La interpretación del juego

El juego del niño es totalmente factible de interpretación analítica, de la misma forma que la asociación libre lo es en el psicoanálisis con adultos. Entender, comprender, escuchar, ver lo que hace un niño cuando juega en la sesión de análisis es uno de los puntos fundamentales del psicoanálisis con niños. Pero para entender, comprender, resignificar, historizar, reconstruir, o cualquier operación analítica que se quiere hacer con el juego del niño en sesión, es necesario saber qué es lo que hace un niño cuando juega.

La ocupación favorita y más intensa del niño es el juego. Todo niño que juega se conduce como un poeta, creándose un mundo propio, o más exactamente, situando las cosas de su mundo en un orden nuevo, grato para él. El niño distingue muy bien la realidad del mundo y su juego, a pesar de la carga de afecto con que lo satura, y le gusta apoyar los objetos y circunstancias que imagina en objetos tangibles y visibles del mundo real. Este apoyo es lo que aún diferencia el “jugar” infantil del “fantasear”.

Melanie Klein sostiene que el juego es el camino principal para el acceso al inconsciente infantil. Es a través del juego como el niño proyecta sus ansiedades más primarias y su interpretación le permite entender el origen de dichas ansiedades y elaborarlas.

Dos aspectos a distinguir en el juego de los niños son: por un lado, obedeciendo al principio del placer, es pantalla, puerta de entrada en esa dimensión estructurante de la realidad psíquica. Por otro, como obsesión de repetición, como más allá del principio del placer, es ganancia de placer pero en un sentido más primario y directo.

Winnicott, discípulo de Klein, nos habla de la existencia de un espacio transicional, un espacio que le permite al bebé experimentar con su omnipotencia, descubrir su entorno, crear y vincular lo creado con lo real. Un Otro que le presenta el mundo al bebé, pero que a la vez le permite hacerse la ilusión de estar creando el mundo; manteniendo de este modo un espacio transicional.

El proceso de estructuración de un sujeto puede entenderse como un camino que va desde este espacio de ilusión, que nunca va a perderse, hasta la “desilusión”, de la dependencia a la independencia, y este camino es imposible/impensable de transitar sin la presencia de un Otro. De este modo, es el Otro, generalmente la madre, quien traduce o interpreta las necesidades del niño, una “madre suficientemente buena” dejará el espacio necesario como para que su bebé acepte su ausencia, pero no tanto como para que su ausencia se transforme en un verdadero agujero. La historia de un bebé no se puede escribir en términos de él solamente, hay que pensarla en términos del ofrecimiento de un ambiente que satisface sus necesidades de dependencia o que, al contrario, no logra satisfacerlas.

Winnicott reconoce que este tercer espacio, que no es el mundo interno del niño ni el mundo externo, sino el espacio transicional, es algo que le pertenece al individuo y puede ser el espacio de “descanso” del sujeto. Para que el niño pueda penetrar en el mundo y empezar a tomar distancia de la madre, necesita tener algo que le permita neutralizar el efecto paralizante y depresivo que significan las separaciones de la madre. El objeto transicional cumple la función de controlar las ansiedades que le produce la separación de la madre. El sentido del objeto transicional es la primera posición no-yo que, al manipularse, puede a través de la actividad modificar y dañar, pero que subsiste, sobrevive.

El uso del objeto transicional le permite al niño la adquisición de varias categorías, redes complejas de representaciones estructurantes y fundantes del aparato psíquico, que el niño podrá adquirir o no, según sea la interrelación que pueda establecer con el Otro y con los otros.

En la clínica psicoanalítica con niños se pueden encontrar diversos tipos de patologías del jugar, verdaderas detenciones y/o atrapamientos en el proceso de subjetivación de un sujeto, pues algo de las posibilidades del jugar, de las capacidades de crear de un niño, se ve detenido o alterado.

La creación del objeto transicional es importante justamente porque implica la existencia de un espacio potencial, espacio que se sitúa entre lo objetivo y lo subjetivo, un espacio para que el jugar pueda advenir. Por ello, Winnicott sostiene que el juego es terapéutico por sí sólo, porque jugando el niño está construyendo su propio aparato psíquico y la relación de éste con el mundo exterior. Y cuando el juego no es posible, la labor del terapeuta se orienta a llevar al paciente, de un estado en que no puede jugar a uno en que le es posible hacerlo.

Las intervenciones del analista sobre el juego

El analista que trabaja con niños debe saber mucho sobre el juego infantil, porque el jugar acompaña al niño desde muy temprano en su existencia y va evolucionando, cambiando, transformándose en la medida que el niño crece, a la vez; ese juego que va cambiando le permite al niño crecer.

A. Aberastury realiza un breve esquema sobre la evolución del juego en los niños. Se muestra a continuación.

F. Dolto defiende que el niño representa en sus juegos las diferentes castraciones simbolígenas por las que va atravesando (umbilical, oral, anal, castración primaria o castración genital no edípica y la castración genital edípica). Estas castraciones generadoras de símbolos, son castraciones porque separan, rompen el ideal fusional con el cuerpo materno y, a su vez, son simbolígenas porque permiten, gracias a ese corte, la producción de un universo simbólico único y propio para cada sujeto.

El niño y sus juegos son inseparables, cambian y se modifican el uno al otro. Saber sobre el desarrollo evolutivo del niño es saber sobre el desarrollo evolutivo del juego, y viceversa. El juego sirve para saber dónde está el niño, a partir de ahí respetar ese lugar y tratar de entender por qué está así, allí. El juego expresa, como otras actividades psíquicas, aspectos inconscientes del niño, por lo tanto, la actividad de juego tiene significado y es traducible.

Se puede hablar entonces de un método de lectura del juego, similar al de lectura del material de los sueños. También en el juego aparecen desplazamientos, condensaciones, proyecciones, transformaciones en lo contrario, y es tarea del terapeuta ir leyendo/escuchando ese juego para saber cómo operan todos estos mecanismos.

Lo importante de la interpretación de un juego concreto, o de una parte de éste, tiene que ver con el timing y el setting, es decir, con el tiempo y el encuadre; no siempre está el niño preparado para escuchar una interpretación en la que se ven involucrados sus contenidos y conflictos más reprimidos, es parte del saber hacer del analista el saber cuándo y cómo realizar una interpretación de este tipo, y, sobre todo, el hacerlo dentro del espacio del juego del niño, incluso a veces sin palabras, sino con los mismos contenidos lúdicos que el niño está utilizando, y, si son necesarias las palabras e incluso las construcciones históricas, éstas deben realizarse en el lenguaje entendible por el niño según su edad y su desarrollo cognitivo.

No todas las intervenciones que realiza un psicoanalista en una sesión con un niño son interpretaciones, pero conservan el carácter fundamental de las mismas: procurar abrir un nuevo espacio de reflexión sobre lo que está ocurriendo y de esta manera favorecer cambios estructurantes en los pacientes.

Hay que tener en cuenta que lo que ocurre en el espacio transicional generado entre analista y paciente debe poder ser traducido, interpretado e historizado, de esta forma se logrará que los niños con sus juegos se liberen de las ataduras de sus propios fantasmas.

Referencias:

Blinder, C., Knobel, J. & Siquier, M. L. (2004). Clínica psicoanalítica con niños. Madrid: Síntesis. pp. 77–122.