Almas rotas

Inocentes encerrados. Ansias de libertad que se estrellan contra jaulas transparentes. ¡Cuánto futuro en la esquina inferior izquierda de la fotografía! ¡Cuánta vida malgastada en la parte superior!

Me pregunto si el niño que sujeta el juguete contra el cristal encuentra alguna dferencia entre lo que tiene entre las manos y lo que está mirando. Al menos, quién le compró la entrada le enseñó aquel día que no la hay, que ambos son objetos creados para su diversión. Si alguien le hubiera explicado que a uno de los dos animales, de sus dos ‘juguetes’, lo rompieron para siempre…

La ciencia ya da por hecho que los delfines, entre otros animales, tienen capacidad para sentir la pérdida de un familiar y para padecer depresiones causadas por su cautiverio. Incluso para experimentar el sentimiento de libertad que nosotros les arrebatamos por puro divertimento. ¿Qué tiene de entretenido? ¿Qué tiene de divertido encerrar a un animal en una urna de cristal y privarle de una libertad que sería capaz de apreciar? ¿Quién puede justificar un secuestro por diversión y negocio? ¿Hay algo más excesivo que convertir a un ser vivo en un juguete? ¿No es ciertamente inmoral?

La ciencia también ha admitido que hay animales, entre ellos los delfines, que se suicidan. La mayoría de ellos toman esta opción por la depresión y el estrés que les supone el cautiverio. Y eso es lo que les hacemos. La justicia, la libertad y la felicidad no deberían ser patrimonio de una especie cualquiera. Alguien debería explicárselo al niño de la foto. Aún no es tarde. Para el delfín, digo.