Catalina J. García
Apr 20 · 4 min read

Este libro me gustó tanto que todavía estoy tratando de precisar los motivos en medio de mi sorpresa. Tiempo atrás, en un taller con la Arelis Uribe, había leído “La ola”, el que es al parecer uno de los cuentos por los que más se conoce a Liliana Colanzi y, aunque me había gustado, no había encendido mis pasiones al punto que sí lo hicieron los demás cuentos que componen “Nuestro mundo muerto”. A continuación, quisiera hablar sobre este libro desde varios frentes.

Primero, la forma en la que llegué a él, más bien anecdótica. Desde que conocí a Mariana Henríquez que busco escritoras latinoamericanas que escriban terror. Terror en el sentido amplio y complejo de la palabra. Relatos oscuros, inquietantes, y que aprovechen la tradición y variedad de supersticiones que tenemos en latinoamérica. Me puse a investigar porque tenía que llevarme mi libro mensual de la librería en la que trabajaba y quería hacer cundir el beneficio. Al principio quería algo de Aurora Venturini o Silvina Ocampo, pero no había stock. En internet, casi todas las escritoras de terror que se recomendaban eran norteamericanas o europeas. Hasta que me topé con este nombre conocido: Liliana Colanzi. Me encogí de hombros, revisé el catálogo y busqué el único libro disponible. Fingiendo que trabajaba, me leí el primer cuento: “El ojo”. Partía un poco flojo. Muchos clichés de adolescentes atormentados, una madre fanática religiosa, un violento encuentro sexual y de pronto: el apocalipsis. Si no hubiese sido por el apocalipsis, no me habría llevado el libro a mi casa.

Después vinieron los demás cuentos, pero no les quiero contar demasiado porque todo en ellos es importante y todo es una sorpresa, así que casi todo podría ser un spoiler. Lo que sí quiero contarles es que es el choque entre la superstición, lo paranormal y lo increíble, con la moderna cotidianidad latinoamericana lo que le da el gustito a estos cuentos, lo que hace la diferencia. Porque estos no son relatos de realismo mágico, no señor. Los cuentos de “Nuestro mundo muerto” cargan con horrores de verdad que llevamos en las entrañas hace cientos, sino miles, de años; azuzados por la violencia de la colonización y el contingente abuso del hombre blanco y poderoso hacia el indígena y el mestizo, ni hablar de la mujer.

Pero “Nuestro mundo muerto” es todavía más que eso. Me encantó que algunos de los cuentos, desde Bolivia, también se fueran a otras partes. Sin desconocer sus orígenes culturales y linguísticos, algunos relatos exploran la oscuridad desde la distancia del hogar, en una universidad de Estados Unidos; desde lo clandestino, en un hotel de París; incluso desde otro planeta, en un cuento que no me dejaba de hacer pensar “Ray Bradbury habría estado muy orgulloso”. La voz de Liliana Colanzi es muy versátil, escribiendo desde distintos tipos de narradores y lugares, sin dejar de ser entrañablemente latinoamericana y boliviana.

Me gustó que algunos cuentos parecieran divagar, que otros tuvieran estructura de caja china y fueran relatos dentro de relatos, o quizá relatos después de relatos. Que un texto partiera en un lugar, como “La ola” que parte en Ithaca, Estados Unidos, y que terminara en Santa Cruz, Bolivia, después de hacer un camino por el desierto en la frontera con Chile. Me gustó que otros construyeran un relato desde fragmentos que, como un poema, parecieran contar más de una sola historia, como en “Cuento con pájaro”, que incluye testimonios reales de indígenas ayoreos.

Finalmente, uno de los aspectos que más me gustó del libro es uno que ni siquiera sé si fue concebido de forma intencional.

Cuando ya llevaba un par de cuentos avanzada en “Nuestro mundo muerto”, me quedó claro que Liliana Colanzi iba a cuestionar jerarquías de poder, violencias normalizadas y a exponer el conflicto de lo indígena frente a lo colonizador y opresor. Todo esto ya me parecía más que suficiente para una serie de cuentos valiosos, sin embargo, grande fue mi sorpresa cuando me pareció encontrar, además, una sutil interpelación a la estructura patriarcal y heteronormada de la sociedad. Esto es lo que no sé si fue hecho a propósito o no, pero me parece muy interesante que en un par de sus cuentos no hay forma de saber el género del narrador hasta muy avanzado el relato y que, incluso en uno de ellos, — no les voy a decir cuál — un personaje que parece hombre — lo que revela nuestra propia y tan bien internalizada heteronorma — resulta ser una mujer en una relación lésbica.

Me gustó esta inclusión en este contexto, pero además, me gustó la cuidadosa forma en la que se siembra la duda del canon. Cuando leí el cuento en cuestión, no pude creer que no hubiese habido realmente ninguna alusión previa al género de la narradora, pero efectivamente no estaba. Después, hay otro cuento que no solo explora lo indígena, sino que también una relación espiritual trascendental que a ratos ¿pareciera rozar lo homoerótico? No estoy segura, pero al menos posee elementos sin duda alejados de lo normado.

Me gustó mucho este libro. Mucho más de lo que esperaba. Quisiera leer más a Liliana Colanzi. Quisiera leer más narraciones como estas: narraciones que juegan con lo local y a la vez con esa oscuridad que trasciende a toda distancia geográfica o cultural.

Adjetivo

Adjetivo es un pequeño blog de literatura y cultura en continua construcción. No tenemos grandes aspiraciones pero sí muchas ganas de escribir y compartir las cosas que nos emocionan con la esperanza de que éstas emocionen a otras personas también.

Catalina J. García

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Me gusta la literatura tanto como la pizza.

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