Ser escritor, promotor, vendedor, padre y madre a la vez de tu obra en Paraguay

“El poeta pobre”, cuadro de Carl Spitzweg. (1839)
El siguiente relato es una simulación de algo que realmente ocurrió. Hay nombres omitidos o cambiados pero la situación, no.

Hace unos días me encontré con Tato, gran amigo y compañero de talleres literarios y algunas cervezas ocasionales, un tipo que se está arriesgando a escribir ficción, y a escribir bien, en esta sociedad tan reacia a la lectura (salvo para atascarse horas en las redes sociales). Me cité con él en un bar en el centro de Asunción, en horario after office. La intención era aprovechar para ponerme al día y comprar su primer libro. Cuando llegué al local, ya me esperaba chopp en mano y me entregó un ejemplar autografiado. Le pagué el precio convenido y el resto del fondo lo destiné a las cervezas y la picada. Bebimos acompasadamente mientras hacíamos comentarios sobre las canciones que sonaban. Hablamos sobre las chicas que se cruzaron en nuestra vida, las que se quedaron y las que se fueron. También debatimos sobre nuestros libros y escritores favoritos, discusión al más puro estilo Cerro-Olimpia, sin llegar a los puñetazos.

La noche terminó muy pronto debido a nuestras responsabilidades que no permiten una borrachera fuerte entre semana. Nos despedimos prometiéndonos encontrarnos más en persona y menos en el WA. Le dije que no había problema siempre en cuando ambos nos demos también el tiempo necesario para ir escribiendo hasta llegar a aquel gran libro o guión de película que nos haga inmortales.

Al igual que Tato, hay gente que escribe tratando de surgir en el ambiente artístico a las corridas y las duras, como Don Quijote contra los molinos de viento. Y es que el poco interés de la gente por la literatura, la falta de incentivos de parte de los simiescos representantes del gobierno y muchos empresarios para con las artes, más las pocas opciones de negociación con las escasas librerías del país, hacen trabajoso el intento de ser escritores en Paraguay.

Hay que moverse y moverse perdiendo quizás un preciado tiempo que el escritor podría usar luchando contra su hoja en blanco o aprendiendo a dominar las posibilidades del lenguaje para contar una historia. Es así como la mediocridad quiere imponerse como un monstruo aplastante. Sin embargo, leyendo las antologías de talleres o los libritos de los concursos literarios, uno se da cuenta de que contra viento y marea el espíritu de las letras está más que latente en personas que quizás ni siquiera pueden vivir de su escritura, lo cual no es imposibilidad para, con dedicación, crear obras plausibles de publicación. Y quién sabe, quizás se desarrolle un semillero para un digno sucesor de Roa Bastos.

Tato sigue adelante para vender su librito a pesar de sus ojeras y de after offices. A pesar de su trabajo “estable” que lo ahoga ocho horas al día. A pesar de todo, le sigue dando duro al teclado, al lápiz y papel o a lo que tenga a mano. Llora sangre leyendo buenas obras y nunca deja de investigar y practicar.

Lo importante, es seguir escribiendo.

FERNANDO VILLALBA

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