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Capítulo 4



“… en conclusión, podemos ayudar al medio ambiente si aprendemos a formar una amalgama entre nuestra tecnología y lo que ya tiene la naturaleza. No se trata de crear algo nuevo, sino de optimizar lo que ya tenemos.” Miri exponía frente a su salón su estudio del semestre acerca del impacto tecnológico sobre el medio ambiente. Llevaba un pantalón negro pegado, botas negras, una blusa escotada azul cielo, su collar con el signo de la paz y una chaqueta de cuero. El cabello le caía sobre los hombros y se recargó en la mesa del profesor, quien no le quitaba los ojos de encima a su trasero.

-Me parece muy bien, — decía Dorian desde su silla. Un chico de su clase que siempre había querido salir con ella. No tenía gran chiste salvo tal vez por unos ojos grises penetrantes y pelo chino y claro. — pero lo que dices afectaría el sistema económico actual. Acéptalo, la Comisión Federal de Electricidad no permitiría que cada quién sustente su casa, o las grandes petroleras no dejarían que nuevas alternativas entren. No en los próximos años, al menos. Además desarrollar la tecnología de la que tú hablas requiere mucho dinero y tiempo. Recursos que pocas empresas estarían dispuestas a soltar sin una posibilidad de retribución a mediano plazo… Excepto tal vez en Europa. Pero aquí en México esto no es funcional, simplemente no se puede por la idiosincrasia mexicana que nos somete. Mira cómo nos ha ido las últimas décadas. Y en general, a la gente no le importa, siempre y cuando puedan terminar de vivir ellos y tal vez sus hijos. — Dorian tenía la estúpida idea de que con argumentos fundamentados llamaría su atención. Miri puso los ojos en blanco y dejó el apuntador láser a un lado.

-Por gente como tú es que nadie hace nada. Son idiotas por no cambiar sus paradigmas y darse cuenta de que esto les conviene a todos. A ellos mismos. ¡Es vivir! Es absurdo que el ser humano, autoproclamado el ser más inteligente en el planeta, no pueda darse cuenta de algo tan básico como la supervivencia. La inteligencia es la joda más grande que le ocurrió al instinto. — Se hizo el cabello hacia atrás y caminó hacia la puerta. — … Y te lo dice la persona más inteligente en este salón. Buenas tardes, profesor. — Se fue.


-¡Wey! El profe se quedó como moco cuando saliste y azotaste la puerta, dijo que nunca le habían dicho que era menos que un alumno. Por cierto, dijo que te dijéramos que sacaste diez. — Ligia iba en su mismo salón, pero apenas se habían empezado a hablar después de una fiesta en la que Miri la había ayudado con un tipo que no la dejaba en paz. Siempre gritaba mucho y decía tonterías. Miri en cambio era demasiado callada en el salón y, aunque sabía convivir con las personas, siempre se le había hecho demasiado falsa. Por lo tanto antes de conocerse, ambas se caían mal. Ella tenía ojos negros, piel blanca, cabello no muy largo y un estilo rockero. — ¿Sí me ayudarás a estudiar mañana? Neta no entiendo nada.

-Sabes que sí, nena. No está tan difícil. — Miri recorría con la vista la cuadra, como si intentara encontrar a alguien.

-¿Todavía te busca?

-A veces… Me marcó el sábado bien pedo a las tres de la mañana. — Ligia soltó una carcajada.

-Ya, déjalo. Si nunca pudo confiar estando contigo, mucho menos ahora. ¿Qué tal con el chico del camión? O con tu amigo ese que escribe. Siempre que viene te pones muy feliz. —Miri apenas se detuvo a pensar. Ni siquiera se dio cuenta de que Dante sólo había ido una vez desde que se empezaran a llevar.

-No he encontrado a Luis. Y es imposible que ande con Dante. Nuestra relación es… diferente. — Sonrió al recordar sus abrazos y sus regaños. Siempre la apoyaba. También recordó las veces en su casa, todo bien hasta que se besaban. Ojalá él besara mejor — Ser novios arruinaría todo lo que somos. Estoy segura que piensa igual que yo. — Ligia se alzó de hombros. “Como quieras” Había dicho. Un claxon sonó detrás de ellas y un Ibiza rojo se detuvo a un lado. — ¿Ahora qué quiere? — Era Dorian.

-No sigues molesta por hace rato, ¿verdad? ¿Quieres que te lleve?

-Vengo con Ligia, no puedo dejarla sola.

-Que venga también ella.

-Lo siento, no creo quedarte de cami-

-Está bien, llévanos. — Miri tomó de la mano a Ligia y se metieron en los asientos de atrás.

-¿No quiere pasarse alguna adelante? — Se volteó hacia ellas. Miri cruzó las piernas y pasó el brazo detrás de Ligia.

-Es que no quiero que se vaya aquí atrás sola. ¿Sabes lo aburrido que es ir uno atrás como zombi mientras los de adelante platican?

-Entonces ahora que la dejemos te pasas al frente. ¿Por dónde Li? — Miri y Ligia se miraron. ¿Li? ¿Neta? — Vamos a tomar el eje, yo te digo dónde salirte. Es medio complicado. — Ligia no dejaba de ver a Miri con cara de “¿Qué chingados?”

-Mira la foto de Cash, ¿no es súper tierno con esa palestina? Desde entonces Dante ya no me presta ninguna de sus bufandas cuando viene a mi casa. — Le tendió el celular y vio un mensaje en la pantalla. “Si tanto quiere llevarme, que le cueste la gasolina. Además es más rápido y cómodo, preciosa. ;)” Ligia ni siquiera intentó disimular su risa. — Se ve tan hermoso. Seguro amas a tu mascota. — Le devolvió el teléfono.

-Le da alegría y diversión a mi vida.

Dorian intentó entrar en la conversación, pero fue ignorado por completo. Dejaron a Ligia en su casa y Miri se pasó al asiento de enfrente. Se quitó su saco y lo echó atrás, quedándose con el escote que sabía volvía loco a más de uno. Dorian no sería la excepción, pues continuamente volteaba a verla con cualquier excusa. Excusas que Miri ya sabía de memoria.

-Perdón por lo de hace rato. No esperaba que te molestara tanto.

-¿Esta es tu manera de pedirme perdón?

-¿Eh? No… Tómalo como una tregua o algo así. — Miri usó la sonrisa número cinco: “Te la creíste”.

-No me enojé, sólo quería salir del salón para fumar y tú me diste el pretexto perfecto. Además tienes razón. La sociedad no facilita que hagamos las cosas un poco más natural.

-Bueno, sí. Pero tu idea también era buena. Por cierto, el profe dijo que tienes diez.

-Lo sé. — Miró por la ventana y se acomodó para que le viera el escote “en secreto y sin que ella se enterara” Uno… dos… tres… cuatro… cinco… seis… Ya te tardaste. Siete… ocho…

-Miri.

-¿Qué?

-¿Te gustaría salir conmigo un día?

-¿De verdad?

-Sí… Te me haces una chava muy guapa e interesante y pues quisiera salir contigo un día… Si quieres.

-No creí que yo te gustara. Siempre me dices cosas… — Jugaba con las manos. Dorian sudaba y le costaba trabajo pensar en las palabras correctas. — No sé, no estoy muy segura… — Se echó aire con la manos y miró hacia arriba a la vez que parpadeaba y temblaba. Miri tenía una habilidad extraordinaria para actuar. Tal vez Dante era el genio para descifrar el código corporal de la gente frente a él, pero ella podía emular cualquier emoción o sentimiento.

-Creí que yo te caía mal. Pues… podemos ir a donde quieras. A cenar, al cine, hay un hotel que conozco donde la comida es muy rica.

-¿Hotel? — Lo miró desconfiada, pero procuró mostrarse sumisa.

-O sea, tienen restaurante abajo y buffet… Aunque hay una vista preciosa del atardecer desde sus balcones.

-Amo los atardeceres. — Miraba hacia el frente, hacia las nubes. — A veces subo a mi azotea a verlos mientras tomo un poco de whisky.

-¿Te gustaría ir a ver el atardecer conmigo? No tenemos que hacer nada si tú no quieres. Sólo verlo. — Miri se quedó pensativa. Lo volteó a ver con la sonrisa número cuatro: “Estoy nerviosa, pero sí quiero” — ¿Vamos? — Ella asintió.

Pidieron una habitación en un hotel bastante normal. No sería la primera ni última vez que fuera a uno, así que entró bastante tranquila. Llegaron a la habitación y él se quitó los zapatos. Había una cama matrimonial, un sillón tantra, una mesa y un espejo en la pared frente a la cama y recordó algo que le había dicho alguna vez Dante acerca de puertas dimensionales. Se le erizó la piel un instante y fue directo a la ventana, donde abrió la puerta del balcón. Ahí había una mesa con dos sillas y un cenicero. Encendió un cigarro y se asomó por el balcón. Los autos pasaban debajo y alzó la visa al cielo. Le llegó un mensaje: “¡Acabo de conocer a una chica hermosa! No mames iba para la…” Lo leyó tranquila, pues podía escuchar a Dorian pedir servicio a la habitación. — Me alegro, angelito mío. Yo estoy un poco ocupada ahorita. Te mando mensaje en la noche. Te quiero. — Mandó la nota de voz y se quedó jugando con su celular entre las manos. Sonrió divertida. Se quitó la chaqueta y grabó la vista desde el balcón y la entrada al cuarto. Enseguida se grabó a sí misma. — Ya te están ganando, mellicito hermoso. ¡Muack! — Guardó su celular y regresó al interior. Dorian ya se había quitado la chamarra y descansaba en la cama.

-Ya pedí la comida.

-Gracias, Dorian. ¿Podemos comer en el balcón?

-¡Claro! Y después bajamos la comida recostados en la cama.

Comieron en silencio. Dorian se acercó hacia ella y le ofreció un bocado de pollo. Ella frunció el ceño y lo miró como bicho raro. — No voy a comer de tu comida.

-Pruébalo, está muy rico.

-No voy a comer eso. ¿Qué te pasa?— Su celular vibró. — Espera. — “Que te paguen todo y te traten como reina.” Ella sonrió y le mandó una carita guiñando el ojo.

-¿Quién era?

-Mi mellizo. Quería saber dónde estaba.

-¿Tienes un mellizo? — Le preguntó con gesto estúpido. Ella guardó su celular en la chaqueta que estaba colgada en la silla.

-Sí. Y le digo todo, siempre me cuida.

-¿Todo…?

-Sí. Dice que me regrese con cuidado. — Estaba divertida por la cara de asustado. — Y que si quiero, puede venir por mí. Anda aquí por plaza.

-Ah… — Siguió comiendo su pollo encacahuatado. — ¿Cómo es tener un mellizo?

-Hermoso. — terminó su refresco y hablaba quitándole cualquier importancia a sus palabras. — Recuerdo que antes de que mis padres se separaran, siempre estábamos juntos, y fue hasta hace unos años que nos encontramos. Desde entonces no nos separamos. — Dejó los cubiertos en la mesa. — Gracias por la comida. Iré adentro. — Encendió el televisor y se recostó en la cama. Dorian entró y se recostó a su lado. Puso su brazo bajo su cabeza para que se acomodara — Tenías razón, es un buen lugar. Me gustó.

-Te lo dije, además… — Se giró sobre ella y le dio un beso de piquito. — La cama es divertida. — Miri alzó su pie y le rozó la entrepierna. Sonrió con la sonrisa diez “Soy traviesa”, y lo besó. Él metió las manos bajo su blusa como un loco, posando sus manos sobre sus senos y besándola en la boca. Ella lo sentía sobre su vientre totalmente excitado. Se frotaba frenético y comenzaba a quitarle la blusa. Ella bajó su mano y la pasó sobre su bulto. Él se detuvo y cerró los ojos mientras la besaba. Miri lo sobaba, bajó sin problemas el cierre del pantalón y metió la mano. Lo tumbó sobre la cama y se agachó desde el pecho hasta el cinturón. Dorian respiraba agitado y miraba al techo, mientras disfrutaba del distintivo aroma a uva que salía del cabello violeta de esa mujer. Miri se detuvo.

-Mejor no.

-¡¿Qué?! — La sorpresa de su rostro lo hacía parecer un dibujo mal hecho.

-No quiero que pienses que soy una fácil.

-No, para nada. Eres una chica súper inteligente y guapa, no creo que seas fácil. — Miri sonrió con la “Estoy bien y el mundo me vale madres”

-Por eso me gustas. — Lo besó en la mejilla. — ¿Me puedes llevar a mi casa? Ya está oscureciendo y no quiero que se preocupen.

-¡Pero…!

Miri nunca cedió. Dorian casi no habló en el camino de regreso y Miri disfrutó del silencio. Había visto la nota del hotel, setecientos cincuenta pesos. Él no la dejó pagar y ella rió por dentro. Cuando llegaron a su casa, ella bajó y le dio un beso en la boca. — Eres muy lindo por entender, gracias.

-¿Te veo mañana en la escuela?

-Obvio, ¡bye!

Dorian apretaba los puños y le decía toda cantidad de insultos mentalmente. Miri entró a casa y cerró la puerta, sonrió satisfecha. No haremos nada si no quieres… Pendejo. Sacó su celular y le marcó a Dante.

-¡Adivina qué acaba de pasar!… Un pendejo de mi escuela, hubieras visto su cara… — Miri y Dante durmieron hasta tarde con carcajadas, sueños y fotos.


Aleksei Mora

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