaginé a todos mis gatos viviendo solos con mi mamá, tomándose mi pieza, transformándola en un nido. ¿Me extrañarían? La Michi me acompañó a la pieza y cerré la puerta. No quería que se fuera. Todo el día había estado parcialmente acompañada. El bultito siempre había estado ahí, conmigo, pero también habían estado todos los demás. Ahora solo estábamos él y yo. Y todos los sonidos de mi casa. Y la Michi.

Me quedé dormida con la misteriosa frecuencia que tiene el ronroneo de los gatos. Tiesa, porque no sabía dónde ni cómo acomodar mi brazo para no pasar a llevar el bultito ni para que la pieza se empezara a llenar de agua. Cuando desperté, sin embargo, la inundación fue inminente. Hecha un ovillo bajo las colchas mojadas y sin la Michi a la vista, pensé en las dos horas y cuarenta y cinco minutos que aún faltaban para atenderme con la doctora y saber si me iba a morir o no. Imaginé a la doctora mirándolo y dejándose mirar por él. Hm, diría. A ver. Ese “a ver” lo diría todo. Me daría órdenes para exámenes y todas las personas que me atenderían emitirían ese mismo “a ver”. Cuando saliera de la sala de exámenes dirían qué pena, tan joven, qué mal.

Me levanté y en el baño se me escapó todo lo que había comido ayer. Me quede vacía. Sin esperanza, sin expectativas y sin electrolitos. Después abrí la cortina de la ducha y volví a saltar. Había otro de esos bichos negros. ¿De dónde estaban saliendo? ¿Cuál era la probabilidad de mis gatos trajeran al baño el mismo bicho raro dos días seguidos? ¿Cuál era la probabilidad de que hubiese un nido de estos insectos escondido dentro de mi casa? Esta vez saqué el rudimentario colador del drenaje y encendí la ducha. Se fue rápido. No alcancé a verlo patalear, ni a oírlo despedirse. Después me pregunté si no habría sido el mismo de ayer, que venía a decirme algo. Después me pregunté si no sería un augurio de muerte.

El ritual de esa mañana fue muy parecido al del día anterior. Ligeramente menos angustiante, al ya haberme acostumbrado parcialmente a la presencia del bultito y a los sonidos de mi cuerpo. Ligeramente más desesperado y ansioso, ante la posibilidad de confirmación de mi sentencia de muerte. Mi mamá no estaba, ese era mi día libre así que me había levantado cuando el cielo ya estaba clareando y ella ya se había ido. Ya se había tomado el jugo caliente de sus seis naranjas.

Cuando salí la luz del sol se sintió tibia sobre mi cara. La Michi me maulló desde la entrada de la casa, un perro ladró a la distancia y un zorzal trinó. ¿Es este el mundo de una persona que se va a morir? Mientras caminaba al paradero me llegó un mensaje de la Isidora: va a estar todo bien, juntémonos a almorzar, decía. Y me pregunté si existiría a la hora de almuerzo. Si mi vida no se acabaría en esa consulta médica. Si no moriría automáticamente congelada en el ártico en el caso de que me dijeran que tenía cáncer. Si tenía cáncer, pensé, le pediría a la Isidora que fuera mi tutora, así no tendría que lidiar además con que me echaran la culpa de estar muriéndome.

En el camino pensé en las cosas que pediría para comer si me internaran en el hospital. En cómo me cortaría el pelo cuando se me empezara a caer. ¿Alguien se raparía por mí? Después recordé que todo es plata y que ya no podía pedir un crédito y después morirme para que se pagara solo. En la sala de espera se apagaron las luces cuando comencé a pensar en cómo tendría que vivir después de dejar a mi familia en la ruina con mi tratamiento para el cáncer. Me imaginé yendo a trabajar pelada y perdiendo mi sueldo automáticamente en deudas. Me imaginé la cara de mi mamá todos los días cuando volviera a la casa. Comeríamos tantos jureles en lata de la feria que al final los gatos nos comerían a nosotras y pensaría que debí pedir el crédito si de todas formas me iba a morir.

El sistema de la clínica se cayó. Eso de verdad pasó. Y pensé que perdería mi hora porque no alcanzaría a pagar el bono. Disculpe señorita, dije, mi hora es a las 10.45 y todavía quedan 10 números para que me atiendan. Los doctores están informados de la situación, respondió. Y me puse a decir los nombres de todas las capitales que recordaba en voz bajita. Mientras tanto, como también se habían echado a perder los altoparlantes, los doctores salían a la sala de espera y ahí llamaban a los pacientes. Una señora viejita salió varias veces y supliqué que no fuese ella mi doctora. Me la imaginé escandalizándose más que yo. ¿Y si no podía ver bien al bultito y me decía que no tenía nada? Pero mírelo, ahí está, le diría. Él la miraría a ella pero ella no lo podría ver a él. No tiene nada, diría. Y el bultito se extendería por todas partes, victorioso.

Constanza Garcés, llamó alguien. Las luces se volvieron a apagar. Todos los pacientes desaparecieron. Las guaguas dejaron de llorar. Volvía a tener los pies mojados y no me podía parar porque estaba ciega. Constanza Garcés, volvió a llamar esta persona. Era la doctora. Iba a perder mi hora. Me paré de golpe y miré hacia todos lados. Constanza Garcés, volvieron a decir y aquí aquí aquí dije yo. Hola, me saludó.

La doctora era una mujer joven. Mayor que yo, pero no demasiado. Tenía un semblante tranquilo, pero no demasiado. Hablaba con seriedad, pero tampoco demasiado. Ya dentro de su consulta me preguntó cómo estaba y, sin querer, lo interpreté como una invitación a contarle todo. Sin querer, le tiré el océano del ártico encima. Doctora, me salió esta cosa bajo el brazo, tengo miedo, creo que me voy a morir, en internet salía que es cáncer, mi mamá cree que me pasó porque me alimento muy mal, me gusta mucho el pan, pero tengo muchos gatos y no quiero dejarlos solos, hoy en la mañana apareció un burrito en mi tina, creo que era una señal, no quiero morirme doctora. Me miró con una sonrisa. Calma, dijo. Déjame ver.

Le mostré el brazo y miré hacia otro lado. No quise ver como el bultito la miraba. La doctora me tocó y masculló un “hm”. La puerta se abrió y empezó a entrar agua. ¿Es muy grave? Le pregunté. La doctora se río. Lo que sea que tuviste, ya no está, dijo. Puedo ver como tienes un poco irritado, pero no es absolutamente nada importante. Ni un ganglio, ni alergia, ni un quiste, mucho menos un tumor. Debe haber sido un brote por estrés ¿has estado muy estresada últimamente?

Miré una vez más. No estaba. Mi casa crujió. Sólo estaba viva.

Adjetivo

Adjetivo es un pequeño blog de literatura y cultura en…

Catalina J. García

Written by

Me gusta la literatura tanto como la pizza.

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