Eso que llamamos “amor”

Mi liberadora:

Ya sabes que me he preguntado muchas veces qué es eso que llamamos “amor”. De hecho, también te lo he preguntado a ti, porque sólo me acerco a aquellas personas con las que me atrevo a compartir la búsqueda. Tu respuesta me pareció una beatería y no quise seguir la conversación. Ahora tampoco. Porque, aunque a ratos creo entenderla y la comparto, no quiero que tu respuesta haya profundizado demasiado. O que se haya convertido en una cursilada terrenal. Prefiero mantener el silencio. ¿Pero sabes una cosa? Desde que unos minutos después volví a pensar tu respuesta, no ha dejado de sorprenderme que en ese momento, sin previo aviso, la tuvieses tan clara.

Otros dudan. Me piden más tiempo para pensarlo. O me dicen que me deje de tonterías, como si este problema fuera sólo para unos pocos. ¿Cómo no entienden que el amor es lo que mueve el mundo?

Todas las guerras del hombre han nacido de la envidia: de la envidia de un suelo más rico, de la envidia de poseer a una mujer, de la envidia a secas. El amor es todo lo contrario, porque es salir de uno mismo para fijarse en Otro. Deja de centrarse en si él es más feliz que yo para preguntarse, simplemente, si él es feliz. El amor nace de la entrega, y por eso surgen de él las dudas y la inquietud. El centro de la vida ya no es el yo.

Aunque también hay gente que piensa que hay que partir del amor a uno mismo. Que sin ese amor no se puede alcanzar otro. No lo sé. Quién lo sabe. Llevamos miles de años haciéndonos preguntas y aún no nos hemos puesto de acuerdo. Ni siquiera en que el hombre deba morir. Últimamente me cruzo mucho con esos científicos que creen que nos lograrán la vida eterna. La eterna juventud lo llaman. O el no envejecimiento. Pero yo no lo quiero. Al menos si es en este mundo.

Fue en un descanso entre clase y clase. Y tú sólo dijiste una palabra. ¿Cómo lo tuviste tan claro?

A mí siempre me ha resultado más fácil encontrar casos de gente enamorada que encontrarle una definición racional. Y mira que hay personas gritando continuamente que se aman… Yo no puedo creerles. Me cuesta conceder la eternidad a los amores de verano. Porque es muy sencillo decir que cuando amaste lo hiciste de verdad, con un para siempre que luego se rompió. Como si la culpa no la tuviese ninguno de los dos. “Son cosas que pasan”, “la vida es difícil”… Sí, claro. Y amar también. Pero aún así hay gente que permanece ahí. Siempre. Sin importar lo que suceda el día D. Sin importar que el otro haga cualquier burrada o se convierta en un imbécil. ¿Y si el amor sólo se puede conjugar en presente? ¿Se puede haber amado y olvidar? Me cuesta entender lo de dejarse de hablar con alguien a quien has amado, a quien amas pero quieres negarlo, por mucho mal que te haya hecho. Aunque no sé. Quizá no he vivido lo suficiente. Quizá la única definición posible del amor es la que se dan entre ellos los enamorados.

Puede que el amor sea un camino secreto sólo andable por los dos. Rogelio, el yo de Por donde sale el Sol (escrito por Blanca García-Valdecasas), habla de Violeta, su mujer, con ese amor que cualquiera envidia. Hay decenas de momentos en ese libro, pero me quedo con uno. Ese en el que cuenta que no pintaba cuadros para que cuatro críticos, o mil, lo pusieran por las nubes. No, a él le daban igual los cuadros. Era algo que simplemente hacía, su manera de ganarse la vida. Pero la felicidad no era eso. Los momentos de felicidad eran aquellos en los que juntaban sus manos, en los que no necesitaban ni hablar siquiera, en los que sabía que para ella él ocupaba el primer lugar. “A veces, a la hora de irnos a dormir, nos costaba la idea de que cada uno se fuera a deslizar por un sueño diferente, sin comunicación”. Y entonces se ponían de acuerdo para pensar en lo mismo. Para soñar lo mismo, inseparablemente.

Son esclavos el uno del otro. Porque quieren. Porque se quieren. Incluso siguen pensando en ellos cuando se han muerto. ¿Cómo lo haría él? ¿Qué pensaría ella de esto? Hay gente que dice que el amor es incompatible con la dependencia. Creo que cuando dos personas se aman se nota principalmente en dos instantes: cuando hablan del otro y cuando se miran. En los dos, amar lleva consigo saber que tú solo no te bastas. Que tu vida es finita. Y que tiene un valor, claro, pero que también puede enraizarse en algo que la supera. Por eso se habla del amado ensalzándolo. Viendo y mostrando aspectos que los demás no ven. Recordándolo incluso cuando ya no está, cuando se ha ido. Para que su vida no sea sólo una.

Las miradas son puras, de una admiración total, sabiendo incluso todos sus defectos. ¿Se pueden amar los defectos de alguien a quien has sometido tu voluntad? Yo creo que sí. Que se ama de verdad conociéndolos. Que puedes llegar a pensar que hay algo bello en eso que considerabas defecto. Que hace amable -en su sentido más sincero- a la persona amada, porque sabes que no es perfecta. Delibes lo resumía de una manera aún más clara: “Nos bastaba mirarnos y sabernos”.

Esas miradas se pueden contar. No ocurren muy a menudo. Y, por eso, no se olvidan. Es una mirada que te atraviesa, que ve todo lo que llevas dentro, que te pide que te rindas, que te abandones en ella, que te va a proteger, que seas consciente de tu límite. Pero ese despojo no es algo triste. Busca tu bien. La última mirada así fue hace meses. Ella estaba sentada en el suelo. Yo, a su lado, pero en una silla. Ella no me conocía, creo. No habíamos hablado nunca. Aunque con esa mirada sentí que me entendía antes que yo. Con sus ojos me decía que le contara lo que quisiera. Que daba igual si había alguien más. Que ella iba a comprender. Que no iba a juzgar. Ojalá tú hayas recibido una mirada como esa. Quizá fue esa la razón de que respondieses tan rápido.

Mientras tanto, tú sigue ciega tu camino,

M.