Anécdotas del Bondi I:

El señor de las pelotas de cotillón


Como diría Carlos Bianchi “soy un convencido de que” la escuela debe enseñar otras cosas. Y lo primero que me viene a la mente puede ser primeros auxilios, adminsitración del dinero personal y muchas otras cosas esenciales. Sin embargo, dadas las circunstancias actuales, la pérdida del concepto de urbanidad está llegando a ser dramática. Por carencia de educación, ausencia de Estado, o simplemente por que sí, la gente camina por el medio de la calle, tira basura por las ventanillas de los vehículos en que se desplaza y… no sabe viajar en bondi.

Y esto viene a cuento que hace un tiempo me fui tomar el 95 (Once — Avellaneda) para volver a casa luego de una ardua jornada de trabajo. Como en horario de entre las 18:30 hs. y las 19:00 la frecuencia de dicho colectivo fluctúa entre los 5 minutos e infinito, suelo asomarme desde la esquina de Caseros y Jujuy para espiar cuánta gente hay en la parada que está a una cuadra. Aquel día habría mínimo unas 10 personas, lo que indicaba que cuando llegara caminando sería, con suerte, la número 11 en la fila. Eso o bien implica no subir al primer coche que viene, o subir y viajar muy mal. Haciéndole compañía al chofer (en el mejor de los casos) o terminar atrapado por la puerta (en el peor).

Mi sentido arácnido me dijo que me fuera a la parada anterior, que está a una cuadra y media en la otra dirección, para así subir antes que las 10 personas que estaban esperando en la siguiente. En esta parada que casi considero secreta no suele subir mucha gente, incluso hasta ese día, subía siempre solo, más allá de lo cargado que viniera el colectivo.

Al llegar, apurado por si justo venía y no lo veía, dado que se acerca doblando la esquina, pude ver a dos personas que no pararon el 134 que pasó y dobló en Jujuy. No hace falta ser Sherlock Holmes para darse cuenta que si hay dos personas en una parada donde solo paran dos colectivos y pasa uno y no lo paran, esas dos personas no están esperando ese colectivo. Ergo, están esperando el otro. Así que pasé de estar en la posición 11 de la siguiente parada, a la tercera en una parada más adelante.

Enseguida empecé a percibir esas sensaciones que te hacen dar cuenta cuánto hace que la gente que está en la parada está esperando. La mujer que estaba delante mío caminaba hacia el centro de la calle aprovechando que no venía ningún automóvil para poder divisar cual vigía si en la distancia aparecía el guarismo indicado. Al flaco que estaba adelante también se lo veía nervioso. Hacía rato que estaban esperando. Un rato bastante largo.

Cuando eso ocurre, está más que claro que el bondi va a venir hasta las manos y podremos ver, a medida que se acerca. al típico pasajero parado sobre la puerta de ascenso.

Hubo que esperar no mucho desde mi llegada. 5 minutos para mí. Para el resto, la espera quizás duró 20 ó más. Se asomó nomás el 95 a lo lejos en una subida al estilo ruta estadounidense en una película de Hollywood (dado que hay una lomita en esa calle y se lo ve primero subir y luego bajar). La mujer de adelante le hizo un comentario al muchacho que estaba primero en la parada acerca de que se percibía a la distancia al clásico pasajero parado en la puerta.

Y llegó finalmente a la parada, hasta las manos, como no podía ser de otra manera. Increíblemente paró y yo decidí esperar otro porque todavía me quedaba algo de dignidad (mi dignidad varía con la hora). Cuando los dos que estaban esperando fueron a subir se encontraron con un obstáculo que no era el señor que estaba parado en la puerta, sino otro que bajaba. Pero no estaba tratando de bajar él sino algo que traía. La mujer que fue a subir primero, cedido el lugar por el muchacho (un gentleman), lo ayudó. Gran sorpresa fue ver que lo que bajaba eran unas pelotas de cotillón. De esas de plástico o de goma, con dibujos de algún juego o programa de televisión infantil. Eran grandes, número 5 digamos, y estaban todas metidas en una especie de blister transparente que “facilitaba” su transporte. Habría por lo menos 4 pelotas ahí y la mujer antes de subir le ayudó (sin muchas ganas) a bajar al hombre que las llevaba.

Cuando la escena insólita parecía estar terminando, se puso todavía más bizarra, dado que de atrás del colectivo, la gente iba pasando como si estuviera en un recital otro lote de pelotas de cotillón en blister. Este era más grande que el que ya estaba en el asfalto y su descenso fue todavía más complicado. Entre empujones y con algo de dificultad, finalmente el señor de las pelotas de cotillón logró bajar del vehículo con la mercadería y siguió su camino. Las dos personas subieron bastante apretadas al 95 y yo me quedé pensando cómo mierda puede ser que pasen estas cosas.

Esperé menos de 10 minutos más reflexionando sobre cómo la gente no sabe viajar en colectivo y luego vino otro 95, también cargado, pero con un poco más de espacio. Aflojé el tema de mi dignidad y subí porque ya se hacía de noche y uno puede perder algo más que la dignidad por esa zona. Viajé una vez más terriblemente mal, pero llegué a casa para escribir este artículo.