(Este es el segundo capítulo. Click para ir a la primera parte)
Dante escribía frenético sobre el teclado. El cigarro se había consumido casi por completo y salía ya muy poco humo de él. La mesa tenía cajetillas vacías, latas de Cocacola, cerveza y RedBull, hojas sueltas y tres cuadernos abiertos con hojas escritas a mano y un montón de tachones. El té de canela se enfriaba y a un lado de la taza su celular permanecía quieto. Era de los pocos momentos en los que desconectaba el WiFi y se olvidaba del mundo para dedicarse en soledad a su trabajo nocturno. La canción de Zombie de The Cranberries sonaba de fondo junto con el golpeteo de las teclas. Ya no había visto a su melliza y la barba le había crecido. Estaba bien, hacía una semana había conocido a una chica mientras esperaba bajo la lluvia al autobús y saldría con ella al día siguiente. Sintió una vibración en la mesa y una luz azul se iluminó en su celular. Lo alzó y reconoció el número en la pantalla. Podía borrar un contacto del celular, pero aún no lograba sacarlo de su cabeza.
-Ah… ¡bien! Oye, ¿harás algo mañana?
-Sí, iré a ver los pianos que pusieron en los parques… — Dijo sin pensar, y cuando se dio cuenta, seguía hablando. — ¿Quieres ir conmigo?
-¿Vas a tocar una canción para mí? — Le contestó con su vocecita juguetona y coqueta. Dante pudo ver el rostro de Andrea frente a él y sonrió inconscientemente.
-Sólo yo. Ven conmigo y después vamos a comer. — Su mano temblaba y no dejaba de mover la pierna de arriba a abajo. Andrea tardó en contestar.
Dante suspiró aliviado. Platicaron un poco más antes de quedar de acuerdo en la hora y lugar donde se verían. Se despidieron y Dante contuvo un “Te extraño” antes de colgar. Miró el teléfono unos instantes. Su corazón seguía latiendo vertiginosamente y se sentía mareado. Finalmente buscó el número de la chica del autobús, Madeleine, y escribió un mensaje cancelando su cita del día siguiente. — No puedo creer que esté haciendo esto… — Se conectó al WiFi y se puso a buscar. ¿Dónde mierdas estaban los pianos?
Andrea caminaba con prisa. Sabía que Dante siempre llegaba tarde, así que se había tomado su tiempo desayunando, pero para cuando se dio cuenta, ya era tarde incluso para llegar tarde. Entró corriendo al vagón antes de que cerraran las puertas y se sentó en un lugar vacío. El corderito de su collar bailaba en su cuello entre el escote de su blusa azul cielo que usaba con los primeros botones desabrochados, como le gustaba a Dante. Sin nada de maquillaje y su cabello sin peinar, representaban una belleza discreta y sobria. La había estado invitando a salir las últimas semanas pero no le había dicho que sí hasta que la noche anterior, después de que leyera el libro que le regaló en su cumpleaños, brotaran en ella ganas de verlo y saber que estaba bien. Estaba recordando eso cuando le entró una llamada. Intentó contestar, pero justo estaba en el túnel y quedó sin señal. “Ya casi llego. Perdón” Escribió. Pasadas las doce, quedaron a las once y cuarto, llegó a la estación de Hospital General. Buscaba a lo largo del andén a alguien con un saco brillante o un corte de cabello raro, por lo que tardó en notar que el chico que escribía sentado en el piso era su cita. Sonrió al verlo escribir tan concentrado y se acercó mientras se ajustaba su mochila. Él traía un chaleco de licra negro con capucha y una playera color vino. Un dije plateado de unas alas colgaba en su pecho y en la mano izquierda sostenía su rosario budista que nunca se quitaba.
-¡Perdón! Se me hizo tarde. — Él alzó la mirada y sonrió. Tenía el cuello irritado por haberse rasurado de prisa esa misma mañana. Seguramente también venía tarde. Pensó ella. Apuntó algo que no alcanzó a ver y guardó la libreta en su mariconera. Se levantó y le dio un beso en la mejilla, luego la abrazó.
-No te preocupes, me entretuve. — También lo abrazó, pero no tardó en hacerse hacia atrás.
-Tú sígueme. — Le contestó con su tono de “Yo puedo todo” que ella sabía sólo decía para impresionar. Y lo lograba, meses antes.
Salieron del metro y caminaron hacia el norte. Luego de caminar cerca de diez minutos, ella dijo que estaban perdidos. “Claro que no” Le contestó en un completo cliché. “Si he podido encontrar mi camino a casa en otros países, puedo hacerlo en mi propia ciudad” Ella puso los ojos en blanco y continuó a su lado. “Como quieras…” Luego de revisar el mapa varias veces, llegaron al parque que era su destino. El piano estaba frente a una fuente seca y el banco estaba roto. Dante sonrió alegre al acercarse casi corriendo y a Andrea le recordó un niño pequeño que llegaba a los juegos del parque. Probó las teclas. Estaban un poco duras y el sonido era desafinado, pero funcionaría. Tocó algunas piezas que recordaba de sus clases. Un vals incompleto, sonatinas sencillas, melodías dulces y una pequeña canción que intentaba componer en sus tiempos libres. Cada nota lo liberaba y la explosión de colores con el que estaba decorado el piano lo transportaba a otro lugar. Andrea lo escuchaba en silencio y la melodía dulce la llevó lejos.
Estaba en casa de Dante y habían ido a desayunar aprovechando sus horas libres. Ventaja de que él viviera cerca de la escuela. Como muchas veces, habían platicado de todo y de nada. Que si las clases, que la siguiente película que irían a ver. Él le había preparado un licuado de chocolate y plátano con una textura poco agradable, pero las galletas con Nutella, por suerte, habían venido a salvar la mañana mientras Dante se agobiaba por su terrible desayuno. “No te preocupes”. Había dicho ella antes de levantarse e ir a la cocina. Mientras lavaba los trastes, escuchó una melodía muy dulce y tranquila. Giró la vista y vio que Dante se había sentado en el piano y tocaba concentrado. Se le erizó la piel de los brazos y sintió un pequeño golpe en el pecho que le provocó un escalofrío. Sonrió y se enjuagó el jabón de las manos. Lo miró de espaldas mientras se acercaba en silencio. Sus brazos se movían rítmicamente, dando vida a la música. No lo dejó terminar. Lo abrazó por sorpresa y cuando éste intentó hablar, lo besó en la boca con una pasión que pocas veces demostraba. Él la abrazó y no se separaron.
-Me gusta cómo tocas. — Sus ojos brillaban y sonreía como un ángel. Dante la mantenía pegada a su cuerpo.
Andrea se había tomado el hombro al recordar ese abrazo y humedeció sus labios sin notarlo. Él seguía tocando en el piano callejero de notas desafinadas y público esporádico. Nuevamente tenía concentración en la mirada, pero había algo más. Se veía feliz. Sacó su celular y le tomó fotos sin que él se diera cuenta, pues sabía que en cuanto notara la cámara, cambiaría su mirada. Y a ella le gustaba verlo natural, feliz, sin máscaras ni pretensiones. Dejó de tocar y ella guardó su celular.
-Toca conmigo. — Le dijo, mientras le hacía espacio en el teclado.
Se acercó y él tomó su mano. — Así, mira. — Le decía mientras presionaba sus dedos con suavidad. Ella lo miraba y él ponía atención en sus manos. De nuevo deseaba abrazarlo. — Fácil, ¿ves? — Le sonrió. Ella se soltó y se hizo hacia atrás. — Tú toca, me gusta escucharte. — Dante retrocedió con una mueca.
-Ya no recuerdo más. Vamos al otro. — Se ajustó su mariconera y caminó. Tonta. Se dijo a sí misma.
Antes de llegar a la otra plaza, que no estaba lejos de ahí, se entretuvieron con una exposición de fotos antiguas de la colonia Roma. Dante decía estupideces y, esta vez, Andrea reía. El segundo piano parecía un rostro deforme por la decoración. Ojos y orejas lo hacían ver grotesco, pero igualmente se acercaron. Un músico le estaba dando lecciones a una niña, quien se veía nerviosa por estar bajo las miradas de tanta gente. Se pararon a un lado y esperaron pacientemente su turno. Finalmente se sentó, como banco tenían un bote de pintura, y tocó. Las teclas estaban en una condición terrible, mucho peor que el piano anterior. Varias no sonaban y los martillos estaban atascados. De todos modos tocó torpemente una pieza, pero se hartó del teclado y en cuanto terminó se levantó. — ¿Quieres una nieve?
Caminaron por media hora hacia la glorieta de insurgentes. Ella iba con su nieve de fresa y él con una de limón. Esta vez no se perdieron y llegaron sin problemas. Entraron por la calle de Génova y recorrieron zona rosa a pie. Hicieron un rodeo y ella vio a unas personas entrar en un hotel. — ¿Ese es uno de esos hoteles por hora? — Dante caminó más despacio, divertido.
-¿Quieres ir a preguntar? — Sonreía con su misma sonrisa estúpida cada vez que intentaba provocarla.
-Sólo quería saber. Nunca he ido a uno.
-Eso se arregla fácil. — La jaló de la mano y caminó hacia el hotel.
-Entonces ve sólo, no voy a entrar ahí contigo.
-Porque no y ya. — Él se le quedó mirando y ella le contestó con su propia mirada retadora que había aprendido a usar con él. Y carajo que funcionaba, pero el orgullo de Dante era de los más grandes y no estaba habituado a ceder. La presión sobre su mano disminuyó.
-Bien, voy yo solo. — Y dio media vuelta, dejándola en la esquina.
Dante sólo preguntaría si podía usar el baño y entonces saldría. Nunca había tenido intención de llevarla ese día al hotel. Estúpido. Se reprimió mentalmente por sus respuestas automáticas. Estos juegos son de ligues… y ella no es uno. Andrea aún lo esperaba en la esquina cuando llegó con un ademán a modo de “no está tan bueno”. Ella hizo una mueca. — No preguntaste.
-Sólo. — Dante se pasó la mano por la nuca y rió. Ella también rió y dio media vuelta. Ella iba adelante y Dante le miraba la espalda. Se sintió mal. Era una imagen que odiaba. Ver su espalda no hacía más que recordarle todas las veces que la dejaba ir en la noche cuando la dejaba en su casa. O en la escuela, o en el metro, donde fuera. Era una despedida incierta que no sabía cuánto duraría. Se mesó desesperado el cabello y caminó aprisa para alcanzarla. Le sonrió al llegar a su lado y la tomó de la mano. Entraron por la calle de Hamburgo y acababan de pasar frente al Vips cuando una señora de unos cincuenta años que vivía en la calle, detuvo su tarea de recoger cartón para mirarlos acercarse. Caminó hacia ellos y Dante apartó a Andrea. La señora se plantó a su lado y les sonrió. — Hacen bonita pareja… — Les comenzó a decir. Dante comenzaba a abrir la boca para decir “gracias”, cuando de pronto lo golpeó en el brazo con más fuerza de la necesaria. — ¡No la vayas a dejar ir, Puto!
-Uy señora, si supiera… — Dijo Andrea cuando se alejaron lo suficiente para que no los escuchara.
-Hacemos bonita pareja. — Le dijo mientras se sobaba el brazo.
-Ajá. Eso dice ella. — La besó en el cachete. Ella apartó la mirada y se soltó de la mano. Caminaron más tiempo. Le compró una rosa que ella aceptó con su típico “gracias” que desquiciaba a Dante. Al pasar por el Marriott, que tiene su jardín vertical, Dante la detuvo y la hizo mirar al cielo. — Mira únicamente el cielo y el pasto. ¿Ves cómo estamos caminando en la pared? — Ella miraba el edificio, mientras sentía las manos de Dante en sus brazos. Dejó ir su imaginación y pudo ver lo que se suponía estaba allí. Las macetas pegadas a la pared y el pasto la hacían sentir que sus pies realmente estaban en otro lado. Buscó la mano de Dante y la apretó. Le encantaba que la sacara de la realidad y le enseñara nuevas perspectivas del mundo, como cuando le inventaba historias a la gente que veían en la calle. De hecho un rato antes había inventado historias a la señora de Hamburgo y a la gente del hotel que habían visto, provocándole perder el aliento. A las cinco más o menos fueron a comer al Péndulo, un bar-librería a donde Dante siempre la había querido llevar y nunca había tenido oportunidad. No porque fuera un lugar especial de una manera particular, sino porque, antes de que terminaran, pretendía llevarla ahí. Subieron a la parte del bar, donde hay un pasillo angosto y libreros llenos de poesía y arte antes de llegar a las mesas y el escenario del piano. Cuando terminaron de comer, pidieron algo de beber para bajar la comida. Ella una cerveza de mango que le terminaría por empalagar y que Dante tendría que acabarse al final, y él un simple tarro de cerveza. Platicaron de lo que habían hecho en su semana. Andrea le pasó la letra de una canción cuando le contaba de su última clase de francés. Dante no pudo hacer más que contemplar los garabatos en el papel, pero con su mal hábito, intentó descifrar la letra mientras Andrea aprovechaba para tomarle nuevas fotos en secreto. Habían puesto la rosa en una botellita de agua y la colocaron sobre la mesa, convirtiéndola en el arquetipo de una cita. Pero ninguno lo notó. Ella le tomaba fotos y él acariciaba su cabello y, de vez en cuando, la besaba en la mejilla. Reían por tonterías y Dante se acercaba cada vez más, deseaba que los minutos pasaran más lentamente. Ella lo miraba con un amor que no aparecía desde hacía meses, pasaba su vista de los ojos a su boca, de la boca a los ojos. ¡Acércate más!
Ya era noche cuando pidieron la cuenta. Ella agarró la rosa y él la mantuvo tomada de la mano. Estaba decidido a hacerle caso a la loca de antes. En el pasillo hacia la salida cabía sólo una persona, así que Dante en un movimiento automático, no porque lo tuviera practicado, sino porque fue el instinto de no soltarla, la hizo dar una pirueta de baile. Ella reaccionó natural y terminaron parados frente a frente. Sus corazones latían con fuerza y Dante sentía que le fallarían las piernas si la soltaba. Ella, la despeinada y despistada. Él, el seductor irresponsable. Se les taparon los oídos y lo único que podían ver era uno al otro. Dante con su collar que brillaba con la luz y ella con sus lentes blancos. Dejaron de pensar y se acercaron lentamente, como si tuvieran miedo. Se besaron.
Ya eran casi las once de la noche. Afuera llovía y los pasos rápidos sobre la acera salpicaban los charcos. El camión estaba frente a la parada, pero la joven de cabello violeta y aroma a uva acababa de cruzar la calle y aún estaba a una cuadra cuando encendió el motor. — ¡ESPERA! !SUBEN, SUBEN! — Gritaba desesperada, mientras hacía balance para no resbalar. Justo estaba llegando cuando el chofer le cerró la puerta en la cara y le decía desde el interior que no estaba en servicio. Tenía una mueca burlona en la boca. — ¡Chinga tu madre, puto! — Le gritó Miri mientras lo veía alejarse. Escuchó una risa detrás de ella. Se volteó y sin molestarse en ocultar su enojo, le espetó a quien fuera que también estuviera bajo la lluvia. — ¿Te parece gracioso?
-Perdona, no me burlo de ti. — Un chavo de unos veintidós años se acercó a ella aún riendo divertido. Su traje estaba empapado, parecía que había ido a trabajar a la oficina, aunque sus Converse lo hacían perder profesionalidad. — Lo que pasa es que me hizo lo mismo. Me sentí como un viejo cuarentón con portafolios corriendo tras el camión. — Miri rió y se relajó. Dejó que se acercara.
-Ya sé, me sentí como una señora gorda corriendo con sus hijos al camión de la escuela.
-Bueno… no me pareces una señora gorda. — Le sonrió. ¡Carajo! Algo tenía ese hombre, tal vez su cabello largo y mojado le quedaba perfecto. O su sonrisa tan relajada al haberse resignado a que más mojado no podía estar. Tal vez su estatura de 1.85 con su traje y sus estúpidos tenis. Tal vez era todo, pero Miri, como pocas veces, se quedó sin habla. — ¿Vienes de la escuela?
-Tu mochila. — Señaló la mochila de bob esponja que cargaba en su espalda. Pendeja… Miri odió no traer una bolsa más femenina.
-Sí, lo que pasa es que se rompió mi bolso y tomé prestada una mochila de mi hermanito. — El chico volvió a reír. Carajo, deja de reír y verte tan guapo.
-Te entiendo, yo también tuve que tomar prestada una bolsa de mi hermana, mira. — Le enseñó una cosmetiquera color mostaza. — Necesitaba un estuche para mis colores de la escuela.
-¿Te hacen ir de traje a la escuela? Dios, dime qué escuela es.
-No, no. Lo que pasa es que hoy tuve que exponer.
-Cualquiera que… cualquiera que vaya al metro.
-Yo también voy al metro, podemos esperar juntos. Toma. No te cubrirá por completo, pero de algo ayudará. — Se quitó el saco y se lo puso. Percibió entonces el aroma a colonia y sonrió estúpidamente. “Gracias…” susurró. Cuando el camión pasó, el chico Converse de sonrisa celestial insistió en pagar, anotando aún más puntos con la atolondrada. El camión iba casi vacío, pues ya era tarde. Sólo había una señora y otro señor. Se sentaron en medio, a un lado del señor. Le devolvió su saco. — Gracias por el saco. Y por pagar.
-No fue nada. Después tú puedes pagar.
-¿Después? — Cambió a una actitud más fría. Empezaba a superar la sorpresa y retomaba el control. El chico se ruborizó.
-Bueno… la próxima vez que nos veamos. Si me das tu número y eso…
-Si nos volveremos a ver, nos volveremos a ver. — El chico abrió los ojos, sorprendido. — Yo siempre paso por aquí a esta hora. Búscame.
-¡Claro! No importa que me tenga que esperar diez minutos en la escuela, vendré a buscarte. — El chico sonreía emocionado. Miri vio por la ventana y vio que su bajada era dentro de sólo unas cuadras más. Normalmente habría podido caminar de la parada a su casa, pero de noche le daba miedo pasar por esas calles, por lo que tomaba un camión que la dejaba a una calle de su casa.
-Ya casi bajo, me dio gusto conocerte. Gracias.
-¿Por qué tan pronto? Creí que ibas al metro.
-Dije que cualquiera que fuera al metro. — Ambos sonrieron.
-Entiendo. Si te daba miedo me pudiste decir y te acompañaba. Claro que no sabías si era un ladrón o un violador. — Se rió de nuevo, y Miri se perdió en su risa. Se recargó en él.
-No me habría importado. — El chico calló, y por su cara bien pudo salir corriendo o desvestirla en ese mismo instante. Mientras, el viejo de lentes y portafolio no les quitaba la mirada de encima. Ella lo notó, y su corazón latió como loco, amaba tener testigos de sus conquistas.
-¿De verdad? — Miri sonrió con esa malicia que se le da tan bien y se dirigió a la puerta, donde tocó el timbre. El camión abrió la puerta antes de frenar y el chico se levantó de su asiento.
-Dime cómo te llamas. — Caminó hacia ella.
-Me llamo Miri, mucho gusto. — Y lo besó bajo la mirada del viejo, quien sonreía y cerraba el puño en señal de “¡Eso hijo!”. Bajó del camión y dio unos cuantos pasos sin mirar atrás, era una de sus reglas que nunca rompía para darse a desear y mantener el control sobre los hombres. El cuerpo entero le palpitaba e incluso el beso había tenido buen sabor.
-¡Miri! — Volteó y vio al camión detenido en la contraesquina y al chico que se colgaba de la puerta con esa sonrisa de oreja a oreja que la mató desde el primer momento. El chofer y los pasajeros se asomaban por las ventanas, dispuestos a ver el final de esa novela nocturna. Miles de pensamientos pasaron por la mente de Miri, pero la constante era una: Por favor baja de ese camión y ven por mí. — ¡Me llamo Luis! — Gritó finalmente. — ¡Te voy a buscar! — El camión arrancó y se alejó, dejándola bajo la lluvia a una calle de su casa y con el intenso deseo de correr tras el camión incluso si se viera como una vieja gorda de sesenta años.
Email me when Atados /la amistad definitiva publishes stories
