Simon Claessen, “U-boot Enigma” vía Flickr (CC BY-SA 2.0)

Palabras secretas

La creación de un código secreto, críptico, es poner en marcha el libre albedrío de la intimidad. Construimos con los recursos a la mano un lenguaje que nos permita traficar nombres e historias que no queremos que otra persona descubra. La importancia del mensaje es lo de menos: —Clara está saliendo con Juan… los vieron juntos anoche. Se dice, pero el verlo como:

3–12–1–18–1 5–19–20 19–1–12–9–5–14–4–15 3–15–14 10–21–1–14 12–15–19 22–9–5–18–15–14 10–21–14–20–15–19 1–14–15–3–8–5

El verlo así, es un placer único. Hemos cifrado un mensaje con una herramienta sencilla que necesita de una secuencia y un punto de partida para revelar el mensaje. Sólo los poseedores de la llave logramos entenderlo. Es algo privado, nuestro, que habita en el sigilo de las palabras y los números. Un sanctasanctórum, un lugar “sumamente santo” a la mano, a la distancia de un esfuerzo.

El poder de expresarnos con una palabra que sólo mi tribu reconoce me llena de pertenencia, sensación de grupo, mengua la soledad. Y entonces lanzo conceptos poderosos que me definen, con un sello de exclusividad y logro. Digo cosas como: iteración, refactorización, scrum; y puedo llevarlo a un plano más profundo con expresiones donde la precisión del término ya se convierte en la palabra que sólo sirve para describir algo que mi par reconoce. Y sin embargo, algunas palabras empiezan a migrar a otros oficios y en ese momento es hora de revisarlas, recibirlas y protegerlas para que no pierdan su valor.

Una palabra entrega significado en su más corta expresión, la misma palabra está armada de otras partes que nos permiten reconocer un sentido. Lexemas y morfemas que están ahí, como columnas que podemos revisar y estudiar para reconocer características adicionales de la palabra. El cómo la apropiamos es otra historia.

Hoy en algunas culturas hace carrera aparte la palabra demasiado con un nuevo uso, lo del idioma vivo, y como adjetivo está siendo forzado a parecerse al término mucho, cuando no es lo mismo. Pero igual ahí va… cambiando su uso. — Te quiero demasiaaaado. Dicen, y puede que sea parte del arrebato romántico, sin reparar que en ese caso el querer es nocivo, exagerado, hasta dañino. Y puede que así sea, pero si es un querer en grandes cantidades, harto, por montones, funciona. Es una apropiación, cierto, pero no sobra verla con atención.

Porque a la palabra ágil le pasa lo mismo. No le pasa que la quieran mucho o en demasía. Le pasa que la asocian ÚNICAMENTE con rápidez. Agilidad no es con afán. Agilidad no es a la velocidad que yo quiera. Agilidad no es hacer ahora-que-nos-queda-poco-tiempo. Agilidad es la suma de rapidez con habilidad. Implica soltura, o una reacción atenta. No es sólo rápido. Es hacerlo bien. Ágil es un ritmo alto que apunta a un resultado bueno. Un conejo no es más rápido que su cazador pero en su capacidad de respuesta está la diferencia: reacción, movilidad, pericia, eficacia, ingenio…

Pero el término apenas lo estamos reconociendo porque los vicios de la palabra en el mundo de la industrias y el trabajo van de la mano de un lucro inmediato, rápido. De una entrega acelerada para resultados así el equipo quede herido, agotado o quemado. Agilidad implica entonces otras habilidades: ritmo sostenible e inteligente. Priorizar de tal manera que se construyan ciclos de entrega reales y no ilusiones de acumulación de cargas que luego se atienden porque son ágiles. El hacer en serie no implica que todo se deba hacer así…

La palabra, tan importante, se define y se conversa. El lenguaje no nace en único lugar del cerebro porque se ha estudiado que cuando algo pasa con esa área esa habilidad se desplaza a otro lugar. Algunas características del lenguaje no tienen esa misma habilidad sobre todo con algunas que están atadas a un comportamiento de una especie. Christine Kenneally describe un experimento en el que un grupo de científicos intercalaron pedazos del cerebro de dos aves distintas, de distintas especies, entre sí, y aunque seguían teniendo los mismos sonidos naturales, respondían al llamado de las madres de la otra especie.

Palabras tejidas en un lugar que no se mueven. Y en un préstamo/pregunta del resultado de ese experimento, las palabras en los humanos no son llamados primigenios, no son graznidos. Son aprendizajes. Las palabras las aprendemos de los círculos en los que estamos y la rapidez, la predicción, la estimación, el afán, la improvisación, son palabras que hemos aprendido cada uno por separado, armadas desde un lote de experiencias e imágenes distintas. Las palabras no tienen un único significado, tienen una definición que cada uno viste del mejor o el único traje que tiene.

Antes de abrazar una palabra como la agilidad revise si lo que quiere es que las cosas se hagan más rápido y como usted quiere. Si la respuesta es cierta su agilidad es muy distinta a la agilidad que aquí queremos descubrir y cultivar. La palabra secreta está a la vista y pide un poco de atención para ser vista.

Referencia:

Christine Kenneally (2008) The First Word: The Search for the Origins of Language. EE:UU, Penguin.

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