Cómo funciona aceptar (o no) lo que no podemos cambiar

“I’m pretty much fucked. That’s my considered opinion. Fucked.” 
― Andy Weir, The Martian

Apenas seis soles luego de llegar a Marte, Mark Watney tuvo que enfrentar la realidad de haber quedado varado en el planeta al que apenas estaba acostumbrándose. Una tormenta de arena, paradójicamente, ponía en riesgo la capacidad de volver a la Tierra y se decidió abortar la misión. Pero en medio del escape Mark fue arrastrado y dado por muerto. Al despertar notó que, al menos, su página en Wikipedia diría: «Mark Watney, único humano fallecido en la superficie marciana.»

The Martian (2011) es la primera novela de Andy Weir, un programador californiano. Weir optó por publicar gratuitamente cada capítulo en su web tras haber sido rechazado muchas veces por editoriales. Pero a medida que lo hacía, sus lectores le iban haciendo correcciones científicas, que sumadas a su propia investigación resultaron en una obra muy plausible. Luego de subir el último capítulo, sus lectores le pidieron si podía subir la novela a Amazon. Vendió 35 mil copias en tres meses al mínimo precio permitido (99 centavos), superando incluso las descargas gratuitas de su web.

Cuando en 2015 salió su adaptación, dirigida por Ridley Scott y protagonizada por Matt Damon, se la celebró por su fidelidad a la ciencia y por la construcción del personaje de Watney. Es cierto que en Marte no puede haber tormentas de arena, pero podemos concederle prácticamente todo el resto. Fue tal el entusiasmo en la NASA que llegaron a hacer sus propias proyecciones. En un contexto en el que la exploración del espacio no es vista como una prioridad, y el presupuesto en ciencia y tecnología está en disputa, una película que muestra las virtudes del método científico es un motivo para celebrar. Es por esto que The Martian no sólo es una buena película, sino que es una película importante.

Pero no fue (solo) esto lo que me voló la cabeza al leer el libro. Fue verme a mí mismo perdido en Marte, varado en condiciones que difícilmente pudiera cambiar, esperando a que algo o alguien me rescate, disputando la mera idea de que eso fuera posible.

“Everything went great right up to the explosion.”

Hay días mejores que otros. Hay meses mejores que otros. Y hay años. Hay años tan malos que nos gusta decir que no fueron años. El 2015 fue uno de esos años. Pero al apilarse los días que sucedieron a aquel terrible, no bueno, horrible, muy mal año, me entretiene más recuperar todo lo que aprendí, antes que todas esas cosas para las que nunca encuentro un momento para recordar.

Apenas un mes antes de que mi terapeuta, Candelaria, me contara que se iría a vivir a Sierra Leona, se estrenó en el cine The Martian. Era obvio que me iba a gustar: dos horas y media de un tipo varado en Marte obligado a resolver problemas para sobrevivir.

Apenas volví a casa del cine descargué el libro y lo empecé a leer. En poco más de diez días lo había terminado. Era un mal año, ¿pero qué tal si la clave para darlo vuelta estaba en la historia de Mark Watney? Sólo tenía que tomarlo como un problema a resolver o, como diría él: “[I’d] have to science the shit out of [it].”

En uno de esos últimos encuentros con Candelaria, con quien ya iba en modo de despedida, le comenté que había encontrado una clave terapéutica. Se lo conté casi como un secreto profesional, de un profesional a otro, como si le estuviera contando la posta para la resolución de cualquier problema imaginable.

La revelación había surgido de un momento crucial de la novela, que en la película casi es pasado por alto. Se trata de la escena en que Watney queda atorado en una escotilla que explota. Su hábitat en Marte queda inservible, tiene limitado oxígeno, su traje queda casi destruido y directamente se harta, luego de cuatro meses, de ese maldito planeta.

AUDIO LOG TRANSCRIPT: SOL 119
You know what!? Fuck this! Fuck this airlock, fuck that Hab, and fuck this whole planet!
Seriously, this is it! I’ve had it! I’ve got a few minutes before I run out of air and I’ll be damned if I spend them playing Mars’s little game. I’m so god damned sick of it I could puke!
All I have to do is sit here. The air will leak out and I’ll die.
I’ll be done. No more getting my hopes up, no more self-delusion, and no more problem-solving. I’ve fucking had it!

Cuando estaba leyendo el libro, prácticamente en la piel de Watney, lo entendí. Estuve de acuerdo. Yo también reaccionaría así si luego de tanto tiempo de atar todo con alambre; de sobrevivir a base de hacks — para tener más agua, para tener más comida, para no morirme — , casi todo lo que intento indefectiblemente falla. Pero ahí es cuando se da la clave para aceptar (o no) aquello que no podemos cambiar: darnos un momento para el berrinche, pero luego ponernos manos a la obra.

AUDIO LOG TRANSCRIPT: SOL 119 (2)
Sigh…okay. I’ve had my tantrum and now I have to figure out how to stay alive. Again. Okay, let’s see what I can do here.…
(…)
I gotta think for a minute.

No sé si mis palabras harán justicia a la situación de explicarle a mi terapeuta los siguientes elementos para llegar al punto: i) cómo funcionan los viajes a Marte según este libro; ii) cómo Mark Watney queda varado; iii) por qué explotó la escotilla y iv) qué es lo que me quedó de todo eso. Escribiendo estas mismas líneas me pregunto si realmente debería sorprendernos que Candelaria se haya ido a vivir a África.

En cualquier caso, ya casi redondeando lo que quedaba de aquel año, decidí que estaba bien darme lugar al berrinche, siempre y cuando se convirtiera en ponerse manos a la obra. El chiste, en efecto, estaba en no quedarse en el berrinche. Pero detrás de las peripecias de Watney lidiando con su propia serie de eventos desafortunados había un aprendizaje más.

La antena de comunicaciones está rota, no hay suficiente comida, el hábitat diseñado para durar treinta días debe durar dos años, y nadie sabe que está vivo. Pero una y otra vez a lo largo de su larga estadía Watney se recuerda a sí mismo que cuando empieza a atolondrarse porque los problemas lo abruman, es uno a la vez lo que hay que resolver, sin importar qué explota, qué falta, o qué hay que arreglar. Un paso a la vez, un día a la vez.

“He’s stuck out there. He thinks he’s totally alone and that we all gave up on him. What kind of effect does that have on a man’s psychology?” He turned back to Venkat. “I wonder what he’s thinking right now.”
LOG ENTRY: SOL 61 
“How come Aquaman can control whales? They’re mammals! Makes no sense.”

La novela es inagotablemente extraordinaria, y apenas escribiendo estas líneas casi caigo en la tentación de releerla en vez de terminar el texto. Pero si debemos hacer notar un último aprendizaje, es el de mantenernos no sólo ocupados, sino intelectualmente entretenidos. Los problemas con los que se encuentra Watney no sólo son desafiantes, son apasionantes. Y es por eso que el vínculo entre lo narrado en The Martian y la manera en que podemos ver al mundo pueden tener un impacto tan grande.

Watney no podría resolver sus problemas con meras buenas intenciones o ingenio, sino que encuentra cómo hacer uso de todo lo que aprendió hasta ese momento a su favor. No sé si habré logrado transmitirle a Candelaria el punto detrás de mis eternas explicaciones, sobrecargadas de detalles intrascendentes, pero aquel cierre no sería tampoco anecdótico.

No hace falta estar varados en Marte para sentirnos en Marte. Pero como Watney, frente a aquello que no podemos cambiar casi siempre podemos dar guerra con el ingenio y la curiosidad que, a veces, además de sacarnos del sopor cotidiano, pueden hacernos sobrevivir.

“Things didn’t go exactly as planned, but I’m not dead, so it’s a win.”

Este correo fue enviado el 6 de agosto de 2017. 
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