MARINE LE PEN, ¿PARDA O ZURDA?

por Álvaro Vargas Llosa, publicado en Diario ABC

Hay que decirlo en voz bajita: casi no hay postura de Marine Le Pen y la extrema derecha que no haya nacido en cierta izquierda. Sus llameantes discursos contra la globalización remedan los que lanzaban los activistas que en 1999 convirtieron a Seattle en una batalla campal para sabotear a la Organización Mundial de Comercio. Los precursores intelectuales son Noam Chomsky, que en 202 decía que la globalización era privilegio de la élite («los inversores»), o Naomi Klein, cuyo libro «No Logo» derramó lava volcánica contra la mundialización porque servía a las multinacionales.

Ya en 1994 la izquierda había saludado con salvas de cañón el levantamiento del subcomandante Marcos en Chiapas, el mismo día en que entraba en vigor el Tratado de Libre Comercio de Norteamérica, entonces símbolo demoniaco de la globalización.

El nacionalismo económico y el proteccionismo del Frente Nacional (el fin de los tratados comerciales, aranceles contra importaciones, exclusividad francesa en las adquisiciones estatales, las 35 horas laborales) salen, como su política de «industrialización», de las ideas, propagadas en su día por Raúl Prebisch desde la CEPAL, que dominaron América Latina hasta los 90. Ellas fueron el santo y seña contra el «neoliberalismo» explotador que ofrecía a los pobres el insulto del libre comercio. Si puedo estirar un poco la liga, ¿qué era el «socialismo en un solo país» con el que Stalin quería crear una base manufacturera propia sino la «industrialización» lepenista?

La intención de Le Pen de controlar los precios (tarifas de gas y electricidad, los tipos de interés), potenciar el gasto público (ampliar el asistencialismo, reducir la edad de jubilación, aumentar las pensiones) y manipular la moneda (crear dinero desde el banco central, decir a los bancos a quién y cuánto prestar) ya se practicaron a ambos lados del Atlántico.

Lo hicieron Willy Brandt y Helmut Schmidt, iconos socialistas alemanes, y el laborismo británico en los años 70, y Mitterrand a inicios de los 80. El fracaso llevó a los socialistas alemanes y franceses a dar un volantín y optar por políticas contrarias, y en el Reino Unido el «invierno del descontento» catapultó a Thatcher al poder. Para no hablar de la hiperinflación que esas políticas causaron en países gobernados por la zurda en América Latina (por ejemplo, el Perú de os 80 con Alan García).

¿Y el pedido de Le Pen de renegociarlo todo con la Unión Europea so pena de abandonarla? Igual: buena parte del laborismo británico — con Tony Benn, el simpático aristócrata rojo, a la cabeza — fue el azote de Europa en el referéndum de 1975. No es raro que varios líderes laboristas avalen hoy el fin de la libre circulación de personas o que en el referéndum del Brexit siete de cada diez circunscripciones controladas por los laboristas votases por salirse. También el discurso de la líder de extrema derecha francesa contra la inmigración (gravar a las empresas que contraten extranjeros, poner un tope de 10.000 inmigrantes) tiene cierta deuda con un sector de la izquierda. Fueron los sindicatos los que lograron en los años 20 que Estados Unidos impusieran restricciones generales contra la inmigración. Last but not least, ¿no son los ataques de la tremebunda francesa contra la OTAN muy similares a los que hace la mediática roja alemana, Sahra Wagenknecht, vicepresidenta de Die Linke? Lo que propone Le Pen — salirse del mando integrado, recuperar «soberanía» militar — lo propone también Podemos en España, que reclama «autonomía» ante la Alianza.

Engels se equivocó cuando escribió, en una carta dirigida a Marx, que la historia se repite como farsa. Se repite como un cambio de chaqueta.