jwyg, “Tatami mat” vía Flickr (CC BY-SA 2.0)

Dojo de intuición

Hoy tuve un desayuno tardío en el que esperaba, a punta de diálogo, que una idea que me daba vueltas pudiera aterrizar. No creo que lo que escriba hoy sea la completa claridad (ni más faltaba) y le doy cabida porque necesita de una iteración.

Gay Hendricks describe en su libro la posibilidad, dice él, estudiada, de estar cableados para la infelicidad en la medida que nuestro cerebro evolucionó en entornos de dificultad, riesgo y peligro. Que no estamos preparados para estados de comodidad, tranquilidad o hasta bienestar porque siempre tenemos un ruido interno que está a la espera de eso malo que, con seguridad, va a pasar. Y tiene sentido si nos vemos y descubrimos que en una selva somos, sin duda, el animal peor preparado para sobrevivir: sin garras, ni mordedura, ni alas, ni cuero, ni fuerza y menos destreza en comparación con otros animales.

Hendricks amplía su hipótesis y se asoma al complejo terreno de la felicidad y abre la posibilidad de contemplar el bienestar como una idea que hacemos posible, a la que le permitimos llegar. Y no es un terreno poco recorrido. Por ahí han pasado autores como Brené Brown, que sugiere permitir que la vulnerabilidad sea contemplada como una fuerza y no una debilidad; Jonathan Haidt, hace un recorrido por los textos más importantes de las culturas humanas en busca de la idea de felicidad y se encuentra con el elefante y su jinete en una relación muy frágil donde a veces, muchas veces, el elefante hace lo que se le da la gana; Amy Cuddy, presenta sus estudios en los que descubre que el cerebro le hace caso a las posturas, a los gestos y asume que ese es el estado que prima y se alinea con ellos.

La distancia con una felicidad “natural” apunta a crear distintas industrias de la alegría que nos proponen caminos cortos y largos. No es una aventura sencilla y se convierte en el reto del héroe contemporáneo. Pero la felicidad no es lo que realmente nos ocupa por ahora. Es una meta a veces, es un camino, y puede ser hasta un faro, pero las acciones son las que terminan dictando nuestra ruta un tanto imaginaria. A punta de las ideas que se convierten en acciones. Eso me llama mucho la atención: el hacer hoy como una forma de encontrar sustento y sentido. Hacer/Actuar en un frágil balance desde el desperdicio, el valor de lo que se hace, la importancia, lo-que-el-cliente-quiere-versus-lo-que-el-cliente-necesita…

Así es como terminamos decidiendo desde lugares impropios y distantes de la mente: seguimos una voz que dice: “esa es”; o un impulso que confirma: “estoy seguro, hagámoslo”; o la energía poderosa de “esta idea va a salir adelante y será un…” Pero dudamos porque la razón dicta que es con información que se toma una decisión. Que las decisiones son mejores cuando se está correctamente enterado de todo: y las variables, tantas, agotan y es mejor tener un marco de referencia y a todo eso lo llamamos hacer bien.

Malcolm Gladwell hizo la investigación necesaria para construir una hipótesis sobre el poder de la intuición y cómo podría ampliar las capacidades que tenemos a la hora de tomar decisiones, a la hora de hacer. Sus ejemplos han sido bien recibidos y también abordados con críticas necesarias. Lo que propone, entre muchas otras cosas, es un tipo de maestría que se desarrolla con una práctica constante/consciente que eleva la capacidad de ver información más rápido, de mejor manera. Un sentido amplificado que supera la ruta normal de raciocinio y de comprensión.

Las historias de Gladwell pueden no ser la conclusión sobre lo que representa o significa la intuición. No es una tarea sencilla ni una que no se haya intentado antes. Es una noción que nos supera y francamente ojalá siga siendo un misterio de dónde viene la intuición. Por ahora tenemos modelos, apuestas y posibles rutas para experimentar. En ese sentido siempre es bueno tener a la mano la frase de George Edward Pelham Box:

Essentially, all models are wrong, but some are useful.

Así es que un modelo sencillo entre las emociones, la práctica y la razón aunque esté mal puede ser útil. Tener claro que lo que hacemos pasa/arranca/termina y se afecta por una emoción, y que estará en constante presión por parte de una razón que busca motivos para confirmar y conciliar el temor a fallar. De ahí que sea tan importante crear un contexto para la práctica constante. La práctica con fallas. Un espacio de creación de bajo impacto que le permita a la intuición fortalecer su lugar en la matriz de decisiones. Proteger la intuición para que salga.

El dojo es un lugar para la práctica y sugiere tomar con respeto cada paso, cada ritual. Saludar y despedirse de un espacio donde se vivió la mejora. Pero no tenemos lugares así en nuestra vida diaria y es posible construirlos. Lugares donde la reunión busque avanzar en pos de un experimento que confirme una hipótesis que bien puede ser producto de una intuición. La intuición no tiene explicación pero ahí está. Algo nos dice que por ahí hay algo para atender. ¿Y si no funciona? Hay un aprendizaje que nos permite avanzar y darle cabida a nuevos experimentos: confiar en que la intuición habla.

The intuitive mind is a sacred gift and the rational mind is a faithful servant. We have created a society that honors the servant and has forgotten the gift.
Albert Einstein
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