Ídolos deportivos de carne y hueso

Los ídolos deportivos del pueblo

Por: Adriana Barrón

Pocos deportistas mexicanos pueden ser considerados como personajes de culto, como ídolos que producen una fuente de esperanza, de identificación y de carácter popular. Atletas que representan los valores y las cualidades del mexicano. Pocos futbolistas propician que un aficionado se vuelva fiel al nombre que lleva en la espalda y no al escudo de la camiseta.

Cuauhtémoc Blanco puede presumir de haberlo logrado: Manuel Briones fue aficionado del América por tradición familiar hasta que la imagen del Temo se volvió más importante para él que el club: “mi equipo es Cuauhtémoc Blanco, sin importar los colores que lleve puestos” declaró Briones, quien mandó a construir una estatua de cantera del ahora alcalde de Cuernavaca. “Es una gran satisfacción saber que tienen admiración por mí”, afirmó Cuauhtémoc Blanco a La Afición sobre los gestos de sus aficionados.

El aguante, la cualidad sociológica del ídolo deportivo en México

Los estudios sociológicos acerca de la imagen de los ídolos en una colectividad afirman que dicha comunidad necesita de esos personajes sin importar de qué índole sean. Musicales, deportivos, políticos o intelectuales, todos ellos llegan a través de su “carisma y su capacidad de atracción” y se convierten en símbolos de estímulo e identificación para la gente del pueblo.

En el caso de México una de las cualidades que refleja el carisma de los ídolos es el ideal de la “hombría”, la cual fue explicada por el escritor Octavio Paz como la capacidad de “no rajarse nunca pues los que se abren son cobardes”

“Para nosotros, contrariamente a lo que ocurre con otros pueblos, abrirse es una debilidad o una traición. El mexicano puede doblarse, humillarse, agacharse, pero no rajarse, esto es, permitir que el mundo exterior penetre en su intimidad. El rajado es de poco fiar, un traidor o un hombre de dudosa fidelidad, que cuenta los secretos y es incapaz de afrontar los peligros como se debe”, escribió Paz.

Esa era una cualidad nata de Julio César Chávez. El 13 de septiembre de 1984 Chávez le peleó el campeonato superpluma a Mario Azabache Martínez. Julio César tenía 22 años y no era favorito para ganar ese encuentro. Sin embargo, el mexicano no se “rajó” y durante ocho rounds lastimó al Azabache con poderosos ganchos al rostro, el lugar se envolvía en gritos a favor del de Sonora, “¡Chávez, Chávez, Chávez!” se escuchaba como una sola voz. El César venció por nocaut a Martínez y consiguió su primer campeonato.

“Fue una pelea muy dura, difícil, nadie creía en mí, nadie me conocía y gracias al CMB recibí la oportunidad de pelear contra Azabache, quien era el mejor libra por libra en la historia del boxeo mexicano”, declaró el pugilista.

Para Julio César no importaban las circunstancias externas, el tiempo, el favoritismo, la fuerza del rival, él no se “agachaba” en ningún momento, por eso se convirtió en un ídolo del pueblo, por su resistencia ante las adversidades, por la garra en cada uno de sus combates. “Recuerdo cuando Julio César iba a perder contra Meldrick Taylor, faltando 10 segundos para que acabara la pelea y llegó el nocaut a favor de Chávez, es uno de mis momentos preferidos, uno de los momentos que me motivó a ser un ejemplo en el boxeo”, afirmó Manny Pacquiao.

¿Qué aportan los ídolos a la cultura mexicana?

Luis Gómez, doctor en sociología e historia por La Sorbona de París, explica que los héroes en el ámbito deportivo pueden ser utilizados “intencionalmente como directores sociales por fuerzas económicas o políticas”, como sucedió en el caso de Cuauhtémoc Blanco, donde la fama y la imagen del futbolista funcionó para que el Partido Social Demócrata pudiera conseguir la Presidencia Municipal de Cuernavaca, Morelos. Más allá del pago que se le dio al ex futbolista para ser candidato, Blanco, sin conocimiento de política, logró quedarse con el cargo público sólo con su carisma.

El sociólogo también argumenta que un país como México no necesita ídolos de papel sino íconos de carne y hueso que tengan realizaciones concretar y que puedan servir como ejemplos para niños y jóvenes, “deben ser referentes que demuestren que pueden saltar su propias barreras”, afirma Gómez.

Esa práctica positiva del deporte ha sido uno de los ángulos por lo que más ha apostado la sociología, la práctica modernizada del deporte afirma que esta debe estar relacionada con una filosofía más o menos coherente a la cual denominó el catedrático Jean Marie Brohm como la teoría del progreso.

Fuera de su rol político, Cuauhtémoc Blanco es un ejemplo claro de esta teoría, pues dentro de las canchas su personaje fue sinónimo de superación, no sólo porque su talento le permitió salir de un barrio pobre para tener una mejor calidad de vida, sino porque después de casi 23 años de carrera deportiva, Blanco se mantuvo con los mismos rasgos populares que le permitieron identificarse con miles de mexicanos.

“Sin ninguna duda Cuauhtémoc tiene esa pasta de ídolo natural. El pueblo lo elige y quiere con sus defectos y virtudes. Nunca pasó desapercibido en la cancha. Sus números impresionantes, tiene historial brutal de marcas, pero sobre todo se distingue por la calidad humana que tiene y que poca gente conoce”, compartió el técnico Javier Aguirre.
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