Adiós amor…

Las mañanas grises no le solían traer nada bueno, siempre el día empeoraba. Quizás fuera por su predisposición a ello ya que las aborrecía, nada como la luz a raudales. Pero ese día fue diferente.

Cuando fue a la cafetería de la esquina a tomar un café antes de ir a trabajar, no esperaba encontrarse con él, su primer amor. Se acordaba de él a menudo, no ha habido nadie igual en su vida y allí lo tenía. Estaba sentado en una de las mesas más próximas a la puerta, al lado de un gran ventanal que daba a la calle principal.

En cuanto abrió la puerta y sonó la campanilla, le vio levantar la cabeza del periódico. Madre mía, estaba incluso más guapo. Le saludó con la mano indicándole que iba primero a pedir el café, lo que le daría algo más de tiempo para respirar y pensar en qué decir.

Se conocieron en el colegio con 4–5 años y durante los siguientes 10 fueron amigos inseparables, aunque a ella le hubiera gustado que hubieran sido algo más casi desde el principio. Siempre había sido la típica niña buena y empollona a la que todos querían como amiga. Y ya. Con él no fue diferente.

Ese día se le removió todo por dentro. Hacía tanto que no lo veía… Casi casi desde que él cambió de instituto y cortó todo contacto. Se quedó destrozada durante unos meses, hasta que se dio cuenta de que si a él no le había importado lo suficiente como para al menos contestarle al teléfono, no merecía la pena.

Por mucho tiempo que hiciera, verle le pareció como si ese tiempo no hubiera pasado y, por supuesto, que estuviera tan guapo no ayudaba. Pidió el café y se acercó a saludar. Para su sorpresa, él no se conformó con el clásico “¿Qué tal? — Yo bien — ¿Y tú?” e insistió en que se sentara. Empezaron a hablar de cómo les iba.

Al mencionar su soltería, él cambió de actitud y ya no se interesó por ningún otro tema del que ella habló a continuación. Dejó de ser el chico que había idealizado de niña. Claro, ella ya no era la niña empollona y vergonzosa de antaño, se había convertido en una mujer bella, con carácter y estilo de las que llaman la atención sin pretenderlo. En cambio, el tiempo había transformado al chico dulce y gracioso que fue su amigo en el típico imbécil, creído y arrogante que cree que con un “preciosa” caen las mujeres a sus pies.

Al primer intento de quedar con ella con intenciones claras y de manera más bien chulesca, ella ya estaba levantándose y recogiendo su café para salir pitando. ¿Qué le había pasado a ese chico? ¿El exceso de ligues le había afectado al cerebro? Se despidió dando a entender que tenía prisa e ignorando la sugerencia de intercambiar teléfonos.

Al principio, mientras recorría el camino al trabajo, tuvo sentimientos encontrados. Por una parte se alegraba de haber visto al chico que tanta huella le dejó, pero por otra no había sido como se hubiera imaginado, sino muuuuucho peor, de hecho fue una decepción enorme. Y de repente se dio cuenta de que a pesar de no esperar nada bueno de ese día nublado, era un buen día. Fue decepcionante, vale, pero gracias a ese encontronazo se había quitado una espina que tenía incrustadísima desde los 15 años. Se había liberado.

Ya no iba a pensar más en ese antiguo amor, qué sentido tenía perseguir su recuerdo cuando ellos ya no eran como esos niños. La persona de la que se enamoró no existía y solo era eso, un bonito recuerdo. Estaba claro: las personas cambian, evolucionan, y no siempre para bien. Todo lo bueno aún estaba por llegar, no hacía falta mirar atrás.

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