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Las vacaciones utópicas o por qué desinstalar Instagram en verano

El verano es una cosa muy rara. Se bajan las revoluciones y se recargan las pilas que descargó el capitalismo los diez meses anteriores. Es una especie de oasis irreal en medio de la rutina, pero es un espejismo al que nos aferramos con uñas y dientes, porque si no tenemos eso no nos queda nada más.

Hace poco volví a leer aquella reflexión en Twitter -nuestro Google y nuestro filósofo de confianza-, que hablaba de cómo el trabajo nos ha relegado a existir con plenitud únicamente un día a la semana (los viernes solo cuentan a medias y los domingos son el día oficial de la ansiedad anticipatoria) y a vivir fantaseando con las tres semanas de vacaciones anuales que se nos conceden por producir. Están siempre ahí, como si fuéramos hámsters corriendo en la rueda con los ojos fijos en un pedazo de pastel.

Trabajamos 273 días y descansamos 92. Pero el marco opresivo no acaba ahí, porque en esos 92 días también hay una lista de cosas que debemos cumplir si queremos encajar en la normatividad del descanso. Esto es: si tienes tiempo libre, necesitas moverte, ejecutar, absorber cultura. Y cuando digo “necesitas” me refiero a que es prácticamente imposible evitar los estímulos que nos hacen sentir culpables por no pasar ese tiempo de descanso en un sitio carísimo, con un grupo de amigos de veinte personas (generalmente guapísimas y con un único tipo de cuerpo) y leyendo un libro cada cuatro días. El componente de clase está claro aquí: ¿tenéis todas barco?

Lo de que cada uno debería poder descansar como le diera la gana está muy manido, pero quiero añadir al debate el elemento que más me desestabiliza en estos meses intermitentemente desde 2012: Instagram. La obligatoriedad de estar permanentemente conectada, de enterarme de lo que hacen todos mis allegados, me ha absorbido. Y el gesto de entrar automáticamente en stories cuando llevo media hora despegada del teléfono ya es un acto reflejo un poco sombrío.

En invierno abrazamos más la vida interior y el runrún quema menos, pero en verano tengo la sensación casi permanente de que los planes de cualquiera son mejores que los míos, de que debería estar recorriendo ciudades y cerrando festivales, de que debería estar siempre metida en una piscina escribiendo captions como “aquí, sufriendo”. Entrar en Instagram estos meses refuerza cómo solo unas determinadas vivencias están aceptadas, y cómo aquellas que se alejan de lo decorativo y del elemento exterior y social quedan enterradas. Porque no poder levantarse de la cama por un episodio depresivo no es muy de un Hot Girl Summer.

Y la que escribe es la primera rueda del engranaje. No paro de pensar en desinstalar Instagram hasta que volvamos a darle play al folklore de Taylor Swift (00:00h del 1 de septiembre), pero mañana podrás encontrarme compartiendo vídeos de mi gato comiendo sandía, porque el refuerzo positivo y el sistema de recompensas es más poderoso que cualquiera de estos párrafos. Pues eso, un espejismo 🏖

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Comunicación audiovisual, cultura y gatos. Never not hungry. Antes en BuzzFeed España y BuzzFeed LOLA.