Ryan Cadby “yum”, (CC BY-SA 2.0) vía Flickr

Lecciones de sistemas desde la lengua y más allá

“Eres lo que comes” deja de ser, últimamente, una frase popular y se convierte en una sentencia contemporánea de hacer consciencia de cada bocado. Tiene sentido y sugiere encontrar un balance entre la alimentación y los mercados detrás de ella para ser consecuente de la visión de mundo, las creencias como ciudadano, los deberes como terrícola, el auto-cuidado, etc. Mientras tanto, cada bocado es una experiencia sensorial con conexiones profundas que merecen nuestra completa atención.

Simran Sethi, publica en Nautilus (una de mis publicaciones favoritas de cultura científica) un ensayo en el que presenta la existencia de una relación directa entre el sonido y la experiencia de saborear al punto de alterar las propiedades bioquímicas de lo que comemos. Cada mordida no sólo libera un sabor, equivale a desatar una sinfonía de música concreta que afecta la manera en que percibimos lo que comemos desde el alimento mismo.

Si tenía dudas si el listado de música, el playlist, que estaba de fondo en el restaurante mientras comía afectaba o no su experiencia, si sospechaba que ciertos alimentos le sabían mejor en silencio, o que hasta prepararlos con cierta música podían modificar toda la experiencia, ahora sume a esa matriz de complejidad gastronómica un nuevo elemento: el sonido que hace el alimento al masticarlo trae nuevos matices. Una papa como sustrato para el sonido.

De hecho, justamente esa es la pregunta que se hace Charles Spence, citado por Sethi, ¿será que la calidad sonora de una papa frita afecta nuestra percepción del sabor? La investigación de Spence confirma esa relación y abre un ventana a una ciencia multisensorial del alimento. El sabor ya no habita únicamente entre la lengua y el cerebro: es el producto de un sistema donde el sonido, el olor, el sabor, la temperatura, la presentación, etc. generan información que podemos o no interpretar.

La linealidad entre la experiencia, los sentidos y la interpretación debe, merece, ser revisada. Sabemos de la complejidad de la experiencia y las ciencias asociadas desde la filosofía hasta las distintas ramas de la medicina que revisan el cuerpo y estudian cómo sentimos. Sin embargo, todas apuntan a una validación causa-efecto-ruta del impulso. Y está bien porque eso es lo que podemos medir, revisar, validar. Pero con cada avance que tenemos en términos de investigación debería haber una lectura crítica de nuestros propios comportamientos: No trague entero, permita que su alimento se exprese.

Una mordida convertida en una ventana de asociaciones que estaban ahí y que se asoman ahora que la mente tiene permiso de pensarlas. Asociemos de manera distinta así no sea como una hipótesis para confirmar sino una pregunta sencilla para que lleguen nuevas preguntas. Lo primero que pienso es la inutilidad de los desayunos de trabajo [el autor del enlace lo menciona un poco y da sus propias alternativas]. Mientras come, su mente y cuerpo entero está tratando de sentir todo lo que el alimento puede expresar, no debería ser una carga de materia prima para su estómago. No está en ninguno de los dos momentos. Ni en la reunión, ni en la experiencia de masticar.

Avanza un siglo al que se le piden soluciones tecnológicas y a la par las investigaciones nos invitan a revisar los puntos más básicos de nuestra vida diaria: cómo comemos; cómo preparamos los alimentos; cómo nuestros sentidos reciben información que no interpretamos pero que no deja de estar ahí, callada; cómo hay sustratos o soportes de información en todo lo que nos rodea y apenas nos estamos asomando un universo paralelo de mensajes.

En 2007 Pixar presenta su octava película en la que una rata cocina. La tensión amorosa entre Alfredo Linguini y su “colega” de cocina Colette, llega a su punto más informativo cuando ella le explica, a su torpe nuevo amigo, que la calidad del pan se sabe no por su olor sino por su sonido. Ahora escale esa afirmación a un nuevo plano. No pierda momento para imaginar nuevas conexiones que pueden arrancar en la lengua…

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