Cómo funciona ir al supermercado

I’m all lost in the supermarket
I can no longer shop happily
I came in here for that special offer
A guaranteed personality
 — “Lost in the Supermarket”, The Clash

Apenas me mudé a Buenos Aires vivía con mi hermana en un hermoso departamento de «estilo francés» (según fue listado cuando los dueños lo pusieron en venta) justo donde Almagro se convierte en Palermo. Era nuestro primer experimento de convivencia. Hoy en día recordamos aquellos días con una insinuada sonrisa, pero rara vez con nostalgia.

En aquel caótico proceso de descubrir quiénes éramos y qué queríamos de nuestras vidas, convivir no nos resultaba de lo más sencillo. Pero de los muchos motivos por los que lo cotidiano se convertía en terreno de debate se destacaba mi actitud esquiva frente a ir al supermercado. O, siendo un poco más justos, la manera en que yo parecía ser simplemente incapaz de explicar por qué me costaba tanto el asunto de ir al supermercado.

En octubre de 1916 Clarence Saunders, un almacenero de Virginia, presentó los papeles para patentar la idea de una «tienda de autoservicio». Al leer el modo en que describe su invención no sé si me resulta más fascinante que se le ocurriera todo esto o que en 100 años los supermercados sigan siendo prácticamente iguales.

Lo novedoso de su invención se entiende si nos detenemos en cómo se hacían las compras por ese entonces. Tal como en la despensa del barrio en el que crecí, en aquella época los compradores esperaban detrás de un mostrador a que los empleados buscaran, pesaran y empaquetaran sus compras. Como describe Saunders en su patente:

It has also been demonstrated that the sales capacity of a store, equipped in accordance with my invention and operating in accordance with my system, is increased several times, i.e., the sales of a store thus equipped have exceeded, by three or four times, the amount of sales that it would be possible to handle in the same store waited upon by clerks in the usual way.
Patente 1242872 de Clarence Saunders para un “Self-serving store”

Este invento del siglo permitía funcionar con costos más bajos, y por lo tanto precios más bajos, que atraían a más clientes, que al mismo tiempo generaban ganancias aún mayores. Los aceitados engranajes del capitalismo en toda su gloria, expresados en una idea tan pero tan sencilla.

Curiosamente, y a juzgar por su propia historia, ir al supermercado no parece haber cambiado mucho en todo este tiempo. Aunque parecería ser que la experiencia desde entonces no hizo más que complejizarse hasta el extremo. Confío en que visitar un supermercado es quizás de los procesos cotidianos más complejos al que podemos enfrentarnos con relativa frecuencia. Es un ritual que implica planificar una gran variedad de detalles antes, durante y después de la visita misma.

No sólo eso, sino que la necesidad de visitar el supermercado nos acecha permanentemente, sin nunca poder ser satisfecha del todo. Casi como si de la muerte misma se tratara, podemos intentar no pensar en ella pero siempre va a estar ahí, hasta que el momento (de comprar pan o de estirar la pata) llegue.

La preparación de una visita al supermercado no sólo nos obliga a mantener un minucioso registro de aquello que debemos conseguir sino que nos fuerza a restringir esa lista a lo que efectivamente podemos conseguir. Como condicionante extra se suman los malabares para hacer coincidir aquello que queremos, con aquello que se consigue con aquello que está en oferta. Lleve 5 unidades de este producto y pague cada una como si cada 6 unidades el costo se redujera en un 32% (sólo aplica a mismo producto y variedad). De haber sabido que la vida en sociedad sería así no hubiera abandonado Análisis Matemático en el CBC.

Una vez en el supermercado para afrontar el desafío con eficiencia debemos ser capaces de recuperar un mapa imaginario del lugar—generado a partir de visitas anteriores — o bien ser capaces de ir trazando el mapa a medida en que avanzamos en la jungla de productos excesivamente promocionados.

Este apabullante desafío de ubicación espacial no es para nada menor. No sólo constituye una proeza cognitiva en sí misma, sino que es la manifestación misma de una lucha en contra de espacios diseñados deliberadamente para que nos perdamos. Encontrar el camino hacia las Indias desde Europa parece un paseo en velero ante el desafío de encontrar el estante donde está el orégano.

Y no es sólo su diseño lo que se dispone para lograr nuestra perplejidad. El supermercado es terreno de disputa por todos nuestros sentidos. La música que no nos deja oír nuestros pensamientos, los olores que invaden cualquier capacidad de concentración, el roce con otros seres con pobre percepción de su propia espacialidad y todos esos colores que nos hacen pensar en si dormir la siesta en un lavarropas encendido no hubiera sido mejor idea. Claro esta descripción suena exagerada, pero es porque remite a la punzante experiencia que nos resulta la visita al supermercado a los que sufrimos (o surfeamos) la hipersensibilidad sensorial.

Resulta que el motivo por el cual mis visitas al supermercado resultaban tan frustrantes tenía que ver exactamente con este carácter rayante en lo violento de la experiencia. A veces algunas situaciones pueden ser simplemente demasiado como para poder procesarlas en cerebros que hacen tictac de otro modo.

Una vez en casa, victoriosos, comienza el último paso de la aventura: lograr que lo nuevo coincida con las capas geológicas de presas capturadas en salidas anteriores. Pero podemos estar todos de acuerdo en que este es el momento en el que más lejos estaremos de volver a ir al supermercado y así, podemos estar contentos. ¿Quién no gusta de prestarse a una experiencia de tetris en la heladera?

Justamente, este carácter de aventura hace a la visita al supermercado un desafío noble. Y aunque nuestro coraje podría derivar en una poco glamorosa crisis nerviosa, la clave no está en eliminar esta experiencia de nuestra vida. En cambio, todo el chiste está en adoptar estrategias para afrontarla. Como decía Desmond Morris en la serie de la BBC The Human Animal (1994) acerca de nuestro carácter de cazadores:

Viewed as a pattern of human feeding behavior, a trip to the supermarket is the remarkable endpoint of a long journey through evolutionary time, a journey that started in the primeval forest and at the checkout counter. To me, it’s a story of an arboreal ape, which became a ground-dwelling predator, which in turn became a credit card customer.

Al igual que cuando nuestros antepasados salían en la nieve a cazar un mamut, yo creo que puedo soportar algunos codazos, el olor que viene desde el sector de lácteos, todas esas etiquetas brillantes y la música que no nos deja pensar. Sólo tengo que lograr que el mamut no se caiga encima mío.

Este correo fue enviado el 9 de julio de 2017. 
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