Linda Guacharaca, espera. Es perra.

Qué Linda eres…

Linda es una perra que habla. Habla con su pata trasera derecha, maltrecha, la historia de un accidente: conversa mientras cojea y avanza. Habla con las orejas, la cola y por supuesto cuando ladra. Y habla en un blog: El mundo a cuatro patas: relatos de una perrita callejera trotamundos.

Linda vivió en la calle y desde que nació sólo conocía del maltrato, atrapada en el tártaro de la calle, hasta que un día encontró su moira, o la personificación de su destino. Destino es carácter, eso fue lo que me enseñaron, pero a veces se necesita de una moira. Alguien que aparece y hace posible que cambie el rumbo. Las distintas historias, de las distintas tradiciones, han convertido a la deidad -que es capaz de cortar el hilo de la vida- en algo que se ha perdido en el pasado. Pero el cambio del destino está a la vuelta de una buena conversación, de un mano tomada en el momento que es, de tantas cosas que no demoran por aparecer en estos textos.

“La vida es Linda” y lo es, doblemente. Redundando en alegría con la fuerza que trae sobrevivir, resistir. Linda tiene un libro terminado y en el hermoso juego de la cámara subjetiva, del narrador que no está pero se deja ver, se asoman las historias de muchos pasos dados. Linda sabe esperar, sabe subirse y bajar, sabe cuando avanzar y esperar, sabe tanto de humanos que se deja amar. Sabe que lo suyo es ser paciente: mientras le entendemos y la entienden otros animales que vamos armando la misma elocuencia.

Oreo y Magnolia miran atentas a Linda. Imanes que se repelen, por ahora.

De Linda se aprende. Maestra que enseña a los de esta casa a entender cómo es eso de ser de luz. Mis gatas, atentas, repelen, por miedo de perder los centímetros de territorio comprometidos. “Hold the ground” dicen los guerreros: mantengan su posición. Al rato nos cansamos todos de estar en puestos de batalla y bajamos la guardia para que Linda ladrara su inspirador: —Aquí estoy, todo bien. Todo bien.

No es fácil encarar la resiliencia. Nos da miedo reflejarnos en esos poderosos y confirmar que somos capaces, que sí es posible. Da miedo saber que se puede. Linda se enfrentó al diagnóstico de expertos veterinarios que anunciaron su muerte, su incapacidad de andar de nuevo, cantos de derrota que, tal vez armada del amor de su moira, supo esquivar. Y sobrevivió. Y caminó de nuevo. Literalmente tuve enfrente al underdog, el desvalido con las cuentas en contra. El que se levanta a punta de mentón, halado por cuerdas que no logramos entender. Las pitas de lo que no importa darle nombre pero que sabemos que están ahí. Más vale que esté ahí porque los vientos soplan en contra más de una vez.

Puede ser la fuerza. La fuerza que inspira héroes y por la que se pelean en una galaxia lejana hace mucho, mucho tiempo. La fuerza del “a que sí”. La fuerza que emerge entre dos amigas que andan por ahí, caminando, recuperándose de los embates del que siente mucho y a veces sin piel. Linda hizo el camino de Santiago e invitó a su moira a compartir el reto: 300 kilómetros después de no poder andar.

Las lecciones de lo que es posible vienen de todos los rincones. Que sí se puede. Que sí es posible. Qué hágale. Que Linda avanza, qué linda.

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