Taxi-Librería
Invitado especial: Juan Manuel Landeros

Hace ya ocho años que hice de mi taxi un taxi-librería. A nadie se le había ocurrido. Es de esas ideas que si se producen en Nueva York, Roma, París o Moscú, ya se habrían desparramado por el mundo; o bien, digamos en México, dejarían boquiabierto a más de un político — exactamente, de esos que andan a la búsqueda de subirse al trampolín del puesto electoral. En fin, es de esas ideas que sobrevienen una vez en años. Y que luego cualquiera dice: ¿por qué no se me había ocurrido?, o, peor aún ¿por qué no se me ocurrió a mí? La fortuna que me hubiera dejado…
Desde entonces mi taxi es una biblioteca — porque ahí mismo el libro puede leerse — y una librería — porque también se puede comprar — y esto le da un giro por completo al concepto del taxi, en lo que se refiere a una mera fuente de ingresos, y a la idea de que un taxi es el modo más fácil y expedito de que el pasajero sea asaltado, secuestrado, violado y acaso muerto en el camino.
El proyecto consiste nada más en poner en las manos de otras personas los libros que a mí me ha gustado leer desde hace cantidad de años, o también en fecha reciente. Porque me gusta pensar en el pasajero. La mayoría de las personas se suben al taxi con nervios, en un estado de inquietud total. Todo mundo lleva prisa. A todo mundo ya se le hizo tarde. Y el libro les da un poco de tranquilidad. Me consta. Hasta la cara les cambia a los pasajeros. Es como si se sosegaran. Hasta se acomodan de un modo diferente cuando se sientan. Empiezan a hojear los libros y se sonríen, o muestran interés. Siempre con respeto. Con mucho respeto. Como traigo música clásica en mi auto la gente termina relajada por completo. Desde que inicié el proyecto, no se ha subido una sola persona que no se muestre interesada. Que no le llame la atención. Algunos me han preguntado que si es una iniciativa del gobierno, o para quién trabajo, como queriendo sacar el hilo, por lo de los libros, y yo les respondo que para nadie. Que soy independiente.
En el respaldo del copiloto pego un pequeño cartel en el que, al lado de un soneto de Shakespeare, el número 30, le anuncio al pasajero que el auto es un taxi-librería con la siguiente leyenda: “Mientras viaja y llega a su destino solicite un libro para su lectura con su texto-servidor”.
En la lista incluyo sólo autores que sean difíciles de conseguir o que no son muy conocidos, como Josefina Vicens, Eusebio Ruvalcaba, Víctor Roura, etc. No incluyo libros de Carlos Fuentes, de Xavier Velasco, de la Loaeza, o de Octavio Paz, porque esos se consiguen fácilmente en cualquier librería.
Anécdotas a paso
Desde luego, las anécdotas no se hacen del rogar:
Me topé con una señora abogada. Muy elegante y muy seria. Me comentó que en su trabajo solamente lee expedientes, aunque, me aseguró, a ella siempre le gustó leer. Pero ahora ya no puede, ya no tiene tiempo. Yo le contesté que no todo en la vida es trabajo, que debemos alimentar nuestro espíritu. Entonces me habló de Mario Benedetti, de que era un autor que le gustaba mucho. Yo le mencioné un cuento del maestro uruguayo que a mí me gusta — Los pocillos — . Y enseguida hablamos de los libros de cuentos que yo llevaba. La invité a que hojeara los libros sin compromiso. Y compró uno. Creo que lo hizo por la forma en que se fue dando la plática, porque se dio cuenta de que no había ignorancia de mi parte, de que no lo hacía yo por afán de lucro.
En otra ocasión se subió una familia. El papá, la mamá y dos hijos treintañeros. El señor iba medio cuete. Les iba presumiendo a los hijos que conocía los lugares por donde pasábamos. Entonces uno de los hijos me preguntó por el soneto de Shakespeare que tengo en mi cartel. El señor se enfureció y dijo que ése no era un soneto. Yo le dije que sí era, que así dice el libro donde lo saqué. Él se enojó más. Sus hijos trataban de tranquilizarlo, pero él se dirigía a mí de plano agresivo. Usted que se la pasa instruyendo, explíqueme esto y esto otro. Yo respondí que ese no era mi propósito, y que no había ningún problema. Cuando llegamos a su destino tomó un libro y me pregunto el precio. Se lo dije. Entonces sacó su cartera y me lo pagó. Miró a sus hijos con orgullo.
La mamá y la hija. Las dos se suben. La hija va con sus cables en los oídos. Pasa primero. Comienza a acribillar a su madre. Le dice que necesita dinero para comprarse una bufanda, que para el reventón al que irá en la noche. Que vio una pulsera padrísima, que cada quien la hace a su gusto, y que necesita dinero para comprarla. La mamá no quita la vista del cartel. La chica le habla, le jala la manga de la blusa, y la mamá ni en cuenta. Con los ojos fijos en las letras. Hasta que la hija le dice qué te pasa que no me haces caso. Entonces la mamá le responde: lee esto y luego hablamos. Y la chica lee el soneto de Shakespeare, en voz alta. Cuando llega al nombre intenta leerlo. Pero se queda en el intento. Le parece ininteligible. Entonces su mamá lee en voz alta el nombre de Shakespeare y obliga a su hija a pronunciarlo. La chica lo hace. Exitosamente. Hasta suda. Se bajan en la esquina. No compran ningún libro.

Confianza y desconfianza
Los taxis siempre van de la mano de la polémica. De pronto hay quien dice que los tolerados representan una maniobra política; no falta quien afirme que los llamados taxis de montaña son bastión de un político que está a punto de saltar a la yugular del poder, y por ahí hay quien a voz en cuello denuncia que finalmente los taxistas son carne de cañón del gobierno de CDMX por la serie de impuestos que deben pagar para que les den sus papeles y se pongan a trabajar. Así pues todo se dice de un taxi, menos que sea una librería.
Quién no lo sabe. La violencia, la inseguridad, los asaltos perpetrados a bordo de un taxi han generado un temor en el pasajero. Antes de abordar un transporte de esta naturaleza, el cliente trata de hurgar si el vehículo es seguro o no. El usuario está tan atemorizado que observa y le toma foto a las placas, la calcomanía que el conductor debe traer pegada en la ventanilla trasera del lado derecho y, hasta donde está en sus posibilidades, indaga en el rostro del trabajador del volante, para reconocer si se trata de un desalmado, de un hombre peligroso a cuyas manos puede perder la vida. Así que cabe preguntarse qué sensación le queda a un pasajero del taxi-librería, ¿qué se dirá? Que es probable que las cosas estén cambiando, que si un taxista de esta ciudad violenta vende libros, fomenta la lectura, encomia a los escritores, pues que si eso pasa es un buen síntoma, un buen signo.
Soy también usuario de taxi, y al subir a uno de ellos, en efecto, se respira de todo: cotilleo, chisme, desprecio político, encono social, incluso a veces se respira la muerte; menos literatura. Y cada vez menos conversación.
El arte de conversar
Cada vez se conversa menos. El arte de la conversación va quedando sepultado en la nostalgia y el olvido. Ya la gente ni siquiera sabe cómo platicar. Los conversadores en potencia se encierran en una cápsula y no hay modo de sacarlos de ahí. Los que nunca han conversado ignoran el valor de las palabras. Si antes las cantinas eran templos dedicados a la conversación, hoy día los parroquianos no quitan los ojos de los monitores. Ya nada los distrae ni genera un comentario; lo mejor es mantener la boca cerrada. Como si todo el mundo tuviera miedo de ser tonto. Por eso la idea del taxi-librería no se limita a generar adictos a la lectura — que todo lector principia por ser curioso y termina en la más pura y declarada adicción — , a provocar en los pasajeros la curiosidad de leer, sino que es el medio ideal para invitar a la conversación. Porque, antes que otra cosa, un libro es un amigo que está con su lector en las buenas y en las malas, y esto es en sí un alimento para la charla. Un libro en las manos acarrea un millón 207 mil preguntas insoslayables que se pueden reducir a una: ¿le gusta leer? Es la pregunta que algunos clientes del taxi me hacen al ver el letrero que está pegado en el respaldo del copiloto. Para ellos resulta muy llamativo, y entonces surge la conversación con la pregunta de si vendo libros. La respuesta es que mientras llegan a su destino, yo puedo prestarle un libro para su lectura, y que si le agrada, si la idea le parece buena, su viaje así será menos aburrido, no nada más se le bajara el estrés sino además podrá adquirir el libro. Muchos me dicen que ojalá siga con esta idea, que es muy interesante pues si algo nos hace falta es precisamente leer. Entonces hablamos de los libros, de lo que tratan, de los autores, de lo que para mí significa leer.

Hasta el próximo viaje
Hace ya ocho años que hice de mi taxi un taxi-librería. Ha sido un viaje maravilloso, que no me ha dejado ningún tipo de fortuna material. Pero sí espiritual. Sí humana. Las historias y la conversación han develado otro tipo de viaje, uno que resiste a la violencia y desconfianza de nuestros tiempos. Y vaya que ha valido la pena. Taxi libre. Taxi libre-ría.
Les compartimos este comentario de Eusebio Ruvalcaba sobre el Taxi-Librería.

