Sin canción

Nuestra existencia es Huella. Vuelo… Música y lágrima.

Linette padece de mal-sueños…

Me ahogo. Mi cuello sobre la vía del tren. Da igual llorar o gritar. La luz estridente se acerca…

*

Un gato maúlla… gime. Dos veces; cuatro. La niña abre sus párpados y percibe su cuello aprisionado por el borde de su cama. La conciencia del ahogo la levanta sobre sus codos. Su habitación está cobijada por la oscuridad, salvo las estrellas de plástico fluorescente que forman, en una de las paredes, una J…

Los ojos de Linette, grisáceos, enfocan una figura peluda, nada grande, al pie de su cama: su gato, negro cual petróleo, aunque con una graciosa manchota blanca que corona su ojo verde izquierdo.

–Fimi… creí que había muerto –recita Linette en confidencia, asustada.

Y ese asqueroso sabor de las pesadillas transmuta en dos finas líneas, frías y saladas, sobre sus blanquecinas mejillas.

Un automóvil… dos, tres, cuatro –zum, zum–, alborotan el silencio orquestado por los grillos. Pero Linette no quiere amanecer. Apenas es martes, segundo día de oscuridad matutina en la que debe caminar largas calles despellejadas de pasto para asistir al primer grado de Secundaria, que es… “horrible, no quiero volver. Soy bicho raro entre los niños vagos y las niñas presumidas. Estaría sola otra vez”.

Linette intenta arrullar sus pestañas, protegidas por su lacio-negro cabello en melena. Qué más da si son las 6.10 de la mañana y debe salir a la media para alcanzar a llegar… la aplastan las voces del día anterior:

–¿Abigail Jiménez?

–Presente.

–¿Andrés León?

–Presente.

–¿Linette Morán?

–…

–¿Linette Morán?

Una tímida mano blanca y delgada se levantaba al fondo del aula, señal de vida casi invisible para la profesora, quien, alzando aburrida las cejas, sentenció:

–Linette, tu mano no tiene boca –toda la clase rió, y la adolescente Morán fue perforada por

miradas burlonas–. Próxima vez di “Presente”; alto y firme, ¿entendido?

–Sí, profesora –dice Linette en su cama, resentida tipo “cejas comprimidas entre sí y trompa parada”. Ya lo decía su querida maestra de la Primaria: “En la Secundaria todo será diferente, niños. Tendrán muchas materias y muchos maestros…”, lo cual le hizo temer el nuevo grado, estar como zombie-sola en los recesos, y perfumarse de discreta tristeza como cada nuevo día sin ella.

–¿Linette? (toc, toc) No te he oído salir. Ya es tarde, apúrate –dijo, al lado de la puerta, su padre, con voz ronca y seria. “Mi mamá no me apuraba. Abría la puerta, me daba un beso y me hacía un lonche… Mamá…”.

*

Linette padece de mal-sueños desde que su madre había sido hospitalizada: un hermano malvado nacía, era deforme, monstruoso, y secuestraba a su madre… Su papá se balanceaba en una silla mecedora de la sala, volteaba hacia Linette, y ésta se petrificaba frente a una calavera de ojos rojos que fungía como su progenitor… Una bandada de pájaros se comía vivo a su gatito Fimi… pero nunca una pesadilla tan escabrosa como la del tren.

A diario, ella escucha al real tren pasar por las vías que están tan cerca de su casa. De su cuarto. De su ventana. Toda su vida ahí viviendo era para superar los trenes. Pero algo está censurado en esa nítida visión onírica: antes de llegar a la zona ferroviaria, recuerda haber hablado con alguien. ¿Y luego muere…? ¿Por qué?

–¡Niña, las lagartijas no se hacen acostada! –le gritó, molesto, el profesor de Educación Física. Y ella, como en tantos otros momentos, corre con su madre para darle un portazo al mundo… sin flor ni canto.

*

–Fimi, ya llegué –y el gato negro-blanco salió a su encuentro del seco jardín de su casa, maullando al reconocerla, luego de haber matado, por diversión felina, a un saltamontes–. Ven, vamos a descansar un rato. Lagartijas fueron “torturitas”.

El padre de Linette es en el día siempre ausente, y en la tarde-noche siempre indiferente. Ella, así, aprovecha su non presencia para ir a la habitación matrimonial: fotos, cobijas, ropa, aretes… todo lo de ella sigue ahí, como si viviera. Desde que partió al otro universo, el Linette-mundo se llama silencio. ¿Amigos? No, no los necesito. Tengo a Fimi. ¿Familia? Te digo que Fimi… “Y mi mamá, en el Cielo, que me espera… espera”.

*

Brazos al frente. Venda en los ojos. Fimi dormido… un paso tras otro, suenan segundos; camina derecho, suenan segundos; abre el armario, suenan segundos; toma la bufanda, suenan segundos; abren la puerta, menos segundos… Linette dormida, Linette dormida.

–¡Te estoy preguntando! ¿Qué haces con la bufanda de tu madre?

La pequeña Morán ve al vacío mirando a su padre, y él, que no lo sabía, cual bofetada, troca su enojo por preocupación. Pero es demasiado tarde. Su volumen de grito despertó las entrañas sonámbulas de Linette, quien ya mueve sus pupilas y empieza a respirar estremecida, confundida por estar tan cerca de él.

–Hija, ¿me oyes? … ¿por qué no me has dicho que caminas dormida?

Linette se retuerce, sobrecogida, entre esos brazos masculinos que nunca la habían tocado desde el funeral materno –par de meses atrás–; se libera de ese aprisionamiento con incómodo olor paterno, y sale corriendo hacia su cuarto con la bufanda en las manos.

Fimi ya la esperaba en su cama. Cerró de golpe la puerta, ignorando la pronunciación de su nombre en voz alta, más un “¡Vuelve, lo siento!”.

*

Llora, pequeña, llora, que tus ojos son más hermosos llorosos… Extraña todo: tus muñecas peinadas por el canto de Janice, tu oscura cabellera floreada de listones blancos, adivinar poesía de formas en las nubes… todo con Janice: tu igual en grande.

Llora, mi niña Lin; un paso más te falta…

Dos pasos no llevan lejos. Ocho, un poco. ¿Y más de veinte?

Linette pasea a Fimi en sus brazos. Pero hace frío. “Mi mamá me espera. Tenemos que ir…”. De pronto, paso sin piso. Vértigo de caída. Abrir los ojos. La banqueta de la esquina solía hacerla caer en bicicleta cuando más niña era. Entonces Janice corría por ella.

El agrio ardor de los raspones y la perspectiva de su fragilidad golpeada en la bajeza de la tierra, contrae lo poco que Linette se quiere a ella misma. Ya odiaba los cambios de su cuerpo, que parecía deformarse, el repugnante vello que cree no necesitar… “Mamá”.

Entonces el olor: la bufanda, que sigue en una de sus manos, no era lo que Linette dormida creía Fimi, y respirarla le recuerda… le revela: en aquella pesadilla, es ella a quien escuchaba, quien la guiaba por el camino; quien la espera, tal como ocurre, ahí.

“No era un sueño”, se asegura Linette en su mente –con los ojos tan abiertos por la revelación, que se helaron de la madrugada–, incorporándose y aferrando a su corazón la bufanda. “Fue un mensaje de mi mamá para… estar con ella”.

Sin recordar de nuevo a Fimi, y mucho menos a su padre, Linette corre… corre sobrepasando un poco, sólo un poco, el límite de su desbordada velocidad, contra navajas que degollan su respiración… el claxon del tren la amenaza con pasar tan rápido que… pero ocurre: ella está ahí, bajo su metal, con el corazón en la garganta; un precio “regalado” para, por fin, unir su L con su amada J.

*

Viento vocea silencio… y la noche se difuma con una alborada de algodón quemado, mismo que sofoca la diaria melodía del sol para no dejarle salir en canto.

Jennifer Sicarú Briseño Salcedo (1988) es Licenciada en Letras Hispánicas por la Universidad de Guadalajara y cuentista de la Perla Tapatía. Además es autodidacta y amante de la Teología y Filosofía; profesionista en redacción creativa, marketing digital, corrección textual, con especialización en Diseño Editorial. Fue parte del equipo de Redacción del periódico Semanario de la Arquidiócesis de Guadalajara y editora de revistas de la Universidad del Valle de Atemajac. Hoy día labora en el área editorial de Montenegro Editores, y se dedica, desde años atrás, a la creación literaria enfocada en las pesadillas y sus peripecias.