23 de abril. Una gran novela aragonesa (1)
Que en el contexto actual la celebración del día de Aragón sea la conmemoración de un santo que vivió a caballo entre las actuales Israel, Palestina, Líbano, Siria y Turquía no deja de tener su simbolismo. Resulta también significativo que el 23 de abril sea una de las fiestas nacionales más antiguas de Europa y desde luego uno de los grandes momentos en que la ciudadanía aragonesa ha sabido levantarse y ser consciente de sí misma.

Es necesario y complicado, en mitad de la actual situación de incertidumbre política -y claro, de apertura del tablero-, colocar a los y las aragonesas y al territorio donde habitan en el centro del puzzle en que se ha convertido la lucha por una Europa libre de austeridad y de fronteras, llena de soberanía y de pueblo. Hoy es tal vez el día para hacerlo, para pensarnos libres y soberanos en lugar de tristes, emigrados y resignados.
Puestos a la tarea de pensarnos así -libres y soberanos-, podríamos creer que son nuestros símbolos y nuestros referentes el camino más corto para llegar a ese punto, al de imaginar el futuro. Pero no nos equivoquemos: aunque no los usemos como atajos, en las nuevas formas de hacer política no han de tener miedo a los símbolos; sabemos que hay un país entero bajo nuestras carrascas, que el Canto a la Libertad no solo es nuestro himno -el de verdad- sino un esbozo de hoja de ruta para cualquier proyecto emancipador en Aragón.
De nuevo, no nos equivoquemos: sabemos cuáles son nuestros referentes; en Podemos lo proclamamos en el manifiesto que hemos hecho público hoy. Y es que no hay Aragón sin Francisca Castillo. No hay Aragón sin Vicente Cazcarra. Se nos muere el país si no recordamos a Joaquín Ascaso, Amparo Poch, Gaspar Torrente, Labordeta, Aliou, Josefa Amar, Basanta y José Luis Alcazo, María Domínguez, Costa, incluso el propio Juan de Lanuza.

En suma: no nos equivoquemos. Respetar nuestros referentes implica dos maneras de actuar. La primera, saber que ese respeto es no encerrar sus nombres y su memoria entre las paredes de unas siglas. La otra, que su memoria forma parte de un modo mirar hacia al pasado -un modo largo, las personas somos animales, de larga mirada y de larga memoria-, y que hay demasiada esperanza en juego como para desvirtuar recuerdos y legados en lodos que no les corresponden.
[Sigue mañana]