El sentido de comunicar con los sentidos

Íngrid Gustems
BroadcasterMedia
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6 min readNov 15, 2021

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Mira atentamente la imagen. Estas dos figuras tienen nombres: Kiki y Bouba. Ahora te pregunto, ¿cuál dirías que es Kiki y cuál Bouba?

¿Cuál es Kiki? ¿Cuál es Bouba?

No existe una respuesta correcta, pero sí una casi unánime: la figura redondeada es Bouba, mientras que la puntiaguda es Kiki. O al menos eso cree entre el 95% y el 98% de la gente.

En 2001, los neurocientíficos Vilayanur S. Ramachandran y Edward Hubbar idearon este experimento para retomar con él las investigaciones del fenómeno Kiki-Bouba que el psicólogo Wolfgang Köhler observó por primera vez en 1929. Con ellas, demostraron que este efecto es generalizado, independientemente del idioma, la cultura y el entorno de los participantes en la prueba.

Pero no te estoy contando esto como un mero experimento curioso que puedes probar en casa con tus amigos sin incendiar la cocina (bueno, por eso también), sino porque el efecto Kiki-Bouba nos lleva a un concepto mayor y mucho más interesante: la sinestesia.

Acepciones de “sinestesia” en la RAE

¿Sinesqué?

Seguramente este palabrejo te suene de haber estudiado las figuras literarias. En retórica, la sinestesia se concibe como la asimilación de conceptos procedentes de distintos sentidos; por ejemplo, cuando Garcilaso de la Vega habla de “mirar ardiente” en su Soneto XXIII. La vista no puede tener atributos como el calor, perteneciente al tacto, pero hemos aceptado esta licencia porque entendemos a qué se refiere el poeta.

Algo similar pasa con la acepción psicológica de la sinestesia. Aunque parezca imposible, hay personas cuyas conexiones sensoriales son tan fuertes que asocian de manera innata distintos sentidos. Por ejemplo, algunos sinéstetas identifican números con colores, sonidos con texturas, nombres con sabores, o palabras con olores. Y dirás: “yo también asocio las tormentas de verano con el olor de la hierba mojada”, pero no es eso a lo que me refiero. Estas personas conectan sus sentidos sin ningún recuerdo común o racional que pueda evocar esta conexión.

La primera referencia a la sinestesia, aún sin nombre oficial, fue en 1812, de la mano del doctor Georg Tobias Ludwig Sachs, cuando todavía era estudiante de medicina y trataba de plasmar sus sensaciones: “Las letras A y E son de un color rojo vivo; el número 8 es marrón y el jueves es verde tirando a amarillento más que azulado”.

Este primer paso en el descubrimiento de la propia percepción ha llevado la observación de la sinestesia a otro nivel en la actualidad. Estudios de la Universidad de Granada, pionera en investigación sensorial, certifican que un 10% de la población mundial podría tener sinestesia, aunque generalmente pocos la identifican porque ven su propia percepción como normal y no se dan cuenta de que no lo es hasta que no ponen en común sus experiencias sensoriales con otras personas.

Aun así, esta no-normalidad no implica que la sinestesia sea una enfermedad, simplemente los sinéstetas perciben el mundo de otra manera. Es por ello que no hay dos sinestesias iguales, con hasta 60 tipos posibles y diferentes gradaciones. Puede ser conceptual, cuando la persona percibe esta conexión entre sentidos (por ejemplo, entiende en su mente que el número 3 es amarillo), o incluso proyectiva, cuando proyecta esta unión sensorial a la realidad (cada vez que lee un 3, lo ve de color amarillo, aunque esté escrito en tinta negra).

La sinestesia y el arte

‘Composición VII’, de Wassily Kandinsky

Esta capacidad de asimilar sentidos es sin duda un don para los artistas sinéstetas. Al menos lo fue para el pintor abstracto Wassily Kandinsky, que descubrió su sinestesia en una representación de la ópera Lohengrin, de Wagner, cuando se dio cuenta de que veía las melodías de colores. Desde ese momento, usó la música para pintar con los colores que esta le transmitía.

Pero la lista de sinéstetas célebres es larga y sorprendente: Nikola Tesla, Lady Gaga o incluso Stevie Wonder, ciego de nacimiento, que sin embargo “percibe tonalidades” al tocar el piano. Algo parecido le pasaba al compositor Franz Liszt, que se desesperaba cuando le pedía a su orquesta que tocara “un poco más azul” y “menos rosa” y los músicos no le entendían.

Una oportunidad para comunicar

Aunque solo unos pocos privilegiados viven en el mundo de la sinestesia, el hecho de que la población mundial casi unánimemente pueda identificar Kiki y Bouba en unas manchas mal hechas nos dice que estamos ante un modelo sinestésico común. En él, los sonidos oclusivos de “Kiki” nos evocan las formas puntiagudas de la figura, mientras que la sonoridad pomposa de “Bouba” nos traslada a la silueta redondeada.

María José De Córdoba es sinésteta y lleva más de 20 años estudiando esta condición en la Universidad de Granada. Sus investigaciones han revelado que todo el mundo nace con sinestesia, puesto que los bebés tienen un cerebro interconectado pero los distintos sectores sensoriales se dividen cuando entra en juego la conciencia. Solo que en algunos casos, como en el suyo, la conexión se mantiene.

Entonces, si (casi) todos entendemos que Kiki es Kiki y Bouba es Bouba, ¿qué oportunidades abre la sinestesia para la comunicación? Se me ocurre una muy clara: el márketing sensorial. Se trata de explotar al máximo esta asimilación natural o naturalizada para llegar al consumidor a partir de los cinco sentidos y potenciar sus experiencias y emociones.

Un ejemplo de márketing sensorial que utiliza la sinestesia como punto de partida es esta campaña de Coca Cola en la que se evoca una sensación sonora con una imagen. Este anuncio se emplaza en la memoria sensorial para hacer esta asociación visual-sonora que a un sinésteta le saldría de forma natural pero que el resto de mortales hemos desarrollado a partir de la experiencia: en efecto, de beber Coca Cola.

Campaña ‘Try not to hear this’ de Coca Cola
Campaña ‘Try not to hear this’ de Coca Cola

Sin embargo, el ejemplo más sensacional (en todos sus sentidos) de sinestesia bien usada para el márketing es esta campaña de Samsung que explora la experiencia de Neil Harbisson, un artista y activista cíborg que, pese a no ver los colores, puede oírlos mediante un implante que convierte las ondas de luz en frecuencias de sonido. Este tipo de sinestesia adquirida es sin duda un reclamo que la compañía ha sabido explotar.

Hemos visto sinestesia en el arte, en la poesía, en la publicidad. Pero sin duda la más pura la encontramos en la cotidianidad. Y es esta naturaleza asombrosa, que llena de colores un escenario tan gris como la normalidad, la que más nos debería fascinar.

BONUS TRACK: Experiencias sinestésicas

“De pequeña un día propuse jugar con mis amigos a decir de qué color veíamos los números. Ellos respondían al azar, yo veía realmente el color en esos números.” — Eva Jou

“Mis padres me preguntaron qué me parecía el nombre de Laura para mi hermana, que estaba a punto de nacer. Les dije que me gustaba por sus tonalidades crudas y anaranjadas y por su textura en espiral.” — Judith Méndez

“Asocio melodías con figuras geométricas y la palabra ‘tríptico’ me sabe a golosina.” — Míriam Carbó

“En una clase de psicología en bachillerato nos explicaron lo que es la sinestesia y yo me quedé muy sorprendida al enterarme de que eso no le pasaba a todo el mundo y que en efecto soy sinésteta.” — Laura Roig

“Lo paso mal en el metro, porque para mí el número 3 es amarillo, pero en el metro de Barcelona la L3 es verde y la amarilla es la L4. Me he equivocado de línea varias veces por esto.” — Berta Moya

*Puedes descubrir más sobre estos testimonios en este artículo que publiqué junto con unos compañeros de carrera hace ya unos años, mientras aún estudiábamos (la realización de los vídeos no es la mejor, pero estábamos aprendiendo y nos lo pasamos muy bien preparando el tema): Sinestèsia, l’art d’assaborir paraules i escoltar colors (catalán).

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Íngrid Gustems
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Periodista. Experta a trobar dobles espais en textos aleatoris. Defensora dels diacrítics. També soc (sóc) bona presentant-me malament.