El derecho a pedir un poco de belleza

Me gusta toparme con la belleza de lo aparentemente irrelevante: una sonrisa, un rayo de sol posándose en un rincón concreto, una pintada de amor en la calle… Me gusta darme de bruces con esas pequeñas bellezas y saborearlas con detenimiento.
Pero supongo que la belleza es un estado del alma y por eso a veces no alcanzamos a verla, aunque se esfuerce en mostrarse ante nuestros ojos. Tal vez esa sea la razón por la que en algún momento de mi vida decidí buscarla a cada minuto, en cada detalle; puro instinto de supervivencia. Temía que se cruzara en mi camino y se me escurriera entre los dedos, o se evaporara en una lágrima, o mutara en mota de polvo gris antes de que me diera tiempo a verla bailar a la luz del sol, o de la luna, o de la lámpara.
Lo que nunca me había planteado antes era que la belleza se pudiera pedir. Por eso, cuando Bru Rovira me contó que su nuevo libro se titularía Sólo pido un poco de belleza, enseguida comencé a amasar la frase para hacerla mía.
Sólo han hecho falta unas moléculas de fealdad rondándome durante semanas para empezar a reivindicar la belleza como derecho. Derecho fundamental, que no universal; un derecho exclusivo y acotado: sólo para quienes un día fueron capaces de fundirse con el sol tras la última montaña, de ver crecer la flor milímetro a milímetro, de ser granizo y chocar contra el suelo en la tormenta, de ser espiga en el oleaje sereno del campo de trigo al viento…
Gracias, Bru, por descubrirme que ese agujero negro, denso, tóxico que todo lo deforma se desintegra en el mismo instante en que alguien pide un poco de belleza. Porque sólo puede pedirla quien tiene capacidad de prenderla.