#11: De qué hablamos cuando hablamos de mudarnos

LUCHI: Me estoy mudando. En este momento, tengo alergia en un brazo y en una mano por el polvo. Mi vecino canta en el balcón algo que supongo es una canción de cancha, pero la canta así nomás, bajito, ya en el momento que le sigue a la euforia y no en la euforia. Hace un rato, Argentina clasificó al Mundial y me gustó escuchar el festejo de los goles sola entre mis cuatro paredes, mientras guardaba cosas en cajas. Fue como una linda tensión entre lo colectivo y lo individual, entre sentirme parte de algo y estar sola. Me gusta también mi propia puesta en escena de estar sola: el departamento a medio desarmar, una copa de vino sobre una caja con libros, estar descalza, un rodete medio desprolijo en el pelo, esas cosas (Girls, Sex and City, lugares comunes sobre chicas solas en departamentos). Me despido, supongo, de una imagen de mí misma viviendo sola.

Y ahora un esfuerzo por salir de la nostalgia:

Una mudanza es una batalla contra nuestras pertenencias, contra nuestra huella material. Tratamos de dominarlas, de que entren en cajas, de que no aumenten en cantidad entre mudanza y mudanza. Hace un rato odié tener que llenar las cajas de libros (¿los fleteros odiarán a los lectores?) y miré con amor al Kindle que ni siquiera pesa dentro de la cartera. Lo mismo con la ropa: me gustaría llegar al número perfecto de prendas, que resulte en el número perfecto de combinaciones entre ellas y que todo tenga sentido y que nada se acumule porque sí. (Estoy como en un loop medio obsesivo, culpo al estrés de la mudanza, por supuesto).

Vos tenés menos mambo con todo esto, ¿no? Creo que alguna vez me dijiste que medio que te vas desprendiendo de los libros a medida que los vas leyendo, por ejemplo.

Pd: creo que no me salió lo de salir de la nostalgia.

TAM: Yo soy muy desprendida de las cosas, pero hace poco mi vieja habló de vender la casa en la que crecí y un poco me angustié. Dicho esto, los contenidos de la casa me dan igual, y siempre que me mudo tiro la mitad de las cosas que tengo. Soy consciente de que hay un tema de clase ahí: mi vieja alguna vez me dijo que en mi generación éramos muy desprendidos de todo porque reemplazar las cosas es muy fácil, como que cuando ella era chica y el consumo no era una cosa tan febril como es hoy reemplazar un libro que habías perdido yquerías leer de nuevo podía ser muy difícil. Algo de eso hay: cuando pierdo un celular (me pasa mucho más seguido de lo que me gusta confesar) me angustio en serio y no porque los celulares me importen, tengo cero fetiche, pero es algo que no puedo no tener y que sale como mínimo 4 o 5 lucas, que ya es una guita que me complica más que los 300 pesos que puede salir un libro. Entonces trato de predicar menos el “soltar”, o al menos ser menos ingenua con eso. “Soltamos” los que sabemos que tenemos agarradas unas cuantas cosas.

Hechas todas esas aclaraciones, creo que también suelto las cosas porque no tengo mucho criterio estético, ja. Las cosas lindas me importan poco, y por eso los libros me importan poco, solo su contenido. Si lo tengo en kindle o en papel me da igual y no me banco a los fetichistas de los libros que creen que son fetichistas de la lectura. De la ropa, solo me importa si me hace linda a mí. No me interesan las carteras, ponele, porque jamás me hacen más flaca como los jeans (horrible esta confesión). Igual hasta a mí me pasa que las mudanzas me enfrentan con el absurdo de mi propia existencia material. Las cosas que nunca tiré aunque no me sirven para nada, auriculares rotos que no sé por qué tengo todavía, cartas que guardé pensando que me iba a dar cariño releerlas y ahora las releo y no me da nada. Supongo que te hace mirar la relación con los objetos, ¿no? Eso también me hace pensar mucho en las épocas. Ahora está de moda ser despojado y minimalista y algo quizás hasta de culpa que te da “acumular objetos”, ¿no? Como si fuera inmoral, como si te hiciera “codicioso” o “goloso”. Yo en este caso caigo del lado del bien por instinto, pero igual no sé cómo llegamos a moralizar esa pavada. También creo que tiene que ver con cierto ideal de femineidad, ¿no? Hace unos años se había puesto de moda citar ese monólogo sobre la “cool girl” que estaba en Gone Girl, sobre el ideal de femineidad actual de la chica relajada. Ya quedo muy demodé esa imagen de la mina que viajaba con cuatro valijas, las chicas “de alto mantenimiento”. Ahora hay que ser “de bajo mantenimiento”, necesitar pocas cosas. Y por ser contrera nomás tal vez defiendo el derecho a necesitar más cosas y animarse a exigirlas. Yo, por ejemplo, necesito tres almohadas para dormir porque tengo la espalda muy torcida: una va entre las rodillas, otra para abrazar y otra abajo de la cabeza. Cuando era chica me daba vergüenza, dormía en la casa de un tipo y no decía nada y me levantaba con el ciático hecho bolsa. Ahora sabés qué, si te parece que soy una diva y una caprichosa, pues que te parezca, yo necesito eso, yo quiero eso, me hace más feliz. Jajaja, eso propongo, una reivindicación del divismo como derecho a afirmar el deseo.

LUCHI: Creo que también lo de ser desprendidos en nuestra generación pasa también por dilatar más el momento de echar raíces en serio. Estamos hablando bajo el paraguas de los white people problems, está clarísimo (¿hay una expresión más argentina y menos tuitera para reemplazar la que acabo de usar?), pero nos tranquiliza que nuestra vida entre en poquitas cajas (y nos desborda cuando sentimos que no, como me pasaba a mí en el primer mail) porque nos da la sensación de que podemos salir disparados para cualquier lado en cualquier momento, que todavía no está todo decidido. Somos la generación que primero hace grandes viajes y después empieza a pensar en comprarse una casa (todas cosas que más o menos ya venimos hablando en estos mails). Nuestros padres comprobaban juegos de living a la edad en la que nosotros compramos pasajes a Tokio (yo todavía no lo hice, y no me puede importar menos si está de moda o no: qué ganas de hacerlo). Hace no mucho leí esta nota que habla sobre el momento de la vida en que uno deja de comprar muebles de Ikea y empieza a comprar muebles buenos. Es un poco distinto de lo que pasa acá porque A) no tenemos Ikea (o una opción baratísima y estética) y porque B) en Estados Unidos tienen más la posibilidad de mudarse entre distintas ciudades durante los veintes ytreintas. Pero sí hacemos, creo, esa cosa de ir armando la casa de a poco, con compras atomizadas, mucho mirar vidriera en Facebook, mucha tienda nube para productos baratos, combinado con mercado de pulgas y cosas heredadas. Ya no existe el concepto de comprar combinado, un sillón de dos cuerpos que haga juego con otros de uno, etcétera, el horror. Ya no existe “hacer juego”. No sé qué vino primero, si el huevo o la gallina, si el culto por el estilo híbrido o la forma de vida (postergar tener hijos, darle más bola a la carrera, la filosofía de “soltar”). Con lo de la ropa, me parece que es al revés: preferir una buena remera blanca 100 % algodón a cinco de H&M por el mismo precio es mucho más de “high maintenance”, es una de las nuevas formas que adoptó el lujo.

En fin. Cómo la gran CEO de las mudanzas en la que me convertí, esta noche ya puedo escribir esto tranquila, sin alergia por el polvo, con mis cosas, que no son menos ni más que en la mudanza anterior, en cajas. Todo va a estar bien.

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