Las barras y la posible alteración a la identidad emotiva del fútbol

Por Daniela Herrera

Algunos aficionados con comportamiento violento en un partido de fútbol (Foto: almomento.mx)

“A lo mejor tú vas caminando solo con una camiseta de tu equipo, te encuentras a 15 individuos del equipo contrario y te identifican como barrista… ya te van a querer golpear”, asegura Alberto Romero de 27 años, ex miembro de la barra de las Chivas del Guadalajara.

Según Alberto, para el barrista hay dos adversarios naturales: los del equipo contrario y la policía. Tal aclaración cobra sentido cuando recordamos aquel septiembre de 2018, el acontecimiento que involucró la sangre de un barrista del Tigres a través de golpes y heridas con punzocortantes que le realizaron integrantes de la barra del Monterrey, tras un enfrentamiento a 8 kilómetros del estadio en donde entonces se llevaría a cabo el clásico regio.

Ante esto, resalta el estado crítico del comportamiento de las barras. Más cabe aclarar que no todas se identifican con la conducta violenta, aunque de manera lamentable, este estigma sobre las barras se alimenta con sucesos que desafían la sana convivencia del entretenimiento.

La barra brava agresiva suele ser esa parte de los hinchas que se involucra en actividades violentas capaces de agredir a terceros y hasta en ocasiones ejecutar desfalcos y otros delitos. La diferencia entre otros aficionados, es que la barra supone tener una cercanía más marcada con los jugadores, así como una organización que lleva consigo el control de cada uno de sus integrantes en una base de datos en donde se identifican, y en caso de que alguien incurra en un delito, debe ser expulsado.

Según testimonios pertenecientes a policías, comerciantes y asistentes del Estadio Jalisco, en Guadalajara, ha habido ocasiones en las que los límites de euforia barrista son rebasados y comienzan con la actividad violenta: se golpean entre ellos, agreden a policías, entran a los negocios y arrojan sillas, vasos, roban comida; agarran los utensilios para lanzarlos a sus contrincantes; roban camisas o productos de vendedores ambulantes.

“La afición no nos quiere, te avientan cualquier proyectil, ya sea una botella, ladrillo…de que me ha tocado me ha tocado, en la espalda, la rodilla pero obviamente es tu trabajo y siempre y cuando no te lesionen en la cabeza tienes que actuar”, menciona José Luis Zermeño, oficial de la policía.

La psicóloga Amaranta Guerrero explica que el fútbol representa una descarga de energía que permite la unión entre los individuos. Esto se fusiona con la psicología de las masas en donde un grupo de aficionados se anima a hacer ciertas cosas cuando están todos juntos, lo cual implica también un sentido de pertenencia.

El sentido de pertenencia asume que un grupo deja de priorizar el pensamiento individual y se convierte todo el grupo en uno: es parte de hacerse fanático. Lo que hace que el aficionado guste de estar en la barra, es que adquiere una identidad con el grupo que lo hace sentir especial.

En el caso de los fanáticos violentos, se podría decir que su agresión es una descarga irracional de estrés, ansiedad y las frustraciones acumuladas. El impulso de daño hacia la sociedad, podría tratarse de un trastorno de personalidad antisocial y el ser violento, está determinado por su desarrollo psicosocial, por lo que no todos los barristas necesariamente actúan de esta forma, asegura Amaranta Guerrero.

Por otra parte, el sociólogo Ismael Hernández expone que el contexto cultural mexicano está inmerso en la violencia, lo que hace que esta se normalice y se insensibilicen ante ella, lo que se ha disparado por la falta de control sobre las mismas barras.

También menciona que el génesis de la violencia proviene del fenómeno de identidad, donde el aficionado hace suya la identidad de su barra, su equipo y la confronta con el otro: Ven al otro no como un rival o un contrincante, es un enemigo… “En el proceso de oposición lo nuestro es lo más importante y lo contrario no lo es”, explica.

La penalización de desaparecer las barras implica también una alteración a la identidad emotiva del futbol en los estadios, al menos así lo cree Alberto Romero: “Quieras o no es como el corazón de estadio, porque si tú ves a 400 individuos cantar cuando cae un gol de chivas, pues te vas a contagiar de esa emoción, al grado que te vas a parar y también te vas a poner a cantar y a aplaudir”.

Las soluciones para erradicar la violencia pueden venir desde diferentes aristas, ninguna que represente la garantía. El significado puede llegar a lo fraternal y llegar a la exhibición de un México apasionado y unido por el deporte. Los días de clásico son como Navidad para el barrista, dice Alberto, pero también dice que tarde que temprano, dentro de la barra, terminas por arriesgar prácticamente la vida.

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