The359, “Mirrors” vía Flickr (CC BY-SA 2.0)

El espejo

Los domingos son días llenos de emociones extremas: odiados y amados por ser la frontera del ocio con la rutina. Aclaro que este texto se escribió un domingo mientras en mi cabeza retumban las cosas que “tengo que hacer” la semana siguiente. Una imposición propia y nada gratuita: llena de una carga emocional extraña producto de asomarme al futuro y confirmar qué yo mismo alimento la idea de esos días por venir.

Para retar al domingo, quiero pensar en otro objeto igual de odiado y amado: el espejo. Para algunas culturas el espejo es un objeto de terror. “Se les ha temido por su poder para ‘robar el alma’” a la par que otras culturas lo ven como una herramienta de protección. Fascinados por el reflejo y aterrados por el reflejo. Se cree que es importante cubrir los espejos de noche, en el luto, si hay una fase especial de la luna; o no hay espacios suficientes para colgar espejos que amplíen el lugar y nos permitan imaginar que no estamos encerrados.

Las supersticiones de los espejos van desde romperse y desatar la mala suerte por más de un lustro; espejos que presagian la llegada de la muerte; espejos que sumados con el reflejo de la luna pueden predecir la fecha de un matrimonio; espejos para descubrir el nombre de un futuro esposo; espejos que pueden dañar la visión de un bebé… y la lista crece a medida que la imaginación y el miedo se suman.

Increíble y maravilloso el poder que le podemos entregar a un día, a unas fechas, a un objeto, a una persona. Así como me atrae lo místico, las ciencias y las otras ciencias, últimamente me atrae el cómo trabajamos y las cosas que hacemos y podemos hacer para mantener un balance de vida. El poder de desviar la mirada y tomar distancia para ver dónde están, por ejemplo, los espejos que no queremos ver.

En las cosas que creamos, hacemos y escribimos algo se refleja de nosotros. Son espejos, aguas tranquilas hechas de papel, átomos o dígitos que dan cuenta de las cosas que hacemos. Y ocultan, como los mitos tomados de la Enciclopedia de lo Místico y Paranormal que cité, la oscuridad y las criaturas misteriosas del día a día: la idea que quisimos sacar adelante pero que se convirtió en algo que ya no nos mueve, y que ahora está cubierta de un velo de palabras para que no se lleve una parte de nuestra alma.

Queremos reflejar en nosotros una parte del otro y tomamos sus palabras, a veces sin significado, como un eco, un espejo que suena, y las hacemos propias. Las repetimos para que se vea en nosotros. Callamos en conversaciones que reflejan, en espejos de silencio servil, las mil dudas que nadie quiere romper por miedo a la mala suerte de ser señalados, avergonzados o convertidos en hacedores de una iniciativa por el hecho de descubrirla.

Alimentamos la bestia que oculta el espejo al alabarnos sin reflejar el error, la falla, porque en la cultura de nuestra organización no cabe la equivocación. Tanto miedo de ver la reflexión como un reflejo que está esperando la luz suave de una vela para salir y asustarnos. Y al final del año hay gráficas que muestran un crecimiento hermoso pero que no pasan la prueba de la sombra.

Y están los amigos. Los amigos que uno cultiva. Esos espejos andantes que tienen la sabiduría de callar, esperar, resonar, gritar y llorar a la par. Que se alimentan de un poco de luz para recordarnos que tenemos la mejor versión de nosotros ahí, al frente. Nos vemos en ellos porque la paciencia es un espejo del tiempo que no queremos esperar. Esos son los espejos que no se quiebran, que maldicen de alegría, que esperan el castigo compartido.

Los espejos están en vía de extinción: hace poco vi a una joven mujer, en las sillas contiguas, mientras abrían las puertas del vuelo, revisar su maquillaje usando la cámara de su teléfono celular. Lo que eso implica es material para muchos otros textos pero creo haber escuchado en el fondo de su cartera el lamento de un espejo que ha perdido su trabajo.

Queda un poco del domingo para ver cómo se refleja el tiempo que ha pasado en las decisiones que se avecinan. Queda un poco de luz para alumbrar el tiempo que viene y dejarlo que llegue, sin afán.

Referencia:

Guiley, Rosermary Ellen. (1991). Enciclopedia de lo místico y paranormal. EE.UU: Harper Collins.

Banda sonora:

Honne, Someone That Loves you, en: Warm on a cold night https://open.spotify.com/track/1yraET52i6ZkrvvrmKNyn6