Sabina
“El siempre tenía una razón para la juerga y las madrugandinas, siempre. Llegaba de mañana con resaca latente y aroma de otros perfumes sobre la piel y el ego”.

Por Paz Llantén Vásquez.
Ella quería un amor como los de Sabina, rancios en magnitudes escandalosas y con olor de cantina, lo eligió con pinzas de extraños parámetros y consiguió uno de esos hombres complicados de querer y fáciles de odiar que se le caló en los huesos y el alma y los sueños. Ella lo veía con ojos de ciervo lánguido y sufriente y toda su altivez y donaire fueron con el tiempo deshaciéndose en excusas torpes para con el amor propio.
El siempre tenía una razón para la juerga y las madrugandinas, siempre. Llegaba de mañana con resaca latente y aroma de otros perfumes sobre la piel y el ego.
Ella siempre callaba y miraba de soslayo con un tinte de resentimiento, ahora y en públicos sus ojos evitaban las vistas ajenas y siempre agachaba la cabeza. Parecía una eterna doliente y él cada día más fresco y lozano. De mala manera le tocó descubrir que las noches sin fin tienen costos y al querer mantenerse despierto vino a caer en prácticas delirantes de eterna alerta. Fue consumiéndose su vida mientras inhalaba la euforia y decidió aparecer muerto a golpes en una posta de urgencias y de mala muerte. El día de su nacimiento se conmemora también el de su muerte.
Sobre la autora de este cuento, ella misma dice: “La vida me encontró hace 36 años en un invierno frío y vine a dar mi primer grito en una familia de cinco para ser la menor de cuatro hermanos.
Ya cuando había decidido ser una solterona con papeles en regla, acompañada por prevención de seis gatos y un perro faldero delicado, porque mi hija, alta, ronca y dibujante, amenaza partir de casa apenas la encuentren los 18 veranos… me encontraron las andanzas con las ausencias de mi madre, por la muerte impuestas y un amor de novelas que, aunque muchas he leído y algunas escrito, no podía imaginar que existía y me convirtió los días en soleados.
Ahora me dedico a soñar, que es muy beneficioso, a acompañar a mi hija en el pedregoso camino de la adolescencia, escribir, cocinar y hornear, que me gusta mucho, confeccionar vestidos y caminar de la mano de ese novio de ensueños.
Durante mis antiguos días de enojo, decidí hacer un trabajo en profundidad para deshacerme de malos hábitos como la falta de voluntades para con favores pedidos y hacer de la empatía y cortesía una vida futura resolviendo dedicar los próximos cinco años a estudiar trabajo social y seguir por la caletera el camino de las letras”.
