Desecación cerebral

Leo en las noticias que en Málaga un hombre dejó a dos perros y varias gallinas encerrados entre los muros de metal de su finca y se fue. No se ausentó para volver en un rato, claro. Si hubiera vuelto en un rato no sería noticia. El señor no regresó a la parcela hasta que no fue a buscarlo la policía local. En la noticia no dicen cuánto tiempo pudo transcurrir desde que dejó allí a esos animales hasta que volvió con la policía, pero tuvo que ser bastante. Los días, semanas o meses suficientes para que los animales, que había dejado vivos, fueran ya cadáveres desecados por el sol y en avanzado estado de descomposición. Encerrados, sin nada que comer ni que beber. Así murieron. Hambrientos y sedientos.

Es recurrente que nos preguntemos los unos a los otros si preferimos morir quemados o ahogados, una vez llegado el caso de que pudieramos elegir. A nadie se le ocurrió jamás introducir en la ecuación la incógnita de la inanición, pues morir de hambre se antoja la peor de las muertes. Es difícil imaginar una tarea más dolorosa, mareante, histérica y, sobre todo, desesperantemente lenta que consumirse uno a si mismo. De sed y de hambre.

Que en España sale muy barato torturar, maltratar y asesinar es ya una verdad incuestionable. Incluso se le puede poner precio: 60 días de multa a razón de 12 euros al día. Poco más de 700 euros en total. Esa es la pena –por llamarla de algún modo– a la que se enfrenta el fulano que abandonó a sus animales entre los muros metálicos de su finca. Todo muy acorde a un país dispuesto a subvencionar el sufrimiento agónico y a exaltarlo en el nombre del arte.

Mientras aquellos animales encerrados aún contaban las bocanadas de aire, el fulano tuvo que acordarse de ellos, pues hubo tiempo de sobra para hacerlo. Probablemente no volvió nunca por ese mantra que lo justifica todo: “Hay cosas más importantes que atender” o por aquel otro que, aunque formulado de manera diferente, viene a decir lo mismo: “Sólo son animales”. Es curioso como la excusa, cuando se disfraza de descripción, define mejor a la persona que la arroja que al sujeto descrito. Es una pena que algunos cerebros no se consuman por déficit de empatía. Que no se desequen en sus miserias.