Arte y batalla (Parte 2)

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Por Yunier Mena Benavides

Los cien años de la Revolución Socialista de Octubre imponen de modo insoslayable una serie de lecturas, de reflexiones en torno al devenir desde los primeros pasos hasta la actualidad.

De esa manera los revolucionarios debemos verificar la orientación y la calidad de nuestros esfuerzos. Así conviene acercase a las ediciones de Pravda en mayo de 1923 en las que Lenin pretendía hacer entender la importancia de la cooperación en las nuevas circunstancias soviéticas.

El gran líder teórico y práctico sancionaba a sus destinatarios por el hecho de no considerar como se debía el intercambio cooperativo masivo en aquel instante en que la NEP ya había sellado la alianza obrero-campesina en medio de la crisis económica.

Si la NEP fue un paso hacia atrás al otorgar cierta libertad al capitalismo, el logro del éxito cooperativo era comenzar el decisivo paso hacia adelante. Después de empoderados los obreros, opinaba Lenin, en un Estado que los libera de su condición de explotados y los hace dueños de los grandes medios de producción estatalizados «todo lo que necesitamos es organizar en cooperativas a la población rusa en un grado suficientemente amplio y profundo, durante la dominación de la NEP, pues ahora hemos encontrado el grado de conjugación de los intereses privados, los métodos de su comprobación y control por el Estado, el grado de su subordinación a los intereses generales, lo que antes constituyó el escollo para muchos socialistas».

En esa dirección se podría llegar a prescindir de las relaciones capitalistas y consolidar el socialismo, pues «cuando es un hecho el triunfo de clase del proletariado sobre la burguesía, el régimen de los cooperadores cultos es el régimen socialista».

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En la lectura de «Sobre la cooperación» hay que comprender la esencia anticapitalista de cooperar, su carácter de trabajo mancomunado sin explotadores; además, hay que reconocer que Lenin se enfocaba en la economía agrícola:

«Bajo nuestro régimen actual, las empresas cooperativas se diferencian de las empresas capitalistas privadas por ser empresas colectivas, pero no se diferencian de las empresas socialistas, siempre y cuando se basen en una tierra y empleen unos medios de producción pertenecientes al Estado, es decir, a la clase obrera».

Por esta realidad concreta Lenin establecía una identidad entre cooperación y socialismo.

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Las masas que protagonizan la Revolución y que al experimentar la libertad se llenan de entusiasmo, necesitan continuar su aprendizaje y deben salir vencedoras en la batalla cultural para interiorizar y aprovechar al máximo las ventajas de la cooperación.

El Estado tiene la responsabilidad de afianzar política, organizativa y materialmente las cooperativas. En resumen, fueron estas las ideas publicadas en las páginas de Pravda los días 26 y 27 de mayo de 1923. Se destaca en ellas la visión del socialismo como un sistema cooperativo, el llamado a constituir cooperativas y el papel rector del Estado en ese proceso.


Hoy en Cuba tampoco prestamos atención suficiente a la cooperación. La concepción predominante de nuestra economía es estatista, aunque se dé una brecha modesta a cooperativistas y privados en distintas ramas y el economicismo difunda axiologías ajenas al pensamiento anticapitalista.

El socialismo debe servirse de las cooperativas comprobando que no sean empresas colectivas de espaldas a los requerimientos de la sociedad o negocios privados solapados donde subsista la explotación.

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El viraje histórico que plantea el socialismo no puede pactar con el individualismo y el egoísmo, no puede pactar con la herencia de la vieja sociedad que reproduce el orden capitalista.

Dejar atrás el capitalismo exige hacer un camino donde se forjen relaciones de producción en las que los individuos sean mucho más que fuerza de trabajo para generar plusvalía, seres cuya realización plena no depende de la no realización plena de nadie.

El socialismo no se consigue con propiedad privada, producción dirigida por una casta burocrática bien o mal intencionada ni con la satisfacción de intereses particulares, sino a partir de la conjugación básica de elementos opuestos que la clase trabajadora necesita instaurar en la realidad como piezas de un nuevo mundo, a fin de lograr una organicidad sistémica regulada por el poder estatal obrero hasta tanto no se convierta en funcionamiento infalible asimilado en la vida individual y social de tal modo que un elemento constituya presupuesto del otro.

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Tales elementos son la propiedad social de los medios de producción, la producción dirigida por los trabajadores y la satisfacción de necesidades sociales.

¿Por qué la propiedad privada no sirve para el socialismo y por qué el socialismo donde subsista es un socialismo que no sirve? Ese tipo de propiedad separa al que trabaja de los medios con que trabaja y lo obliga a ser una mercancía al vender este su fuerza de trabajo, todo lo cual posibilita que el capitalista mande y se enriquezca. Si este estado de cosas se mantiene mínimamente el socialismo todavía no sirve, es decir, aún no es un sistema orgánico ni ha extinguido de su seno el alto riesgo de retroceso.

¿Por qué la burocracia no sirve para el socialismo? Y hágase evidente que hablo de socialismo y comunismo sin aceptar la división mecánica en dos etapas, sino de un solo sistema de producción que busca su organicidad. ¿Qué es la burocracia, una clase o una capa social? ¿Cuál es su historia y su futuro?

La burocracia, del francés bureaucratie, designa el conjunto de los que se dedican a la administración pública, a su método de trabajo, así como la autoridad e influencia incrementadas de los mismos en el Estado, y surgió con este al servicio de la clase dominante.

La burocracia en el inicio del socialismo se compone de funcionarios y empleados anteriormente subordinados a la burguesía y de miembros de la clase rebelada, todos bajo el mando de un gobierno revolucionario que comienza a respaldar la revolución social, los intereses de las amplias masas trabajadoras.

Luego, con el aumento de la cultura de la población, crece en el aparato burocrático la presencia de la clase trabajadora. Más tarde, una burocracia hecha esencialmente de personas de origen no burgués técnicamente preparadas para acciones de dirección, registro, archivamiento y chequeo tiende como todo aparato jerarquizado al escamoteo de la información, al autoritarismo y al beneficio propio a partir de su posición administrativa.

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Ha de darse paso al colectivo trabajador dirigente como objetivo de la lucha de la vanguardia política consciente para que no se cometa la apropiación del trabajo ajeno. Para ello los que trabajan, ahora dueños de los instrumentos de producción, tienen que dirigir y controlar el trabajo al proveerse los medios de vida acordes a sus demandas físicas y socioculturales, deben gobernarse a sí mismos, pues «simultáneamente con la base material hay que construir al hombre nuevo», como escribió el Che.

Por último, producir para el interés individual no sirve para el socialismo porque es una actividad que no fractura la organicidad capitalista, al dividir a los explotados y convenir al enriquecimiento individual de los burgueses, al desatender el derecho colectivo de satisfacer las necesidades comunes a cada integrante del cuerpo social. Producir para satisfacer necesidades individuales se opone a la cooperación y solidaridad entre los individuos y grupos sociales. La cooperación y la solidaridad evitan que las necesidades de todos sucumban al lucro o las necesidades particulares y egoístas de unos pocos.

El Estado debe garantizar el viraje socialista con una dictadura democrática de los trabajadores que someta todo intento de explotación y autoritarismo generando una participación popular en la que se produzcan los hombres del socialismo, los productores cooperativistas cultos libremente asociados cohesionados por un plan y no abocados al simple crecimiento económico, sino al desarrollo humano.

El viejo Estado burocrático verticalista tiene la especial misión de atentar contra sí mismo, debe trocarse en un conjunto de pilares horizontales democráticos de estabilidad social, de trabajo sin divorcio de mano e intelecto. Así el tiempo libre llegará a ser la verdadera riqueza de las naciones.

En el combate social por el cambio radical de las condiciones de vida los intelectuales, y sobre todo los artistas, deben apoyar al socialismo como escoltas de la belleza, la verdad y la justicia.

El socialismo ofrece al hombre la más firme defensa y el contexto más propicio para el trabajo, el ocio, el pensamiento, la creación y toda la interminable lista de hechos que componen la humana existencia.

Los intelectuales deben participar en la transformación del mundo con la cabeza, la mano, el fusil y la piedra según el instante, el lugar y la resistencia de los burgueses o los burócratas. Es hora de oponerle al sentido común el pensamiento crítico allí donde las revoluciones vacilen y la humanización se detenga, ralentice o confunda con la lógica del capital.