Catalina J. García
Jul 21 · 7 min read

Tenía grandes expectativas para este libro. Recientemente editado en español por La Bestia Equilátera, me costó un montón encontrarlo en inglés porque estaba agotado en todas partes. Las buenas críticas le llueven, en todo lugar y en todos los idiomas, incluso en Goodreads, donde en general los lectores y lectoras son bastante exigentes y es difícil encontrar un libro que promedie sobre las 4 estrellas. Pero hace tiempo que no sufría una decepción tan grande. Hace tiempo que no tenía que escribir un comentario en el que intento mantener la compostura pero al final simplemente termino desahogando mi indignación.

The Elementals es una novela publicada en 1981 que se desarrolla en torno a dos familias que, después del inquietante funeral de una de sus matriarcas, deciden retirarse a un balneario aislado al sur de Estados Unidos donde ambas familias compartieron sus mejores momentos. En este remoto lugar todo lo que los espera son tres hermosas casas victorianas; una para cada familia y una tercera casa a la que nadie se acerca y que se encuentra inhabitable al estar siendo lentamente consumida por la arena de una duna. Pero algo más pasa con esa casa.

La premisa de The Elementals es entretenida y atractiva. Después de leer “La maldición de Hill House” y básicamente estar enamorada de la literatura de Shirley Jackson, el concepto de una casa que está esencialmente cargada de mal me obsesiona. El detalle de que la arena, un elemento hermoso pero estéril e invasor, consumiera una casa, me pareció fascinante y muy interesante. Así que, después de leer puras buenas críticas y comentarios prometedores, empecé el libro con muchísimo entusiasmo. Sin embargo, a las pocas páginas el entusiasmo empezó a decantar en una triste decepción.

Ni terminado el primer capítulo, la forma de escribir de McDowell se sintió incómoda y fea. Es difícil describir esta “fealdad” porque es una percepción muy visceral y subjetiva. En un intento por analizarla, creo que tiene que ver con decisiones narrativas en las que ahondaré más adelante y un muy mal trabajo en la construcción y el desarrollo de los personajes.

De entrada, el apellido de una de las familias me pareció innecesariamente explicito, quizá demasiado obvio: Savage, que en español significa “salvaje”. Considerando el tipo de libro que es The Elementals, creo que era muy parecido a si en otro libro alguno de los personajes se hubiese llamado Juanito Casamaldita. Después, están los nombres de los personajes, casi todos injustificadamente rebuscados: Dauphin, Big Barbara, India, Luker, Mary-Scot. Mientras los leía, no podía dejar de pensar en cuando jugaba a Los Sims cuando era chica y me tocaba ponerles nombres. ¿Por qué usar “Luke” si podemos usar “Luker”? mucho más original.

Junto a la introducción de los personajes y sus nombres raros, vienen sus propias rarezas. Mary-Scot es una joven monja de convento y la difunta con cuyo funeral empieza el libro resulta que era una mujer especialmente malvada. Luker es un fotógrafo de relativo renombre pero a ratos se comporta como un patán. India, su hija, es una adolescente irreverente. Y Dauphin, junto a su esposa, hacen una pareja muy simpática. Todos son millonarios sin mayor esfuerzo — y no solo millonarios, sino que los más millonarios de la ciudad -, sin embargo, muy sensatos. No les interesa aumentar su fortuna haciendo negocios con una compañía petrolera porque consideran que ya tienen suficiente plata, incluso cuando la esposa de uno de ellos anuncia un feliz embarazo. Me disculparán, pero esta es la caracterización de una persona millonaria menos verosímil que he leído.

Además de estar construidos de forma poco verosímil, por lo que los personajes rompen constantemente el contrato libro-lector en torno a la ficción que se esta leyendo, les falta consistencia y a ratos proveen detalles que se manifiestan como relevantes pero que después se abandonan en el camino porque resulta que eran prescindibles. No quisiera spoilear a nadie, pero lamento tener que decir que al final en ningún momento se ahonda en por qué la difunda madre de Dauphin era tan malvada y todos la odiaban tanto. Tampoco se entiende cuál era la relevancia de que uno de los personajes tuviera una carrera política. Tampoco por qué la madre de India la había abandonado y también era tan detestada por la abuela. Tampoco se entiende cómo uno de los personajes cuya caracterización inicial es la de un hombre mayormente indiferente, en poco tiempo y sin mayor justificación, evoluciona a un padre preocupado y heroico. También, una de las personajes era alcohólica, pero esto no interviene de ninguna forma relevante en la trama del libro. Es más. Ahora que lo pienso, todos estos elementos servían como justificaciones muy pobres de decisiones muy banales. Eran como recursos del tipo deus ex machina.

“Deus ex machina es una expresión latina que significa «Dios desde la máquina», traducción de la expresión griega «απò μηχανῆς θεóς» (apò mēchanḗs theós). Se origina en el teatro griego y romano […] Actualmente es utilizada para referirse a un elemento externo que resuelve una historia sin seguir su lógica interna. Desde el punto de vista de la estructura de un guion, deus ex machina hace referencia a cualquier acontecimiento cuya causa viene impuesta por necesidades del propio guion, a fin de que mantenga lo que se espera de él desde un punto de vista del interés, de la comercialidad, de la estética, o de cualquier otro factor, incurriendo en una falta de coherencia interna”. Wikipedia no lo podría haber dicho mejor.

¿Por qué un grupo de personajes que odian Alabama y viven en Nueva York decidirían quedarse en una playa aislada y desolada cuando toda su caracterización indica que es lo que más detestarían? Para hacerle una intervención a la abuela alcohólica. Perfecta justificación. Lo mejor es que la intervención resulta estupendamente y, saldado el asunto de que todos los personajes tienen que encontrarse en ese espacio físico, el alcoholismo no se transforma en ningún punto en un ente antagónico. Al final, solo era un recurso forzado para explicar por qué estaban todos allí.

Alguna vez, en algún taller de escritura que leí o en el que participé, o quizá ambos, se aconsejaba a quienes queremos ser escritores que siempre que pudiéramos prefiriéramos mostrar en lugar de contar. No sólo decir que “Juanito era un sacohueas”, sino que mostrar lo sacohueas que era Juanito a través de sus acciones. Este es un consejo que quizá le habría servido muchísimo a McDowell. Tomando el mismo ejemplo del alcoholismo de una de las personajes, en ningún punto se notan demasiado sus efectos, más allá de descripciones bastante pobres y clichés de ella lloriqueando junto a una botella. Si no hubiese sido porque los personajes constantemente le dicen “eres una maldita alcohólica” la verdad es que como lectores no habríamos tenido cómo saber si la mujer era alcohólica o solo estaba teniendo un mal día. Este problema se repite mucho. No es que los libros tengan que tener extensas descripciones pero, como lectora, sí espero un mínimo de palabras que contextualicen y le entreguen coherencia a una narración. Especialmente si estamos funcionando en el marco de que esta es una narración tradicional y no una surrealista, experimental, posmodernista, quéseyo etc.

Otro acontecimiento en el que se condensan varios de los problemas que menciono, especialmente la pobreza de la narración dando como resultado una grave falta de verosimilitud, es una escena en la que un par de personajes hacen crecer plantas de una fuente con arena, regando unas semillas raras con sangre. La fuente se guarda y en un par de horas se ve que surgieron espigas de la arena, listas para que se pueda cosechar sus semillas y usar una porción para cocinar unos bollitos mágicos que van a proteger a la familia de la maldad de la tercera casa. Todos se comen los bollitos sin ningún comentario. La única exclamación que surge de esta escena es un “no puedo creerlo” de parte de una de las personajes. Y eso es todo. Así, sin ninguna justificación o aprehensión ¿no parece una escena un poco ridícula, incluso cómica? Sí obvio, me parece una excelente idea comerme unos bollitos hechos con semillas que crecieron de una fuente de arena con sangre. Delicioso. Yo soy una convencida de que en la literatura, utilizando las palabras correctas, se puede volver serio y verosímil hasta lo más ridículo. Pero “¿cómo se llaman esas plantas?” no me parecieron palabras suficientes, ni las palabras correctas.

Finalmente, está la casa, que debería ser el personaje más importante de la novela, pero al final sentí que era una especie de adorno. La casa funciona bien, sí, esta bien caracterizada, con sus perturbadores fenómenos paranormales y la arena que la está invadiendo y que amenaza con invadir todo, pero las interacciones que tienen los personajes con la casa arruinan todo un poco. También hay algunos eventos que parecen demasiado arbitrarios. Los personajes llevan años acudiendo a este balneario y años aterrorizados de esta casa y lo que en ella habita, sin embargo, nunca nada parece haberles pasado; la casa nunca parece haber generado mayor daño más allá que algunos sustos. Supongo que por lo mismo es que siguen acudiendo al lugar. Entonces ¿Por qué la casa parece enloquecer o explotar paranormalmente justo en ese momento? Ni siquiera hay una provocación, como es el caso de otras casas embrujadas con las que — muy indignantemente, a mi parecer — se compara la de The Elementals: la casa de “Hell house” y la casa de “La maldición de Hill House”.

Adjetivo

Adjetivo es un pequeño blog de literatura y cultura en continua construcción. No tenemos grandes aspiraciones pero sí muchas ganas de escribir y compartir las cosas que nos emocionan con la esperanza de que éstas emocionen a otras personas también.

Catalina J. García

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Me gusta la literatura tanto como la pizza.

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