Los tulipanes

La memoria me falla. No es ningún secreto, pero la recuerdo bien… creo. Siempre ha sido la más alta. Sus grandes ojos cafés siempre están llenos de luz; algo en ellos inspira tranquilidad. Creo que sólo la he visto enojada una vez y fue por mi culpa. Su cabello castaño claro parece estático; siempre largo, casi al borde de la cintura, ondulado, enredado y con las puntas de paja. Parece que no lo ha cortado desde que la conocí hace más de veinte años, cuando éramos niñas. Le gustan las cosas antiguas y quizás sea este amor por los tiempos pasados lo que la ha mantenido tanto tiempo a mi lado. Sus caderas son la envidia de las mujeres que sueñan con ser madres y el sueño de los hombres europeos que buscan estar con una latina. Su cara es fuerte: a veces parece ser tosca, pero tiene una sensualidad casi amazónica. Es tan única como su perfume y su manera de vestir. La imagen es siempre la misma: ella, alta, con su cabello largo de ninfa, su vestido blanco hasta los pies que cubre con unos huaraches… La primera vez que la describí fue en un tren; ella miraba por la ventana mientras pasábamos por los campos holandeses y pensaba: ¿dónde están los tulipanes?