-Sí, amor. El proyecto es para el martes, no el jueves. Acabemos esto hoy, ¿vale? — Dante besó el cuello de Andrea lenta y suavemente. Como era su costumbre, terminó dándole una ligera mordida en el lóbulo. Ella cerró los ojos e inclinó la cabeza para dar mejor espacio y, luego de morderse el labio y sonreír, lo apartó.
- Deja de hacer eso y concéntrate, o no acabaremos. — Él sonrió, le dio otro beso en la mejilla y continuó su trabajo. Dante tenía veinticuatro años y cursaba el primer semestre del diplomado de literatura luego de que se saliera de la ingeniería, pero nadie le calculaba más de veinte a menos que todo un mes no se rasurara y se pusiera los anteojos. Una sonrisa que practicaba cinco minutos diarios frente al espejo, un cuidado preciso a la hora de elegir su ropa, y su corte de cabello a lo guacamaya lo hacía ver más como un joven perdido entre la era grunge y la época de los mafiosos durante la ley seca. Siempre era el primero en sacar fiesta y se la vivía con sus amigos. Ir por unos tragos le daba igual si era viernes o lunes y no era raro verlo echado en el jardín de la escuela sin hacer nada. Andrea era más bien lo contrario. Una chica común de diecinueve años que empezaba la carrera. Era despeinada, dormilona, despistada, sin gran sentido de la moda y usaba unos anteojos blancos que contrastaban cada vez que se ruborizaba con ese atractivo toque de nerviosismo que tanto le gustaba a su novio. Dante conocía muy bien sus gestos al acariciarla y esa mirada profunda que podía sostener cuando se concentraba o platicaban por horas. Esa tarde estudiaban en la biblioteca Vasconcelos para el proyecto que Andrea debía entregar. Dante le comentaba acerca de unos ángulos al caminar, cuando vibró su celular. Lo sacó de su bolsa y desbloqueó la pantalla sin pensar. — Los ángulos entre cadera y… — Se detuvo al ver el mensaje. El corazón le dio un salto y bajó el celular. ¡Pinche vieja! Pensó. Andrea detuvo su lectura. — ¿Algo importante? — Le preguntó.
- Nada, una amiga.
Y qué amiga. Esperó hasta después de dejar a Andrea y llegar a su casa, antes de volver a revisar su whatsapp. El mensaje era breve: Dos fotos de una mujer morena de cadera ancha, cintura delineada y cubriéndose los pechos. Conocía muy bien ese cuerpo, y no era nada que no hubiese visto antes, pero algo lo volvía loco. Jamás había terminado de conquistar a esa mujer. “Miri, cabrona. Alguien pudo haber visto tus fotos.” Escribió.
- ¿Como quién, tu novia? — Vibró su celular.
- Por decir alguien…
- Jajajajajaja confío en tu habilidad, querido. Sabía que no dejarías que nadie más me viera.
- Soy más caballero que tú una dama, preciosa. No deberías enviar
eso ya.
- Perdón, es que estaba aburrida y quise hacerte una broma.- Unas caritas
sonrientes y guiñando el ojo completaban el mensaje.
- …
- Además estoy segura de que ya pasaste un bonito rato pensando en mí.
- Como si una foto fuera suficiente. Sólo recordar tus besos basta para quitarme la erección. — Dante podía notar cómo el bulto en sus pantalones lo contradecía a gritos.
- Dices, pequeño. Tú y yo sabemos que estás loco por mí. — Al leerlo soltó una risa que hizo eco en la sala y apretó el botón de mensaje de voz. — ¿Y ahora que tengo novia temes ya no tenerme?
Miri era una de las mejores amigas de Dante desde hacía casi seis años. Hacía lo que quería cuando quería y no le importaba mucho si debía pasar sobre alguien para lograrlo. Y sabía cómo hacerlo, pues era consciente de su físico y además era de las chicas más inteligentes que conociera. Sí, en realidad no eran muy diferentes uno del otro, por lo que solían bromear con que eran mellizos. Su relación no era la más normal y para muchos de sus amigos era enferma. Por un lado tenían un vínculo muy fuerte, pues cuando ella tuvo problemas con su madre y necesitaba dónde refugiarse, y cuando él se sentía perdido e intentó quitarse la vida, ambos estuvieron uno con el otro; en contra-parte tenían una rivalidad de egos constante. Ella era una chica que podía tener a cualquier hombre a sus pies y él era alguien que sabía cómo mantener el flujo de mujeres por su cama. Y sin embargo, pese a la atracción necia que sentían, ninguno había terminado de seducir al otro. El simple hecho de hacerlo implicaba una victoria psicológica y moral, por lo que ninguno deseaba dejarse dominar. El celular volvió a sonar. Otro mensaje de voz.
- Puedo esperar, eventualmente terminarán y volverás a mí.
- Justo como tú la última vez, preciosa. Voy a dormir, te quiero.
Se recostó y miró entre la oscuridad. La licra le apretaba. — Cabrona… — Cogió su celular y vio las fotos que le había enviado junto con otras anteriores. Recordó la textura de su piel cuando se le eriza y el olor a uva de su pelo. Antes de dormir, alivió la calentura que le había empezado desde la tarde.
-¿Dónde estás?
- En casa, no tengo ganas de salir.
- No seas tonto, vístete y ven al centro. Estoy con unas amigas.
- No quiero salir hoy, Miri.
- Y ya te dije que no seas tonto. Métete a bañar porque de seguro no te has bañado. Y ven para acá. — Miri hizo una pausa antes de hablar más bajo. — No me siento bien…- Dante conocía muy bien ese tono de voz. Se levantó del sillón, entró a la ducha y abrió el agua caliente. — Llego en treinta. No te muevas de ahí.
Treinta minutos después, porque ella era una de las pocas personas con las que acostumbraba llegar puntual, la encontró en un bar sobre Filomeno Mata. Ella bromeaba con sus amigas y él se acercó para saludar. En cuanto lo vio, se paró de prisa y corrió a abrazarlo. - ¡Mi ángel! — le gritó mientras le daba un beso tronado en la mejilla. — Ya rasúrate, no me gusta besarte así.
- ¿Cómo estás, reina mía?
Ella sonrió con la sonrisa número tres, versión dos. Esa evidentemente falsa en la que se demuestra estar triste, pero haciendo parecer que quieres parecer estás bien. Ambos la conocían muy bien. Es la que usaban cuando querían decir “Estoy de la chingada” pero el orgullo evitaba que lo dijeran en voz alta. Él contestó con la sonrisa número siete que le salió natural. La “Todo va a estar bien, estoy contigo.” Miri se giró hacia sus amigas y usó la versión uno de la sonrisa tres. “Estoy feliz y el mundo me vale madre.” — Él es mi ángelito. Ellas son Rosa, Ady y Lety.
- Hola, angelito– Dijeron mientras reían estúpidamente. Él sonrió por cortesía, pues odiaba que le llamaran así. Miri era la única que le llamaba así sin molestarlo. Platicaron un rato y poco antes de las diez las amigas se despidieron y los dejaron solos. Dante giró hacia ella y la contempló. Traía su chaqueta corta de mezclilla, una blusa color vino que hacía juego con su piel morena, un collar con el símbolo de la paz, leggins, una falda y Vans. Su cabello se veía negro debido a la luz en el bar. Recargaba su cara sobre su mano izquierda y picaba constantemente la mesa con sus uñas rosas mientras veía perdidamente el fondo del local. De un solo trago Dante terminó su whisky y se levantó. — Ven, vamos a dar un paseo. — Caminaron por Madero. No hacía mucho frío, así que él se guardó él suéter mientas ella se pintaba los labios. — ¿Vas a besar a alguien? –
-Tonto… — Lo tomó de la mano, temblaba. Él la abrazó.
Llegaron a la alameda donde se sentaron frente a una fuente que sacaba chorros de agua de colores. Él se acomodó para que ella se recostara encima.— ¿Y ahora?
- Es un idiota.
- Seguro que lo es… ¿y ahora?
Miri suspiró. - Al principio fue todo un caballero. Era atento, me tomaba de la mano, me hacía reír y me escuchaba cuando lo necesitaba. Así que comenzamos a andar, pero ayer llegó y me invitó al hotel. — Gruñó. — Me caga. — Dante frunció el ceño.
– Bueno, no es como si yo no lo hubiese hecho nunca con nadie… ¿Cuánto
llevaban?
- Una semana. — Dante sonrió burlón, como de costumbre. No apartaba la vista de las luces.
- Es un idiota.
- No me refiero a que yo no quisiera.
- Ya sé, sólo no fue el modo. Esperabas más de él que una torpe insinuación a tener sexo. No sé, algo más significativo.
- Exacto. Habría ido con él si antes me hubiese llevado de paseo o hubiésemos pasado la tarde juntos. ¿Pero así?
- Da un mensaje confuso, ¿no? Seguro que así se sintió tu vecino cuando le
hiciste lo mismo.
Ella lo pellizcó con saña en la entrepierna y se puso de pie. Él apretó los
labios para reprimir un grito. — ¡No es lo mismo, esta vez fue diferente! Yo sí esperaba que fuera algo más que un wey con el cual acostarme.
- Chingá, ya sé. No tenías que pellizcarme, carajo.
- ¿Me perdonas? — Lo miró a los ojos y sobó donde lo había pellizcado. Le sonreía con su mirada tipo “te excitaré y luego me iré para que no puedas pararte tras de mí sin que la gente note tu bulto”. Él también le sonrió, aún con dolor. - Yo tampoco soy un wey más con el cual acostarte. — Ella soltó una carcajada y lo abrazó, pegándose a su cuerpo con sus piernas y su pecho.
- Por eso envidias a mi vecino, ¿verdad?
- Ya te dije que cuando vayamos a un hotel, nos vamos mitad y mitad. No me quieras tratar como a cualquier otro pendejo, eres mi melliza. — Y la besó en la frente. Ella se volvió a recostar en sus piernas y miró al cielo
oscuro.
-¿Por qué es tan difícil encontrar alguien con quién estar?
- Te lo diré cuando lo descubra…
Se tomaron de la mano y quedaron en silencio mirando la fuente, el cielo, los árboles, la gente... Era cierto. Les era difícil encontrar a alguien con quién estar. Ella cambiaba de novios frecuentemente y él llevaba años sin novia formal. Encontrar a alguien que los hiciera sentir realmente complementados era jodidamente difícil. Miri contó mentalmente de cuántos había estado enamorada y Dante recordó lo diferente que era tener a alguien a quién saludar por la mañana y despedirse por la noche. — La extraño. — susurró al fin.
- Lo sé. — Le contestó su melliza. Apretaron las manos.
- ¿Hice mal?
- No, claro que no. Sólo fuiste un idiota por no buscarla antes. Pero ella lo es más por no darse cuenta de que diste lo mejor de ti.
- Supongo… — Suspiró.
- Ya encontrarás a otra persona y sabrás estar mejor con ella.
- No es mi plan andar con novias distintas a cada rato.
- Cada quién busca a su modo. Seguro que llevas mucho sin acostarte con
alguien.
- Podemos cambiarlo esta noche. — Acarició su costado bajo la blusa y subió la mano hasta el sostén. Ambos sostenían una mirada brillante. Miri sonrió.
- ¡Sueña!
- Todos los días, querida. Soy un escritor, después de todo.- Ella se recostó de lado y se acurrucó.
- Cuéntame una historia. — Él sintió un golpe frío dentro del pecho. Solía contarle historias a Andrea antes de que terminaran, y no hacerlo le causaba una sensación similar al vómito. Pero no al vómito de cuando estaba hasta la madre de alcohol e hincado frente a la taza del baño, sino al que provoca tener mucho que decir y dar y no tener a quién. Pasó los dedos por el cabello de Miri como si acariciara el agua en un lago. — Te quiero, Miri. — Ella le secó una lágrima de la mejilla. — Te quiero Dante. — Ella también lloraba.
Dante alzó la vista hacia el cielo.
-¿Sabes por qué esta noche la luna se esconde tras las nubes…?
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