La final, es la final

Por Arturo Molina (@MoliNarrarte)

Papitas, ya; chescos, en el refri; pachitas de bacacho contrabandeadas, en la mesa. Faltan todavía veinticinco minutos para que comience la final de la Euro, pero ya está todo en su lugar para disfrutar con la pandilla. Toto puso su casa, sus papás salieron con unos amigos franchutes a un restaurante de esos con nombres difíciles de pronunciar. Maragol es amo y señor del control, así que le cambia a los canales deportivos, no nos deja ver la previa, ni tampoco el espectáculo antes de los himnos, dice que le da hueva todo eso; “prefiero mil veces ver el juego empezado que esas chingaderas”, nos sentencia.

Toto ha puesto su casa para todos los juegos de Francia porque los amigos extranjeros de sus papás son tan cercanos que no se pierden ninguno; en todos los partidos, los señores llegaban hasta dos horas después del final, porque se quedaban a festejar los triunfos o buenas presentaciones de los galos. Ese tiempo era suficiente para guardar las marcas de borrachera, Toto se metía a su cuarto y no salía hasta la mañana siguiente para ir a la secundaria. Así lo tenemos todo preparado hoy, más aún porque se trata de la mera final; aunque muchos dijeron que el Alemania contra Francia era el juego de la Euro.

Yo siempre he sido fan declarado de Cristiano Ronaldo, pero no dejo de creer en el buen juego, aunque a veces dudoso, que traen los franceses, además de tener a un Griezmann inspirado y en su mejor momento. El mismo Don, el tan sabio futbolero Don, nos dijo que era una pérdida de tiempo ver el juego, que la semifinal era suficiente para él: una verdadera muestra de fútbol, nos decía… estoy seguro que de todos modos ahí está pegado a la tele para verlo: La final, es la final.

Maragol se fastidia de la programación y se detiene en el resumen del tour de Francia; nuestro aburrimiento es buena señal para comenzar a beber unas cubas, el único que disfruta de las bicicletas es Pichi, un nuevo vecino, no sé cómo hace para entender, pero se divierte; no obstante, igual pide un trago. Yo, como siempre, me ofrezco para servir los tragos, así podré servirme menos licor y estar atento; al parecer mis amigos ya saben que me hago tonto al beber, pero no les importa.

En el relajo de la servidera de bebidas se nos pasó el tiempo, Yuyito tomó el control y le cambió de canal: cinco minutos de juego, lo que provocó la rechifla, aunque muy discreta, de la pandilla, digo discreta porque nadie se quiere meter con el Maragol, a quienes iban dirigidas las mentadas. Que comience el juego señores…

A los veinte minutos ya estamos medio pedones: nada ha sucedido más que la lesión de Ronaldo, misma que algunos de los chicos cuestionan, dicen que se hace güey, que solamente finge para no quedar “en ridículo” como las demás estrellas de las selecciones –dicen “las demás estrellas”, pero estoy seguro que se refieren a Messi, él qué culpa tiene–. Por un momento me convencen, aunque el llanto parece auténtico, ya no sé qué creerle a alguien que vive, entre otros ámbitos, de su imagen; me aparto un poco de esos comentarios imaginándome a los locales entonando algún “eh… ¡Faggot!” al momento que el guardameta lusitano despeje.

Pablito me dice que me vaya, ya han pasado setenta minutos de juego y nomás nada.

Yo la verdad, por primera vez, me siento embriagado, esta vez no me serví como suelo hacerlo, esta vez decidí seguirle el paso a los chicos, a ver qué se sentía; está de más decir que nadie me cree que me sienta borracho.

Pablito dice que me vaya porque tengo una especie de mala suerte: siempre me pierdo de las grandes jugadas o de situaciones inesperadas, el día del juego de octavos de final entre Holanda y México me fui unos minutos antes porque tenía un compromiso familiar, yo me fui muy confiado de que ganaríamos; al menos tres semanas estuvieron echándome la culpa por de la derrota de México, según ellos por haberme ido.

Sucedió exactamente lo que creían, me levanté únicamente tres veces en todo el partido: en la tijera de Quaresma, el poste de Gignac y el gol de Portugal. Este último me dio un poco de coraje, pues como apoyaba a los lusitanos, hubiese querido ver el transcurso de la jugada. Ahora estamos esperando el pitido final, un susto más de los franceses en la portería rival y se acabó, contra todo pronóstico, ¡Portugal campeón!, un campeón bastante gris, pero en la filosofía Campiana –por Jorge Campos, claro– es campeón y punto.

Sin mentir, ya me siento demasiado mareado, prefiero irme a casa, irme con la alegría del triunfo y la bella postal de unos franceses que se marchan con la frente en alto, ni hablar, esta vez Saramago venció a Sartre. Pero ni por mucho que el alcohol me haga recordar a esos dos señorones me siento bien, prefiero irme a casa, muchos de los chicos dicen que estoy aplicando la de Cristiano Ronaldo, pero de verdad me siento mal; me hacen quedarme quince minutos más.

Como sigo bebiendo prefiero irme a casa, antes de que papá llegue y me vea así; algunos de los chicos me dicen que ya parezco Ronaldo abandonando al equipo, pero no puedo más, sin despedirme, me escabullo hasta la puerta y logró salir de la casa. Justo cuando llego a la esquina veo dar la vuelta al auto de los papás de Toto –a ninguno de nosotros se nos ocurrió que volverían tan pronto, pero ahora los franceses no tienen nada que festejar–, decido seguir el camino a mi casa, ¿seré cobarde?, ¿lo habrá sido Cristiano al salirse del campo?, eso es algo que solamente nosotros sabremos.