El Primer Acto es Gratis V: Batman

No voy a tener pelos en la lengua para decir que Batman es el corto con el que más me identifico de todo mi libro. Hay una parte de mí en él y es aquella parte que nunca envejece, es aquella parte que sonríe en el cine.

Este cuento viene de una anécdota que mi amigo Aitor Iturriza me contó en el Festival de San Sebastián hace ya dos años.

Espero que lo disfruten y que si les gusta compren el puto libro.

Batman

Mi nombre es Stanley y siempre he tenido más ganas de hacer cine que de vivir. Creo que puedo aguantar la respiración más tiempo del que puedo pasar sin pensar en películas porque, ya desde los 15 años, el cine para mí ya era un pasatiempo, una pasión, un lenguaje, una profesión. Si pensaba en mujeres, eran actrices de Hollywood. Si me preguntaban por el origen de mi nombre decía que fue en honor al gran Stanley Kubrick, cuando en realidad Stanley es la marca de herramientas favorita de mi padre.

Esto no era completamente mi culpa. Yo crecí en un pueblo de mierda donde no existe otra cosa excepto un festival de cine en el pueblo de al lado. Mi pueblo es un plano fijo general de 20 segundos sin sonido lleno de casas coloniales de dos plantas. Durante dos semanas mi pueblo se convertía en el pueblo que estaba al lado del festival de cine. Lo cual ahora que lo pienso tampoco justifica mi pasión por el séptimo arte porque jamás nos vino a visitar nadie siquiera relativamente importante. Simplemente el plano general del pueblo dejaba de ser estático y en la mitad de éste pasaba un convertible a toda velocidad lanzando una lata de cerveza a la acera.

Ahí estaba yo en el plano viendo la cerveza caer a mi lado. Yo era el niño sobre emocionado que le pedía a sus compañeros de clase que se acercaran al bosque para grabar dramatizaciones de mis escenas favoritas de películas. Tenía una gran variedad de material adaptado de grandes producciones de los grandes como Orson Wells, John Ford e Ingmar Bergman. Y no fue hasta el verano que cumplí 15 años que me digné a hacer mi primer trabajo original e iniciar mi carrera profesional. Le pedí a mi mejor amigo Tommy que hiciera de protagonista, con la Super 8 de mi padre, mis ahorros convertidos en película para la cámara y un disfraz de Batman de alguna fiesta de disfraces hicimos mi primer cortometraje. El rodaje fue difícil, el personaje protagonista no usaba gafas y Tommy tiene una visión que lo hace legalmente ciego. Más allá estaba el hecho que el equipo de producción consistía de Laura, quien no veía cine pero no tenía nada mejor que hacer, los Gemelos Sayegh -siempre es bueno tener judíos en una película — y mi hermana menor que estaba bajo mi responsabilidad en las tardes.

Los procesos de post producción eran mucho más simples en aquel entonces: no habían. De hecho, tuvimos que grabar las escenas en orden. Así que cuando terminamos de grabar, terminamos la película. La vimos todos en mi casa acompañados de nuestros padres y el sacerdote del pueblo que se encontraba en la casa aconsejando a mis padres sobre su relación. Yo recitaba en mi mente los diálogos de los personajes y me mordía el labio en el clímax del segundo acto. Lo había conseguido.

Como era de esperarse, al día siguiente me tocó despertar y continuar mi existencia en el mismo pueblo de mierda en lugar de Hollywood rodeado de prostitutas y cocaína. Seguía sin saber cómo convertir ese cortometraje en una carrera cinematográfica. No pude sino ponerme a pensar en el próximo proyecto, pero era imposible. Estaba insatisfecho con la corta vida que había tenido mi opera prima. Sentía una gran injusticia que toda esa inspiración, todos esos referentes artísticos y el trabajo tan duro de esa semana solo fuera visto por los que trabajaron en el proyecto, nuestros padres y un sacerdote. Sabía que esto no iba a terminar así.

Una mañana me desperté y fui a comprar el pan como todos las mañanas para desayunar en familia antes de ir al colegio. Le pedí al panadero dos barras de pan. — Viene Batman — me dijo. — Perdona — le respondí. — Batman. Viene. — Y como si nada me dio el pan.

Mi mente tardó en interpretar lo que este panadero de 70 años pudiera estar tratando de decirme. Jamás en mi vida lo había escuchado decir Batman y el índice de criminalidad de mi pueblo no es lo suficientemente alto como para que venga ningún vengador disfrazado.

Salí corriendo a comprar el periódico. En primera plana estaba exactamente lo que pensé que me habían tratado de decir.
«TIM BURTON PRESENTARÁ EN EL FESTIVAL DE CINE SU SEGUNDA PELÍCULA DE BATMAN»
Momento perfecto para una Spielberg Shot. Si hubiera tenido Internet, hubiera escrito en mi blog al respecto con una cantidad espectacular de mayúsculas. Luego de desayunar, ir al colegio, hacer la tarea, revisar mi tarea, cenar y sentarme a ver televisión se me ocurrió lo que esto significaba. — Tim Burton viene — le dije a Tommy asomado por su ventana a mitad de la noche. — Stan, ¿quién coño es Tim Burton? — El festival. Tim Burton viene a estrenar Batman en el festival del otro pueblo. Tim Burton es el puto director de Batman — dije colgando de un segundo piso. — Batman ya la estrenaron — me dijo Tommy. — La secuela, estúpido. — ¿Van a hacer una secuela? Mira, pues qué bien. La primera me gustó mucho. Deberíamos ir a verla.
Desde la ventana lo cogí por la solapa de su pijama. — No, vamos a ir a enseñarle nuestra película.

FIN DEL PRIMER ACTO.


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