El gallo y la turista rural

A veces podemos llegar a ser estúpidos. Incluso más veces de la cuenta, tal vez. Nos hemos acostumbrado tanto a adaptar el mundo a nosotros mismos, que ya somos ciegos ante lo que nos rodea. O mejor dicho, vivimos tan metidos en ‘nuestro mundo’ que creemos que este es absoluto y que, en el caso de que no lo fuera, tendremos la capacidad de hacer que el universo funcione a nuestro capricho. Quizás por eso nuestra civilización ya no recurra a los Dioses con la misma frecuencia y veneración con que lo hicieron las pasadas. Zeus vive ahora en mi casa, come de mi plato, viste mi ropa y se afeita como yo. Porque Zeus soy yo. Pues Zeus, ahora, es gilipollas. De remate.

Me hizo pensar en eso algo que ocurrió durante un programa de tarde en la radio. Cuatro tertulianos divagaban sobre el turismo rural y todos parecían coincidir en lo sano que es para mente y cuerpo escaparse de vez en cuando a un lugar idílico y recóndito. Ya saben de lo que hablo: el rojo manto de amapolas perdiéndose en el horizonte, el aire limpio y puro que te cagas inundando tus cavidades pulmonares, la lectura en silencio sin el dichoso sonido del tráfico y esas cosas de pueblo tan divinas de la muerte, maripili. Todo parecÌa fluir en el equilibrio perfecto durante la tertulia, como el arroyo que surca la ladera de la montaña para dar de beber a los sedientos animalillos del valle. Pero, mira por dónde, poco antes de que acabe la rústica tertulia, se recibe en directo la llamada de Diego que, además de oyente fiel del programa en cuestión, es pastor de ovejas en uno de esos destinos rurales tan fabulosos para la gente de ciudad. Y su discurso no tiene desperdicio.

“A ustedes de la ciudad”, dice el pastor, “se les llena la boca de decir lo bonito que es hacer turismo rural y conocer la vida en los pueblos. Pero luego aquí viene la gente y monta unos ‘pifostios’ terribles porque el gallo se pone a cantar a las seis de la mañana”. Me troncho. “El otro día iba yo con mis ovejas por la montaña”, continúa, “y me encontré con cuatro o cinco turistas que se acercaron a las ovejas y empezaron a balarles, como si fueran a entenderles o algo, ya ven. A esto que mi perro, un mastín que uso como pastor, se puso a ladrarles para que se retiraran y va una de las señoras y me dice muy enfadada que cómo se me ocurre llevar al perro suelto y sin bozal, que hay normas de la Junta que prohíben llevar a perros de más de no-sé-cuántos kilos sin correa. Y yo le dije que, oiga, que mi perro sólo estaba trabajando y que a ver de qué me iba a servir a mí llevarlo por la montaña atado con correa”. Y ahora es el pastor el que se monda. Rememorando la estampa, supongo.

Sólo es un ejemplo, ya que nuestra ceguera tiene otros límites. No se trata de comprender rutinas ajenas a la nuestra. Puestos a ser dioses, tampoco reconocemos las infranqueables leyes naturales. Ocurre cada vez que nos preguntamos cómo es posible que un avión desparrame sobre un maizal sus cuatrocientas toneladas de peso, que antes volaban, ligeras, a quince mil pies de altura; o que nos echamos las manos a la cabeza porque un tsunami arrase con cinco hoteles de lujo en primerísima línea de playa tropical; o que despotricamos por no poder calentar el vaso de leche al haberse inutilizado la instalación eléctrica que pasa sobre el cauce seco de un rÌo que renace. Así somos. Así nos va. Y no sé dónde estará Zeus. O si existe. Pero lo único cierto es que, mientras le dejen, el gallo seguirá cantando cada día las seis de la mañana. Puntual y sin pedir permiso. Con dos cojones.