Colección de: “Buenos Días”

Es increíble pero las personas siempre notan a quien está haciendo algo “raro”, algo que no cuadra con su esquema mental de cómo enfrentar la vida, cuando empiezas la ruta que será la que recorras por meses, e incluso años, de tu casa a tu lugar de trabajo empiezas a notar que la gente te ve extrañada, al principio solo se te quedan viendo con esa expresión que no sabes cómo catalogar, ¿sorpresa con terror?, bueno, yo opte por sonreírles, al principio con lo cansada que iba no lograba pronunciar palabra! Algo tan simple como “Buenos Días” no me salía, no tenía aliento para hacerlo. Con el pasar del tiempo ya te van agarrando confianza, te ven todos los días pasando por el mismo lugar con la misma sonrisa aunque llueva, y como el cuerpo es una maquina tremenda, te vas acostumbrando al ejercicio y empiezas a tener la fuerza como para decir “Buenos días” y pasa algo mágico! Te ven a los ojos, te sonríen y dicen Buenos días también!

Así empiezas poco a poco a recolectar “Buenos días” a lo largo del camino, incluso de conductores, como somos animales de costumbre pasamos más o menos a la misma hora por los mismos lugares. No conoces la historia detrás de esas personas que muy amablemente te regalan una sonrisa y sus buenos deseos para el día.

En mi colección tengo:

  • El señor de los cocos, lo llame así porque siempre está sentado en un negocio que vende cocadas y agua de coco, lamentablemente no me he parado a tomar ninguna, y no es por no querer, es porque queda en la mitad de una pendiente en dirección a mi trabajo y si me paro no podré arrancar nuevamente. Él fue el primero en reconocerme y regalarme sus “Buenos Días”, es un señor mayor de carácter afable, traje azul, una larga barba blanca y sin duda tempranero. Ya a estas alturas, no solo me desea buen día sino que además me anima diciéndome que me falta poco para terminar la cuesta y cuando llueve me pide prudencia con los charcos y el piso mojado. No sé cómo se llama pero me alegra las mañanas con su buen ánimo.
  • El gordito de rayas, este señor es curioso, siempre lleva una chemise de rayas, debe tener centenas de ellas porque tiene de todos los colores, pero siempre de rayas. Es rechonchito y a veces mal humorado (sobre todo cuando lleva un periódico en la mano), al principio ni la sonrisa me devolvía pero como suele pasar en estos casos, se cansó y no le quedó más remedio que sonreír de vuelta y luego murmurar los “buenos días”, creo que empezó a hacerlo por pena, pena de verme sudando y sin aliento intentando que hiciera alguna señal para confirmar que me vio y que existo. Aún me dice buenos días, todavía no se ha cansado de mí, bien podría ignorarme, pero no lo hace y eso se lo agradezco.
  • Los vigilantes, en este caso no tengo ningún nombre “ocurrente” como los dos anteriores, ellos son los guardianes del edificio en el que trabajo, son ellos los que me reciben cuando llego casi sin aire, porque no sé si se los dije, pero mi trabajo queda al final de una pendiente de 10 minutos (10 minutos para mí, pero para un ciclista de esos que salen en televisión seguro son 3 minutos o menos!). Ellos son 2 y un administrador, siempre amables, me dan sus “buenos días”, se burlan de la cuesta diciéndome “oye cada día más empinada, no?”, me abren la puerta de las escaleras para que con la bici al hombro pueda llegar al primer piso que es donde se encuentra la oficina en la que trabajo y se quedan sonriendo, así que supongo que algún efecto positivo debo tener en sus mañanas.
  • Las monjitas, hay un grupo de tres monjitas que caminan por las calles de Montecristo tempranito, no sé si van a misa, a alguna escuela a dar clases o solo a estirar las piernas, el caso es que un día en la ruta que tiene dos canales (ida y vuelta) se me atravesó un autobús que quería comerse la flecha porque el carro que iba en su canal avanzaba muy lento, no me quedo más remedio que montarme en la acera rápidamente y las asuste, ahora que lo pienso, no sé si las asuste porque casi me las llevo por el medio o por el tamaño de la grosería que salió de mi boca. Ahora, esas mismas monjitas se han dado cuenta de que existo y me regalan su bendición en la mañana (tal vez aún con miedo, no lo sé, no lo averiguare).
  • Los bien cuidado de las calles, no importan cual es la zona, Chacao, Boleíta o Sabana Grande, son increíbles, ellos te ven, te saludan y te sonríen pero jamás, jamás! o por lo menos no en mi experiencia, hacen que un carro que va saliendo se detenga y te permita pasar, supongo que ese es su trabajo y deben detener peatones, bicicletas, chicheros y heladeros a fin de obtener el billete que con la ventana a medias le entregan los conductores de este extraño país. Igual aprecio su amabilidad, eso no se lo quito.
  • El fiscal de la parada de camioneticas de los Dos Caminos, esas que suben a Boleíta Norte, siempre malhumorado, y con su cuaderno de notas en mano, no sé qué tanto escribe, responde tarde pero siempre lo hace. Algún día me armare de valor para detenerme y decirle que sus conductores no saben manejar y tienen los retrovisores de adorno, por ahora con el “buenos días” me basta.