Padilla, antitaurino

No hay manera más estúpida de matarse que hacerlo de pura cabezonería, poco a poco y a pedazos. El número de debates sobre corridas de toros –en la calle y en la tele, no en ese espacio de confrontación constante llamado “redes”– se ha rebajado en los últimos tiempos. Ha ocurrido de forma natural, a la par que se despeñaban por la ladera de la lucidez social los argumentos más manidos que arrojaban los defensores taurinos. Hasta tal punto se han embarrancado sus excusas que ya sólo les queda una: es una tradición; un emblema cultural que no debe perderse. “Is quiltiri”, nos dicen.

Frente a esto, la pregunta lógica de si a una sociedad de nuestro tiempo le debe valer tal excusa para tolerar la tauromaquia, brutalmente violenta con los animales y no exenta de una evidente peligrosidad para las personas que la practican. Si no se debería abolir la tauromaquia por los mismos motivos que penalizamos el maltrato animal o se prohibió el Toro de la Vega. Si no se deberían prohibir las corridas de toros por el mismo motivo que obligamos a llevar casco a los motoristas o cinturón de seguridad a los conductores.

En este último escenario, el matador de toros Padilla. O lo que de él queda: anteayer un ojo, ayer un trozo de aparato digestivo, hoy el cuero cabelludo. A piezas, Padilla parece empecinado en mostrar lo peligrosa, violenta y perturbada que es la tauromaquia a los que aún no se dan por enterados. ¿Qué será lo siguiente, legisladores? ¿A qué esperamos, señorías? ¿Cuántas vidas perdidas de animales y personas van a seguir permitiendo con su pasividad? ¿Cuántas partes del cuerpo ha de perder Padilla antes de que alguien impida que se mate a sí mismo en su afán por seguir matando?

Me entristece y remueve la cruel agonía del toro, no me alegra la muerte de nadie y jamás perdí de vista a quien es culpable de toda gota de vida que se desparrama en el albero. A quien consiente aún, en pleno siglo XXI, que todo ocurra.

Cuando muera el próximo matador de toros –la única tragedia que ustedes son capaces de ver en una plaza–, procuren no volver a llevarse las manos a la cabeza de espanto si no quieren ensuciarse. Las tienen manchadas de sangre.

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