Anécdotas del bondi VII:
El Exorcista


Pasado el mediodía, un día de sol radiante en Buenos Aires, me dirigía a la facultad. En esa época el medio de transporte por excelencia para acercarme a la casa de estudios era el pachorriento 45. Un colectivo que pasa cada tanto, si tiene ganas. Lo bueno era que en ese horario de primeras horas de la tarde, se viajaba bien.

No recuerdo bien ese día si iba sentado o parado cómodo, lo que sí recuerdo muy bien es que llegamos a Constitución y cuando el colectivo para en la dársena, el colectivero se queda hablando con el chancho con las puertas abiertas esperando algún pasajero que pudiera sumarse al coche, práctica habitual de los bondis que pasan por Constitución.

Durante ese lapso que puede durar máximo 5 minutos, divisé a lo lejos una señorita de muy bella figura y vestida completamente de blanco que cruzaba desde la Estación hacia las dársenas. Llamaba mucho la atención el contraste, como si un elfo o un ángel hubiera bajado a la Tierra, en pleno Constitución. A medida que se acercaba se percibía que era muy pero muy bonita. Además, era alta y delgada, con un cuerpo digno de la pasarela.

Me desconecté durante un momento de esa visión y me empecé a impacientar porque el colectivo no arrancaba. Demoró unos minutos, como de costumbre y justo antes de arrancar, la bella ninfa de blanco abordó el 45. Era realmente preciosa y la ropa que llevaba, además de clara, era muy fina y suelta, lo que le daba todavía más un aire angelical.

Pero lo interesante de esto no es esta joven y hermosa mujer, que en Buenos Aires tenemos de sobra (modestia aparte), sino el acompañante que tuvo durante su corto viaje en el 45. Ella se sentó en uno de los asientos dobles de adelante; los que están más allá de la máquina expendedora de boletos, justo al lado de un hombre de unos 30 y pico, de mal aspecto, carente seguramente de varias piezas dentales, desarreglado y un poco sucio.

El contraste entre esos dos seres era muy llamativo. Pero no tanto como la mirada embobada que el tipo le había clavado a la mina desde que había subido. Parecía estar hipnotizado de tanta belleza. Está bien que ella era preciosa, pero tampoco tanto y aun si fuera así, no daba para mirarla con cara de loco. Aparte, la tenía al lado, y no miraba de reojo, la miraba de frente y a corta distancia. El colectivo seguía el recorrido y el tipo miraba cada centímetro de ella recorriendo con sus ojos, como si no pudiera creer el pedazo de mina que se le había sentado al lado. Ella ni lo miraba, como si no existiera. Él sin dudas estaba poseído.

El 45 siguió su camino y en pocas cuadras ella se bajó pronto. Al pararse, él la admiró en toda su dimensión. La joven se dirigió a la puerta del medio y él la siguió con la mirada, a tal punto que retorció su cuello, como en El Exorcista como si no pudiera dejar de mirarla un solo instante. Cuando el cuello no pudo más, ahí sí tuvo que girarlo en la dirección opuesta unos 270° para retomar la constante mirada. Ella bajó y él la siguió viendo, incluso cuando el colectivo ya había reanudado su marcha. En algún punto la perdió y estoy seguro que le debe haber dolido en el alma.

Todos miramos, en mayor o menor medida. En Perfume de Mujer, Al Pacino decía “el día que dejamos de mirar, es el día que morimos”. La clave es hacerlo con disimulo, sin faltar el respeto y de ser posible, sin romperse el cuello.