Cómo funciona sentarse en el pasto

“I like it when a flower or a little tuft of grass grows through a crack in the concrete. It’s so fuckin’ heroic.” 
― George Carlin

A pocos pasos un perrito corre alrededor de un humano que cada tanto le presta algo de atención antes de volver a lo que estaba haciendo. A unos metros de distancia una pareja tiene una conversación que desde donde estamos parece estar atrapada en un loop, siguiendo la misma coreografía hasta que el sol caiga y nos vayamos. El agua de la laguna es de apenas un gradiente más oscuro que el verde del pasto alrededor. Si no fuera por el zumbido de la avenida, el verde bien podría extenderse hacia el infinito, y si no fuera por los mosquitos, nuestra conversación también.

En god is not Great (2004), Christopher Hitchens recuerda probablemente su primera sospecha acerca de lo absurdo del relato religioso de la creación. Con apenas nueve años, escuchó a su “pobre y querida señora Watts” extralimitarse en su rol de profesora de religión y de ciencias naturales. Watts les dijo: «así que ya ven, niños, lo poderoso y generoso que es Dios. Ha hecho que todos los árboles y el pasto sean verdes, que es justamente el color que más descansa nuestra vista. Podrían imaginarse lo desagradable que sería si, en lugar de hacerlo así, la vegetación fuera toda morada o naranja». Horrorizado, Hitchens pudo preguntarse: ¿no será que son nuestros ojos los que se adaptan a la naturaleza, y no al contrario?

Pero el pasto no siempre remite a lo armonioso de la naturaleza, sino que su significado y sus implicancias pueden variar ampliamente según el momento y el lugar. Por ejemplo, habiendo crecido en el indomable paisaje de la montañosa Patagonia, el césped — lejos de significar lo natural — siempre me resultó huella del urbanizante paso del hombre. El pasto es eso que crece cuando aquellos que odian al bosque cortan sus árboles. Aunque también hace evidente lo fútil del intento: la batalla por el dominio de la naturaleza simplemente no puede ganarse. Alcanza con dejar un jardín desatendido por unas semanas para caer en la cuenta de lo frágil e ilusorio que es nuestro deseo por tener el control permanente de la naturaleza.

El pasto — agradable para mirar, cómodo para que los niños jueguen e incluso baño para los perros — no tiene valor productivo, sino sólo cultural. Como comenta Yuval Noah Harari en Homo Deus (2015), la idea de mantener amplios espacios cubiertos por césped germinó en los castillos de Francia e Inglaterra al final de la Edad Media como un indicador de status para la nobleza. Este símbolo de clase era imposible de fingir: sólo los ricos podían dedicar terrenos enteros al distendimiento y no a la producción. Las celebraciones importantes y eventos oficiales se realizaban sobre el verde, intocable el resto del tiempo. Incluso hoy seguimos heredando, en la forma de amistosos carteles de “prohibido pisar el pasto”, la intocabilidad sagrada del césped.

Recién con la Revolución Industrial y la aparición de las cortadoras de césped mecánicas las poblaciones urbanas pudieron acceder al lujo de tener un parche verde en casa. De este modo, el césped pasó a ser marca del compromiso con la conformidad suburbana, y la renuncia a tener un patio verde marca de subversión. Se calcula que en EE. UU. prácticamente un tercio de todo el uso residencial de agua va para el cuidado de los jardines. Como argumenta Harari, este deseo por el césped indica más de una herencia cultural que rara vez es puesta en duda que un genuino deseo por dedicar todos nuestros domingos a su mantenimiento (incluso cuando eso podría significar la condena social).

“A child said ‘what is the grass?’ fetching it to me with full hands;
How could I answer the child? I do not know what it is any more than he.”
 — Walt Whitman

Pero lejos de los suburbios estadounidenses, los simples mortales que vivimos amuchados en departamentos dispersos por la ciudad, encontramos en el pasto algo de refugio del ajetreo urbano. Es el olor a césped recién cortado el que puede excitar todo tipo de recuerdos y como si del cuaderno de The Butterfly Effect (2004) se tratara, llevarnos al momento que queramos. Es el uso de nuestras manos como inútiles pero entretenidas cortadoras de pasto el que nos ayuda a sobrevivir a difíciles conversaciones, sentados en el césped. Es esta doble función de verde apaciguador y colchón improvisado lo que puede salvarnos en más de una caída, tratando de alardear de habilidades deportivas que no tenemos.

Puede que sea lo monótono del pasto, fácil de imaginar infinito en todas las direcciones, lo que nos facilita mirar al horizonte si nos están forzando a pensar en el futuro. Quizá nos conmueve también por su vínculo con lo eterno, lo incorruptible. El pasto es siempre el mismo, a no ser que algo haya salido mal y es por esto que los recuerdos sobre él bien podrían no tener marcas temporales, ni siquiera con el cambio de estaciones. Como diría la señora Watts — incluso cuando la idea de una vida después de la muerte nos resulte repulsiva — al imaginar el cielo seguramente lo hagamos cubierto por infinitos campos verdes.

Entre los brotes que me rodean encuentro alguna ramita y me dedico a partirla en cortes iguales. Cada tanto miro a lo lejos alguno de los árboles que interrumpen el verde y por un momento me pregunto cuántos años tendrá. A pocos metros está la estatua de Sarmiento que se supone ocupa el lugar que solía tener la habitación de Rosas. Tengo muchas ganas de acostarme y mirar un momento al cielo, pero no lo hago. Me pregunto por qué por lo general no paso más tiempo en el pasto, teniéndolo tan a mi alcance. Antes de que pueda darme cuenta el verde ya casi no es verde, y los matices de la noche junto a las luces de los faroles remixaron el paisaje entero. Ya con un poco de frío nos levantamos para irnos. Ganaron los mosquitos.

I’ll just stand on the meadow” by Gonzalo Martínez Moreno (CC BY-NC-ND 4.0)

Este correo fue enviado el 1 de octubre de 2017.
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