Compañera fiel

Tengo dos compañeras, ambas fieles, dispuestas a todo para llevarme y traerme, la primera de ellas es una “montañera”, llego en muy buen momento y ha sido aprovechada ¡al máximo! Es tan noble que no se pincha en las rutas largas, es de fácil mantenimiento (claro, como casi siempre lo hace mi esposo me parece fácil), tiene una cesta que llego para aliviar el peso que llevaba en la espalda, sus cambios a veces son suaves, otras veces son bruscos pero eso le da personalidad, tiene mal carácter si no la saco a pasear los fines de semana. Es mi caballito de guerra para las rutas complicadas, es mi “poste con ruedas”; en ocasiones hemos pensado en adquirir nuevas bicicletas de montaña, más livianas, con más cambios, pero no he tenido el valor, no podría despedirme de esta compañera que me enseño una forma más alegre y hasta humana de ver esta caótica ciudad.

Mi segunda compañera, llego hace apenas un año y medio, es una bicicleta de ruta o carretera, hermosa, azul con detalles en blanco, con los cambios en el tubo y no en el manillar, al principio me costó mucho aprender a cambiar de velocidades pero una vez que le agarras el truco del manubrio y la palanca todo fluye, esta bicicleta también es temperamental, claro, le toca el trabajo más fuerte que es traerme desde el Centro de Caracas hasta mi lugar de trabajo en Boleíta Norte y luego devolverme sana a casa. Cuando se cansa se pincha y me deja botada, lo bueno es que cargo siempre las herramientas necesarias para reparar su mal humor y continuar el camino. En la oficina también cuento con gente que la quiere y cada vez que llega con algún malestar se encargan de mimarla hasta ponerla de buen humor nuevamente.

Ambas cuentan con todo mi aprecio, ¡es imposible no quererlas si han hecho tanto por mí!