Cuando el monstruo vino a verme

He tomado la decisión de no ver la última de Bayona hasta que esté preparada. Leí Un monstruo viene a verme de Patrick Ness hace un par de años, y a principios de éste diagnosticaron a mi madre con un cáncer en Estadio III. Mientras lo leía, recuerdo haber pensado: “Menos mal que no nos ha tocado”. Y mira lo patas arriba que se puede poner todo. En 2014, el libro me dejó hecha polvo en un sofá, llorando durante una hora por algo que no había vivido pero me parecía lo peor que podía pasarle a alguien: perder a una madre o a cualquier ser querido.

A mí me visitó el monstruo en febrero de 2016, aunque llevaba tiempo agazapado. Nos visitó a mí, a mi padre y a mi hermano, pero cada uno cargó con un monstruo diferente. El mío no era una torre de ramas sucias y huecas, como el de Conor, sino una mala copia de mí que iba siempre a mi lado y me susurraba al oído. Mi monstruo tenía mi cara y mi cuerpo, pero era todo púrpura y medía tres metros. Me daba sombra y me apagaba el interruptor desde atrás. Lidiar con algo para lo que no estás preparado es un proceso agotador que nunca reduce marcha. Hay culpabilidad, remordimiento, necesidad, impotencia y un millón de emociones que florecen de diferentes formas y se agolpan intentando organizarse.

Volviendo a enfrentarme a las sensaciones de Conor, siento como mías la oscuridad y el viento, el miedo a las medianoches, las llamadas de una criatura desconocida que te grita desde fuera. Vuelvo a ser una niña indefensa y vulnerable que necesita a su madre cerca. Y el mundo de fantasía en el que nuestro prota acaba sumergiéndose no es un lugar pacífico en el que conservar la calma ni un refugio onírico para no enfrentarse a la realidad. No. Así es como se siente enfrentarse a esa realidad. Se siente gris, se siente triste, se siente descontrolada, inconsolable y al borde de un precipicio. Y por defecto se “elige” el camino más fácil, el del aislamiento y la introspección, porque lo vivido entre la casa y el hospital es tan duro que no quedan fuerzas para decir nada más, ni para ser la que solías ser. Ser, sabiendo que un ser querido se pudre y se apaga, se convierte en estar, pero solo físicamente, como una muñeca que escucha pero no habla.

Leía en El Confidencial la crítica de la peli, que mencionaba los trucos lacrimógenos de Bayona y la echaba por tierra por sus mecanismos melodramáticos y evidentes. Además, hablaba de que eso de llorar es mejor en la intimidad y de que es estéticamente feo. Tengo que discrepar: llorar es una forma muy eficaz y terapéutica de descargar tensiones y, señor crítico, siento si el llanto es estéticamente feo, pero me importa una mierda. Todo este año, llorar y expresarme me ha salvado la vida. Ojalá llorara más, y ojalá lloráramos más, en el cine y en cualquier sitio.

Vengo a romper una lanza a favor de los creadores que se enfrentan a una historia como esta: hay mucho por lo que llorar (y sonreír) en la vida de Conor y en la nuestra, pero sobre todo hay emociones, descontroladas y agresivas. Ni siquiera sé cómo lo habrá narrado Bayona, y no estoy lista para descubrirlo, pero estoy segura de que habrá capturado bien esa etapa tan negra de algunas vidas, aunque a algunos les parezca una exageración teatral. Lo siento: el cáncer y todo lo que arrastra consigo es así y puede ser mucho peor.

Yo tengo la suerte de tener a mi madre aún conmigo, y eso es todo lo que importa, pero la historia que ideó Siobhan Dowd en Un monstruo viene a verme es una pincelada empática y optimista para una enfermedad de la que se sabe mucho y a la vez tan poco. Ese monstruo que no deja de retorcer las conexiones cerebrales no es mejor por ser común, es peor por ser una negrura aceptada e inevitable en las familias. Conor, vas a estar bien. Vamos a estar bien.