La elocuencia en la mirada de un perro (I)

Íngrid Gustems
BroadcasterMedia
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3 min readOct 7, 2020

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Hace unos días, ojeando Twitter, vi un vídeo que me fascinó. No fue por emotivo que me cautivó. Tampoco por humor. Era un vídeo de esos que te dejan pensando. Sin decir mucho, lo decía todo. Fue su elocuencia, simple y clara, lo que aportó todo el valor a un vídeo común: White House Dogs.

Se trata de la campaña de Dog lovers for Joe, impulsada por Rob Schwartz, CEO de TBWA New York, para apoyar a Joe Biden en su camino hacia la Casa Blanca. El mensaje es sencillo: todos los presidentes de Estados Unidos de los últimos 100 años han tenido perro. Menos uno. Donald Trump.

Campaña de Dog Lovers for Joe

Después de enumerar cada uno de los perros que acompañaron a los presidentes pasados en su estancia en la Casa Blanca, el vídeo muestra las palabras del actual presidente respecto a la idea de pasear uno por sus jardines y culmina con una tierna imagen de Biden con su perro Champ.

¿Pero por qué es tan genial este corto vídeo? Sin duda, por su mensaje. Los creadores de la campaña han sabido encontrar algo más allá de la política que pueda definir a Trump con respecto al resto de presidentes: su relación con los perros.

Los perros son seres puros, asociados con la lealtad y lo genuino, ¿qué clase de presidente que se precie no tiene un perro en su casa? No hay excusas que valgan, no será por espacio y jardines en la Casa Blanca. Si Trump, a diferencia de sus predecesores durante los últimos 100 años, no tiene un perro, quizás (y solo quizás) es que no es digno de dirigir un país como Estados Unidos.

“If a dog will not come to you after having looked you in the face, you should go home and examine your conscience.” — Woodrow Wilson

La imagen

En un mundo, el político, en el que todo está pensado y posado, estudiado al milímetro para conseguir un rédito en las urnas, los perros son uno de los pocos elementos que no se pueden controlar (aunque sí se pueden “utilizar”, como muestra esta campaña). Y por ello, rompen todo el staging y el esquema de rectitud del político, a la vez que le devuelven la imagen humana.

Pero más allá de la imagen están los hechos. Mucha gente (me incluyo) cree que no puedes fiarte de alguien que desprecia a los perros, que no siente ni una pizca de calorcito en el corazón al ver un cachorro sonriente. Y otra mucha confía en el instinto, ese sexto sentido, de los canes para identificar a las personas poco fiables.

Las palabras de Trump sobre tener un perro en la Casa Blanca

“Don’t accept your dog’s admiration as conclusive evidence that you are wonderful.” — Ann Landers

La sutileza de una mirada

Sin entrar en qué presidenciable es mejor (o en este caso, menos malo), lo que está claro es que los perros trascienden la comunicación humana. En la mirada de un perro hay sinceridad y humildad, amor y respeto. Sin hablar, expresan.

Hay tanta realidad y emoción en estos animales que aun viviendo pocos años nos marcan para toda la vida. Pero de esto hablaremos en el siguiente artículo.

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Íngrid Gustems
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Periodista. Experta a trobar dobles espais en textos aleatoris. Defensora dels diacrítics. També soc (sóc) bona presentant-me malament.