Foto tomada por mi mujer — Heraldo de Aragón en 2014

Vida sin fin

Pasión, vida, día, noche, especial lucha y lucha sin cuartel. Todo en la vida es eso una vida especial para lograr que nos amen y amemos, o amar y ser amados.

En este post corren paralelos dos historias, la que cuento yo y la que cuenta mi pichona. Ella tomaba fotos de cosas que le interesaban, que destacaban en su cabeza. La compasión hacia el paciente siempre la tuvo presente, el que un médico te diga tu diagnóstico no está reñido con ser dulce, suave y cariñoso. La compasión y la pasión están unidas no por sólo por su raíz sino porque no pueden ir separadas. Son cara y cruz de una misma moneda, con las dos caras de la luna, si nos gusta la que vemos nunca existiría sin la que nunca vemos.

Irene Vallejo — 2014 (1)

Todos cuantos hemos tenido que luchar con la enfermedad que se llama cancer, como acompañantes. sabemos lo complejo que es ayudar a quien padece la enfermedad. En mi caso mi mujer, mi pichona durante más de 25 años, tuvo que enfrentarse a la enfermedad duramente cinco años, la enfermedad la acorraló y ella plantaba cara, la medicina también.

Irene Vallejo — 2014 (2)

Esos años tuvimos que pensar en vivir cada segundo al margen de la enfermedad ya que era la única forma posible de conseguir espacios para nosotros, espacios para que la enfermedad no tuviera su premio anticipadamente.

Si quien lee esto es una persona recién diagnosticada, debe saber que no todos los canceres acaban con la persona, al contrario, muchos se curan, muchos hacen a la persona longeva, y sobrepasan el asedio. Por lo que aquí sólo se presentan palabras de esperanza y una experiencia de quien vivió cada segundo con pasión, y quien lo relata fue quien ayudó a que esa vida fuera así, independiente de la enfermedad.

Desde el diagnóstico, mazazo total sobre la vida de una persona, sólo comparable al accidente mortal de un familiar cercano y querido, un amigo querido y vivido, todo cambió. Todo se hizo para cambiar, la enfermedad nos dio tiempo a colocar nuestras filas en posición de amar y de ser amado. Creció en la tierra fértil de la enfermedad plantas con una flores especiales cuyo color y olor no es superable por nada.

Mi mujer, nunca se arrinconó, nunca se dejó doblegar, nunca habló conmigo de su partida, nunca la vi destrozada por las lágrimas del miedo. No se si ella las tuvo y las ocultó, desconozco si ella las tuvo y mostró con otras personas, pero con nuestras hijas y conmigo sólo hizo que decorar la vida con bonitos objetos, cosas, detalles, miradas, sonrisas y delicadas flores que ponía en nosotros, sus jarrones preferidos.

tant’ amare! Enfermiron uellos nidos,. ya duelen tan male (jarcha).

Ante el párrafo anterior seguro que uno piensa que quien escribe magnifica la acción de la persona amada, que se deforma la realidad como un contorsionista, nada más lejos de la realidad que un enamorado escribiendo de su amor. Cierto, pero en mi caso describo los hechos, las lágrimas que aún las tengo, me dejan ver la realidad que es evidente que no entiendo bien. No comprendo cómo mi pichona optó por el camino de hacer de nuestras vidas un regalo permanente durante cinco años. Salpicado por los golpes de dura tempestad en nuestra quilla. Cinco años de flores, de amor y de ternura.

Recuerdo que al año de estar peleando con la enfermedad comenzó a ir a la asociación de enfermos de cancer, estaba cerca de casa, le enseñaron a mejorar y sacar partido de sí misma. Ella nunca se había pintado, era mujer de belleza natural, gusta o no gusta, pero es lo que hay. Y lo cierto que consiguió que los efectos de la quimio fueran menores, que no se viera tanto ante los demás que algo estaba pasando, con pocos hablábamos de su enfermedad y con todos manteníamos un ritmo de vida familiar. En esta estancia de la asociación, que pronto abandonaría porque ella mentalmente no estaba enferma, hicieron un taller para aprender a controlar la ansiedad que puede, supongo, genera el saber que la enfermedad que llevas te puede llevar la vida. Esa ansiedad que nos hace en cuestiones menores hablar de cosas que no son las correctas, los malos humores, y las miradas sin cariño que podemos lanzar. Los resultados del taller los presentaré en otro momento.

Ahora, quisiera centrarme en cómo una persona puede hacer que la vida de la enfermedad y del hospital no sean tan importantes como la vida que queda al margen, es cómo quien lee un libro y toma sus propias notas al margen y son más sustanciosas las notas que el propio libro, nunca se publicarán las notas pero será siempre lo mejor de ese libro.

Ella eso hizo, convivió con la enfermedad sin plantearse si había o no esperanza para seguir viviendo, si la enfermedad terminaría siendo vencida por la medicina, no había ocasión para dejar dudas, había que vivir junto a nuestras hijas, había que seguir dando paso a que nuestras vidas estuvieran presentes en ese campo lleno de flores y olores, amar y ser amado.

Una vida de locura pero locura de amor, lo único que nos puede mantener vivos en vida plena.

Comencé mi relación cuanto tenía veinticuatro, ella se resistió durante años a lanzarse conmigo en la vida en pareja, lo hicimos cuando le gané el ánimo, en ella siempre vi una mujer plena, pero escribo una y mil veces que nunca pensé que esa plenitud llegará a ser colmada de amor, la amé tan de locura que ahora me doy cuenta que mi amor por ella sigue vivo, tan vivo que no puedo dejar de amarla, en la ausencia pero sigo amándola.

Esa locura de amor quizás fue la que hizo que ella que no era sencilla en sus expresiones hacia los demás convirtiera su miedo en esperanza y su desesperanza en esperanza. Cada segundo es la eternidad, cada momento que compartimos con las personas queridas es eternidad.

Ahí comienza la verdad de la enfermedad del cancer, que la eternidad de nuestras vidas, seamos creyentes o no, que yo lo era y lo soy, comienza en cada segundo que vivimos con los nuestros con las personas que amamos y que nos aman. Cada segundo es cada segundo, no minutos u horas, no días o semanas. Es cada segundo.

Si uno quiere, pero la enfermedad por los tratamientos no le deja, pues debe saber obtener provecho de cada segundo de tregua que no por la enfermedad sino por el tratamiento.

Nuestras hijas, nunca vieron la cara oculta de la enfermedad, no son pequeñas pero tampoco mayores, evitamos que vieran los momentos duros de la enfermedad, que ahí debo reconocer que fue mi momento. Si, yo también tuve mis momentos y tuve que seguir los principios de mujer. En los momentos en que físicamente ella no podía yo era pies y manos, ojos y oídos. Todo, fui para ella cuando ella no podía, no pudo.

El dolor y la ausencia son hoy el recuerdo permanente de ella pero sigo los mismos preceptos, amar y ser amado, hacer que crezcan flores de colores y olores en la tierra con los que me rodean. El amor que vive en mí por ella lo hace.