NASA — la respiración de un planeta vivo

De la «crisis de la percepción» a la «perspectiva sistémica de la vida»

Tras formarme inicialmente como zoólogo y biólogo marino en la Universidad de Edimburgo y en la Universidad de California (Santa Cruz), he pasado los últimos 20 años de mi vida a la búsqueda de respuestas a un dilema sumamente complejo: ¿Cómo podemos generar una presencia humana más sostenible en la Tierra?

Aún recuerdo el día, en la primavera de 1994, en el que comprendí que la forma más eficaz en que podía contribuir a que las generaciones futuras pudieran gozar nadando con una manada de delfines en su hábitat natural no era prosiguiendo mi carrera de biólogo de mamíferos marinos, sino trabajando de cualquier forma discreta para ayudar a mi propia especie a modificar su perspectiva y forma de relacionarse con la vida como un proceso planetario. Somos participantes en ese proceso y nuestro futuro depende de él.

Me dediqué las últimas dos décadas a investigar y a aprender cómo aplicar «soluciones sostenibles». Durante el proceso, hice labores de académico, activista de base, asesor empresarial y educador, y trabajé con organismos públicos a nivel local, nacional e internacional (Naciones Unidas). Investigué, defendí y ayudé a implementar soluciones sostenibles en muchos ámbitos de la actividad humana como el transporte, la vivienda, el desarrollo comunitario, la producción alimentaria, el tratamiento de aguas, la producción y el consumo sostenibles y la educación.

Afortunadamente cada día surgen más soluciones sostenibles disponibles; aunque aplicadas a una escala inadecuada o si no se atiende a su contexto sistémico, las soluciones actuales pueden transformarse rápidamente en problemas del futuro. Sin la capacidad cultural de contemplar nuestras acciones y los cambios que nos rodean desde una perspectiva sistémica, en conjunción con la sabiduría para evaluar las soluciones propuestas en el contexto de sus efectos sobre la salud y la resiliencia de la vida como un todo, incluso los intentos bien intencionados de generar sostenibilidad pueden tener resultados nefastos.

El consejo frecuentemente citado de Einstein de que «no podemos resolver nuestros problemas con la misma lógica que empleamos cuando los creamos» parece más apropiado que nunca. Estamos abordando la complejidad de un profundo cambio social y la transición hacia diversas culturas regenerativas en cuanto que manifestaciones no solo de una forma diferente de estar en el mundo, sino también de una forma diferente de ver el mundo.

En una carta a Jan Christiaan Smuts, Einstein le dio la enhorabuena por publicar Holism and Evolution (1926) y propuso que esos dos conceptos perfilarían el pensamiento humano en el próximo milenio, su propio concepto de “relatividad” y el de “holismo” de Smuts definido como «la tendencia de la naturaleza a formar conjuntos que son mayores que la suma de las partes gracias a la evolución creativa» (Smuts, 1927).

El pensamiento holístico es el nuevo modo de pensar necesario para disolver/resolver los problemas creados por el pensamiento reduccionista. Pero no deberíamos inclinar demasiado la balanza y favorecer el pensamiento holístico en todas las circunstancias por encima del pensamiento reduccionista. Debemos considerar el reduccionismo como un método útil que puede aplicarse cuando sea pertinente y en un contexto de sistemas holísticos que reconozca las valiosas contribuciones de diversas perspectivas, así como los límites de nuestro conocimiento. Podríamos preferir respuestas y soluciones definitivas, pero ¿qué pasa si sencillamente no las hay?

¿Estamos persiguiendo un espejismo de certidumbre en un mundo profundamente ambiguo e imprevisible?

¿Es lo mejor que podemos hacer para vivir las incógnitas más intensamente?

¿Cómo afectarán las preguntas que elijamos para que nos guíen hacia el mundo que terminaremos experimentando y cocreando en el proceso?

En la primavera de 2002 tuve la fortuna de conocer al físico Fritjof Capra en Schumacher College. Capra formuló con nitidez algo que yo había comprendido intuitivamente y que estaba tratando de entender mejor. Sugirió que las crisis ecológicas, medioambientales, sociales y económicas a las que nos enfrentamos no son expresiones aisladas sino expresiones interconectadas de una sola crisis: una crisis de percepción. Explicó cómo nuestra cosmovisión culturalmente dominante se inspira en teorías científicas anticuadas y en una tendencia a perdernos en los detalles de una perspectiva unidisciplinar, en lugar de ver los «vínculos ocultos» que mantienen la viabilidad a largo plazo de la vida en su totalidad.

La narrativa neodarwinista de individuos y especies que compiten despiadadamente por unos recursos limitados es un concepto inadecuado y limitado de la vida. La naturaleza da soporte a la vida creando y nutriendo comunidades. En las principales biociencias actuales, la evolución ya no se percibe como una lucha por la subsistencia, sino como una danza colaborativa y una prospección de la innovación. Capra señaló que «la sostenibilidad es un proceso dinámico coevolutivo más que un estado estático. La sostenibilidad es una propiedad de todo un entramado de relaciones» (comentario personal) más que un rasgo de un solo individuo, empresa, país o especie.

La comprensión de que la causa subyacente común de las múltiples crisis a las que nos enfrentamos es, de hecho, una crisis de percepción nos da esperanza de que podremos reaccionar antes de que sea demasiado tarde. Sugiere que si usáramos una lógica diferente a la que provocó que nos metiéramos en este embrollo al principio, podríamos darnos cuenta de cuántos problemas interconectados pueden combinarse de formas que nos indican una serie de oportunidades interconectadas y soluciones sistémicas en las que todos salen ganando, abordando las causas subyacentes en lugar de los síntomas.

Adoptar una visión sistemática de la vida es un paso esencial para abordar la crisis de percepción. Asimilar nuestro íntimo parentesco y comunión con el proceso de la vida en su totalidad desencadenará un cambio de conciencia que nos permitirá mejorar radicalmente la calidad de nuestras vidas y la salud de los ecosistemas y del planeta en el que vivimos. Modificará la manera en que nos relacionamos con otras personas y con el resto del mundo natural; y permitirá que la salud emerja como una propiedad sistémica que vincula la salud humana y la planetaria.

Estamos aprendiendo, individual y colectivamente, a formular mejores preguntas a medida que comprendemos las interconexiones y relaciones a las que hasta ahora no hemos prestado atención. La calidad del aire que respiramos, la calidad del agua que bebemos, la calidad de los alimentos que comemos, la calidad de la ropa que llevamos, la calidad de las casas en las que vivimos, la calidad de las comunidades en las que participamos, la calidad de nuestras relaciones humanas, la calidad de los ecosistemas en que vivimos, el calidad de la educación que ofrecemos a nuestros hijos — todos estos aspectos cualitativos de nuestras vidas no solo dependen de especificidades pormenorizadas y cuantificables, comprensibles dentro de los límites de disciplinas independientes y estrictamente definidas.

Estos relevantes aspectos cualitativos de nuestras vidas están sujetos a las complejas relaciones y redes que vinculan todos estos aspectos en un todo que se transforma dinámicamente. Estas relaciones y redes conectan nuestro futuro individual y colectivo con la salud, la resiliencia y con el bienestar de la vida como un todo.

Los progresos en biología, ecología, neurociencia y teoría de la complejidad nos aportan ahora una perspectiva sistémica de la vida (véase Capra y Luisi, 2014b), definida con precisión en las últimas décadas. La sociedad está empezando a ponerse al día y la mayoría de las iniciativas vanguardistas que promueven la transición hacia culturas regenerativas están basadas en esta comprensión sistémica de los sistemas vivos y en nuestra íntima relación con estos. Peter Senge ha sido un destacado defensor de la importancia del pensamiento sistémico para las personas en puestos directivos empresariales:

Todos los innovadores que fomentan la economía regenerativa del futuro han aprendido, a su manera, a percibir el macrosistema en el que viven y trabajan. Su mirada trasciende los acontecimientos y soluciones superficiales para percibir las estructuras y fuerzas más profundas involucradas; no permiten que las barreras (ya sean organizativas o impuestas culturalmente) restrinjan su pensamiento. Toman decisiones estratégicas que consideran los límites naturales y sociales, y trabajan para crear ciclos autorreforzantes de innovación — estrategias de cambio que mimetizan el modo evolutivo del mundo natural. Han aprendido a ver los sistemas fomentando una inteligencia de la que todos disponemos. Los seres humanos son pensadores sistémicos naturales, pero como cualquier capacidad innata, este talento debe comprenderse y cultivarse.
Peter Senge (2008: 167)

La visión sistémica entiende la vida como redes de relaciones. Podemos hallar patrones de red a escala de células individuales, órganos, organismos, comunidades, ecosistemas o de la biosfera en su conjunto. Las propiedades cualitativas emergentes que dignifican la vida y sustentan la vida como un todo no se encuentran dentro de uno o varios organismos, se distribuyen por todas estas escalas como propiedades sistémicas de un todo vivo y transformador en el que todos los participantes cuentan y todos cocreamos el futuro.

Si anhelamos sustentar el futuro común de la humanidad, debemos aprender la manera en que la humanidad puede llegar a ser una influencia positiva que sustente la vida en todos los ecosistemas y en el planeta en su conjunto. Esta es la razón esencial para crear una cultura humana sostenible y regenerativa. Mediante el diseño de nuestras soluciones tecnológicas, sociales y económicas en torno a los principios de la ecología y la biología, y fundamentadas en una visión sistémica de la vida, podemos transformar la cultura para que se convierta en una fuerza restaurativa y regeneradora.

El continuo advenimiento de la conciencia autorreflexiva y nuestra experiencia subjetiva e intersubjetiva (cultural) de ser reflexiones vivas de las continuas búsquedas vitales de la novedad están supeditadas al mantenimiento de la salud y de la integridad de la base biológica y ecológica para nuestra constante evolución.

La «perspectiva de los sistemas vivos» de la vida no es una objetivación de la naturaleza y de la biología como algo independiente de la experiencia interior (individual y colectiva) de la conciencia, sino que entiende la vida y la conciencia como manifestaciones hondamente imbricadas de un único proceso.

En la conciencia autorreflexiva nos estamos haciendo conscientes del papel de “cómo experimentamos y prestamos atención a” la experiencia misma — centrándonos en cómo estamos suscitando un mundo unido. Solo estamos comenzando a comprender el surgimiento codependiente de la vida y de la conciencia como un proceso esencialmente participativo de entrar en relación y ver con perspectiva:

[…] la conciencia es muchísimo más que un accidente evolutivo o epifenoménico respecto a los procesos bioquímicos que se producen en nuestras cabezas — de hecho, la conciencia está fundamentalmente inserta en el mismo universo. […] Lo que queremos decir es que, realmente, algún grado de subjetividad está presente en todo el recorrido ascendente y descendente de la escala evolutiva, desde los quarks más diminutos hasta los cerebros más voluminosos. La conciencia puede describirse laxamente como un sistema «creador de perspectiva, generador de toma de perspectiva» que crea, recopila y organiza puntos de vista más profundos, amplios y sofisticados a medida que se desarrolla.
Ken Wilber y Allan Combs (2010)

[Esto es un extracto de un subcapítulo de Designing Regenerative Cultures, publicado por Triarchy Press, 2016.]