Libros: Todo se desmorona (Chinua Achebe)

Chinua Achebe (1930–2013) fue un escritor nigeriano reconocido por dar forma en buena medida a la literatura africana en el siglo XX (es decir, ayudó a darle identidad a una literatura nacional moderna justo cuando los países del continente nacían).

Todo se desmorona (1958), edición de Debolsillo.

Todo se desmorona (Things fall apart, 1958) fue su primera novela: un éxito de crítica que se convirtió en el arquetipo de la novela africana en inglés y a la fecha es una de las novelas de ese continente más leídas en el mundo. Cuenta con las secuelas Me alegraría de otra muerta (No longer at Ease, 1960) y Flecha de Dios (Arrow of God, 1964) que siguen la misma línea de los descendientes de los personajes de Todo se desmorona y en conjunto a veces son referidas sencillamente como La trilogía africana (sí, así es el nivel de su influencia).


Todo se desmorona sigue la vida de Okonkwo, un hombre notable de la aldea de Umuofia, una de las más importante de la nación Igbo (grupo étnico al que pertenecía el mismo autor); todo esto poco antes de la llegada de los europeos.

Okonkwo es hijo de Unoka, un músico más interesado en un estilo de vida relajado que en saldar su deudas. La pusilanimidad de su padre sería la inspiración -y pesar- que llevaría a Okonkwo a destacar en todo: luchas, política, riqueza y -en consecuencia- esposas y fama; no obstante, el fantasma de la pasividad («femenina», como veremos adelante) de Unoka también habría de pesar en sus nietos, los hijos de Okonkwo.

Podría decirse que en su lucha por desembarazarse de toda actitud similar a la de su padre, Okonkwo desea dar una imagen (la huida de esa pasividad «femenina» se vuelve relevante) y eventualmente hay un incidente, un crimen menor, que cambia la vida de Okonkwo y su papel en Umuofia, todo esto mientras los ingleses penetran en la sociedad igbo.


La novela toma su título del primer verso del poema La segunda venida, de William Butler Yeats, que de hecho cita al inicio:

«Turning and turning in the widening gyre
»The falcon cannot hear the falconer;
»Things fall apart; the centre cannot hold;
»Mere anarchy is loosed upon the world»
«Dando vueltas y vueltas en su giro creciente
»el halcón no puede oír al halconero;
»todo se desmorona; el centro no resiste;
»se desata e el mundo la absoluta anarquía».
W. B. Yeats (1865–1939).

A mi gusto, en el verso casi podemos ver la fuerza centrifuga en acción: el halcón da vueltas, y cuando esa fuerza (la centrífuga) actúa con suficiente poder, pasa lo que tiene que pasar: el centro no resiste, todo se desmorona. No obstante, el consenso es que se describe como la civilización pierde el contacto, para bien o para mal, con su centro ciclo tras ciclo (Segunda venida). Tomen nota de como una novela sobre los últimos días de la cultura igbo antes de la llegada de los europeos toma título y empieza citando un poema europeo sobre el desgaste de la civilización.

Los elementos y tradiciones igbo son comunes en la novela, y entre ellos nos encontramos con la clasificación de delitos, que los hay serios y por lo tanto masculinos, y no tan graves, y por lo tanto femeninos (está presente la dualidad masculino - femenino, pero también el machismo rampante de una sociedad precolonial que no es para nada idealizada).

Deidades tutelares igbo: pareja hombre y mujer.

Se nos hacer ver también que en la cultura igbo es meritocrática, que hay diversas formas de hacerse con al menos un título y que los hombres que carecen de aunque sea uno (como Unoka, el padre de Okonkwo) son llamados con la misma palabra que se usa para la mujer (esto es una ofensa) y entonces se vuelve relevante que aunque el ímpetu que dirige el carácter de Okonwko es distanciarse de su padre, no deja de rendir culto a la diosa de la tierra, obedece a la sacerdotisa (Chielo) del oráculo de las colinas (choca tanto con las leyes de la diosa como con la sacerdotisa del oráculo), no está criando al más agresivo o arrojado de los hijos (Nwoye, el primogénito de Okonkwo), se lamenta de que su hija predilecta (Ezinma) no haya nacido hombre y el crimen que ha de afectar su vida es -¡oh, sí!-, uno de tipo femenino. Pero mucho antes del desdichado crimen tenemos dos episodios distintos: una falta y una actitud terca, el primero de ellos con una explicita agresión a lo femenino (y afrenta a las leyes de una diosa) y el segundo como un empeño de ser el más firme; de este último su mismo amigo Obierika le llega a decir a Okonkwo:

«Tú sabes muy bien, Okonkwo, que yo no tengo miedo a la sangre; y si alguien te dice que lo tengo, está diciendo una mentira. Y deja que te diga una cosa, amigo mío: yo en tu caso me habría quedado en casa. Lo que has hecho no complacerá a la Tierra. Por actos como ese es por los que la diosa extermina familias enteras».

El choque generacional también está presente: tenemos el desprecio de Okonkwo al estilo de vida de su padre, Unoka, que acaba con una abierta rebelión del hijo. Luego tenemos que, a pesar de los esfuerzos, el choque entre Okonkwo y su hijo, Nwoye, se define con la llegada de los británicos. Podemos preguntarnos qué es lo que pasa con la cultura igbo: ¿Es la llegada de los británicos lo que la convulsiona como sugiere la historia?, ¿es el distanciamiento de las personas de sus valores y tradición originales lo que va gastando a la sociedad igbo como sugiere el título de la novela y el consejo de Obierika a Okonkwo? ¿o es acaso el sencillo paso del tiempo, que acaba con todos los esfuerzos de continuidad de cualquier generación sobre la otra, como sucede con el abuelo, el padre y el hijo?

Y es que como todo buen libro, no se permite ser parcial, así que mientras los británicos penetran con la religión y terminan instaurando un nuevo gobierno que poco o ningún interés tiene por las leyes, tradición, costumbres y creencias locales, también se deja en claro que a muchos igbo les resulta atractiva la nueva fe que, aunque ilógica para ellos, es más generosa que el sistema meritocrático. Además, algunos igbo quedan la mar de contentos, pues:

«Había muchos hombres y mujeres en Umuofia que no lamentaban tanto como Okonkwo la nueva situación. El blanco había llevado realmente una religión de locos pero también había instalado una factoría, y el aceite de palma y el maíz se convirtieron por primera vez en artículos de gran valor y afluyó a Umuofia mucho dinero.»

Durante una entrevista (en el video) el mismo Achebe llegó a comentar sobre qué hacía tan popular su novela en el mundo. Arriesgaba la siguiente explicación que ejemplificó con este episodio: una clase de un colegio femenil en Corea recién había leído el libro y le contactó; una de las líneas que le hacían llegar afirmaba sobre el libro: «es nuestra historia» (minuto 5:52 a 7:14).

La misma historia resulta extensiva a todos los pueblos que pasaron por una colonización (británica, japonesa, árabe o cualquier otra), occidentalización o que quizás enfrentaron un cambio social que, sin la intromisión directa o en lo absoluto a una potencia extranjera, fue lo suficientemente violento como convulsionar su mundo (para bien, para mal o para ambos) de una generación a otra, así volvemos a la duda, ¿cómo con los igbos, qué desmorona al mundo en el que solías vivir: tradiciones y valores venidos del extranjero, la siguiente generación que es apática a todo lo que crees, o el tiempo?


Para concluir, algunas partes que no me gustaría terminar sin antes compartir:

¿Quién no ha jugado a fijar el destino o el futuro con un azar? Pues bien, solo la primera vez cuenta:

«La cantó mentalmente, y caminó a su ritmo. Si la canción terminaba con el pie derecho, su madre estaba viva. Si terminaba con el pie izquierdo, estaba muerta. No, muerta no, enferma. Terminó con el derecho. Estaba viva y bien. Cantó de nuevo la canción, y terminó con el izquierdo. Pero la segunda vez no contaba. La primera voz llega a Chukwu, la casa de Dios. Ese era uno de los dichos preferidos de los niños. Ikemefuna volvía a sentirse como un niño. Debía de ser porque pensaba que volvía a casa con su madre.»

Más de tradiciones igbo y, aprovechando, se revela la historia de un carácter:

«El nacimiento de sus hijos, que debería ser la corona de gloria de una mujer, se convirtió para Ekwefi en un mero calvario físico vacío de promesas. La ceremonia del nombre, después de siete semanas de mercado, se convirtió en un ritual carente de sentido. Su creciente desesperación se expresó en los nombres que puso a sus hijos. Uno de ellos era un grito patético, Onwumbiko: “Muerte, yo te imploro”. Pero Muerte no hizo caso; Onwumbiko murió a los quince meses. Después tuvo una niña, Ozoemena: “Ojalá no suceda otra vez”. Murió a los once meses, y otras dos más también después de ella. Ekwefi se volvió entonces desafiante y llamó a su hijo siguiente Onwuma: “Que se sacie la muerte”. Y eso hizo.»

Una interesante colección de nombre para dios:

«A partir de ese momento, Chielo no dejó ya de cantar. Saludó al dios con una multitud de nombres: el propietario del futuro, el mensajero de la tierra, el dios que abatía a un hombre cuando más dulce era la vida para él. Ekwefi se despertó también y revivieron sus temores entumecidos.»

Me gustaría poner el párrafo con el que concluye la novela pero eso implicaría arruinar una impactante forma de dejar en claro el camino que tomó la historia.